Los mexicanos acudirán a las urnas el próximo domingo 2 de julio, para escoger al sucesor del actual Presidente, Vicente Fox. Aunque hay cinco candidatos, dos son los que acaparan la preferencia: el izquierdista ex alcalde de Ciudad de México, Andrés Manuel López Obrador, por el partido Alianza Por el Bien de Todos; y Felipe Calderón Hinojosa, candidato del derechista Partido Acción Nacional (PAN) —al cual pertenece el presidente Fox—, un abogado que, además, ostenta dos maestrías, una de ellas en Administración Pública, de la Universidad de Harvard. Calderón ha sido representante por mayoría en la Asamblea del D.F. y Diputado Federal por representación proporcional (diputado de partido o plurinominal) en dos ocasiones.
Las encuestas han favorecido alternativamente a López Obrador y a Calderón Hinojosa. Para mayo —según un sondeo del diario Milenio— ambos candidatos estaban virtualmente empatados. López Obrador iba ligeramente arriba con un 33.6 por ciento sobre Calderón Hinojosa que marcaba 33.1 por ciento. Sin embargo, si se estima el margen de error de 3.2 puntos porcentuales, el resultado era un empate. Para junio, las cosas cambiaron. Un sondeo privado de Grupo de Economistas y Asociados (GEA) e Investigaciones Sociales Aplicadas (ISA) realizado entre el 9 y el 11 de junio, dio a Calderón el 39 por ciento de la intención de voto, y a López Obrador, el 35 por ciento. Sin embargo, estas encuestas no son definitivas porque hay unos 30 millones de mexicanos (equivalente a un 40 por ciento del padrón electoral de ese país) que todavía no han decidido por quién van a votar. Esto significa que el resultado final es impredecible y que dependerá de la habilidad de los candidatos para convencer a este alto número de indecisos en la recta final. En las elecciones presidenciales del 2000 —que dieron la presidencia a Vicente Fox— el abstencionismo fue del 36 por ciento.
Calderón ha expresado su deseo de modernizar México y hacerlo económicamente competitivo a nivel mundial. Su propuesta para impulsar el desarrollo económico de ese país se fundamenta en poner orden en el sector energético, revitalizar las finanzas públicas y aplicar un gasto eficiente. No tiene problemas al afirmar que dará continuidad a buenos programas del actual gobierno del presidente Fox, entre ellos, el Procampo, para los campesinos; el programa Oportunidades y el programa Seguro Popular.
López Obrador, por su parte, se inclina por una democracia con participación limitada —según él— del Estado. Ofrece un plan de Gobierno que se concentra en medidas para levantar el salario mínimo de los trabajadores y crear más fuentes de trabajo. Su programa “Aumento Inmediato al Ingreso Familiar”, incluye la reducción del precio de la electricidad y gasolina; un plan de pensiones para ancianos y la entrega de útiles escolares gratuitos. Este plan cuesta unos 7 mil millones de dólares que piensa obtener a través de la reducción de gastos corrientes —incluyendo los megasalarios y prestaciones a altos funcionarios— y burocráticos y el aumento de la inversión en infraestructura para la generación de empleos con la participación de la empresa privada. El plan beneficiaría a unos 18 millones de familias con ingresos inferiores a los 9 mil pesos mensuales (795 dólares). López Obrador dice que si gana tratará de renegociar el capítulo agropecuario del Tratado de Libre Comercio con América del Norte (TCLAN) para proteger a los pequeños productores de México. Pero esto no significa que si Estados Unidos y Canadá no ceden a su petición, amenazaría con integrarse a la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA), de Hugo Chávez.
Ambos candidatos mayoritarios no afectan la tranquilidad del Gobierno de Estados Unidos, que no los considera un peligro para sus intereses estratégicos en la región. Por eso, sería injusto comparar ideológicamente a López Obrador con el gobernante militar extremista de Venezuela o con el candidato radical sandinista, Daniel Ortega. El alto grado de aceptación de los principales candidatos presidenciales mexicanos no depende del discurso populista y antinorteamericano que exhiben Chávez y Ortega. Todo lo contrario, ha enfatizado la importancia de mantener buenas relaciones con Estados Unidos.
En México como en Nicaragua y Latinoamérica en general, lo que se necesita es de gobiernos que produzcan estabilidad social, fuentes de empleos, inversión extranjera y aumento de los ingresos de los trabajadores.