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El fin del Mercosur

Primero en Caracas, el 4 de julio, y luego en la ciudad argentina de Córdoba, 20 y 21 del mismo mes, los presidentes de Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay, junto a Hugo Chávez, ratificarán con bombos y platillos el ingreso de Venezuela al Mercosur. Al mismo tiempo y en los hechos los mandatarios estarán signando […]

Primero en Caracas, el 4 de julio, y luego en la ciudad argentina de Córdoba, 20 y 21 del mismo mes, los presidentes de Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay, junto a Hugo Chávez, ratificarán con bombos y platillos el ingreso de Venezuela al Mercosur.

Al mismo tiempo y en los hechos los mandatarios estarán signando el acta de defunción del Mercosur tal cual fue concebido hace 15 años como acuerdo económico, aduanero y de integración regional.

A partir de julio será otro Mercosur, en el que las coincidencias ideológicas privarán por sobre cualquier otro interés y lógicamente determinarán la marcha y el rumbo de la nueva institución. Desde ya se anuncia la posibilidad de que Fidel Castro esté presente en la reunión presidencial de Córdoba. Seguramente será para dar su bendición, aunque su presencia se trate de justificar por las negociaciones existentes para un acuerdo comercial entre Cuba y el bloque .

Hugo Chávez tiene razones para estar eufórico: ha logrado una mejor credencial y un mayor ámbito de resonancia para sus aspiraciones de liderazgo universal. Ya lo veremos hablar y representar al Mercosur en foros y tribunas y en todos los rincones de la Tierra.

La realidad es que el Mercosur venía a los tropezones. El tiempo fue debilitando sus bases, las que nunca fueron muy firmes por cuanto su génesis no tuvo, por parte de los socios grandes —Argentina y Brasil—, el aditamento de equidad solidaria que movió a Alemania y Francia para la formación del Mercado Común Europeo. A lo largo de los años privó el interés de los grandes y cada uno trató de sacar su mejor tajada, incluso en desmedro de los socios más chicos: Paraguay y Uruguay.

“El Mercosur no existe”, sentenció no hace mucho el presidente uruguayo Tabaré Vázquez, desilusionado por toda esa realidad y agraviado por la situación planteada a raíz de la instalación de procesadoras de celulosa en la frontera con Argentina, frente a lo cual ésta durante varios meses cortó las rutas que unían a los dos países en clara violación del acuerdo regional y mientras Brasil daba vuelta la cara.

El propio ingreso de Venezuela, resuelto de apuro, no contó con un real consenso de los cuatro países socios según confiaron fuentes diplomáticas uruguayas. Chávez, se dijo, impuso sus condiciones y Venezuela recién en el 2014 adaptará su normativa, especialmente en material arancelaria, a lo que establece el tratado de fundación, y además lo podrá hacer con reservas para productos “sensibles”.

Para esta nueva incorporación parecería que los presidentes sureños pasaron por alto otras exigencias que tienen que ver con la vigencia de las instituciones democráticas en los países miembros previsto en la “Declaración Presidencial” de junio del 92 y en el “Protocolo de Ushuaia” de julio del 98 y muy particularmente en cuanto al compromiso “con la promoción y protección de los derechos humanos en el Mercosur y Estados asociados”, previsto en la “Declaración de Asunción” que los actuales mandatarios de los socios plenos más los de los Estados asociados (Chile y Bolivia) firmaron el 20 de junio del 2005.

Si éstos hubieran leído el último informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos sobre Venezuela, y lo que se dice allí en materia de persecuciones a disidentes, arbitrariedades y abusos de poder desde el Estado, hostigamientos e intimidaciones a la prensa y periodistas y la falta de garantías a nivel judicial, deberían haber meditado y discutido un poco más sobre el tema.

Pasadas las pompas y discursos habrá que ver cómo discurre la nueva sociedad. Chávez puede cambiar de opinión tantas veces como se le antoje e incluso enojarse e irse si a alguno de los socios se le ocurre hacer algo sin consultarlo; por ejemplo negociar un TLC con EE.UU. Los otros socios a su vez, pueden cansarse e incluso cambiar los presidentes.

Como se sabe, en este tipo de acuerdos, siempre unen más los intereses económicos y los beneficios que obtengan las partes, que las cercanías ideológicas. Estas son más pasajeras y aquellos, en cambio, no son de derecha ni de izquierda y mucho más permanentes.

Julio marcará entonces una nueva época: la del “Neo Mercosur”. El otro, el del 91, ya está frito.

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