LA DICTADURA NO PUEDE OCULTAR LA VERDAD

Hoy se cumplen

14
días

desde que nuestras instalaciones fueron tomadas y nuestro gerente general Juan Lorenzo Holmann fue detenido.

con las instalaciones tomadas y nuestro gerente general Juan Lorenzo Holmann detenido.

“Sólo le pido a ella (la Virgen) que me dé licencia para celebrarle como es debido su Gritería”, dice doña Lola. ()

Los éxodos heredados por la ejemplar “Mama Lola”

“Mi madre, Josefa Guzmán, huyendo de las guerras hondureñas se vino con mi abuela y se estableció en San Juan de Limay. Ella creía que estarían allí unos pocos días, pero venía soltera y en lugar de volver se casó con un leonés”, dice [doap_box title=»Perros se amarraban con chorizo» box_color=»#336699″ class=»archivo-aside»] ¿Cuál es el […]

  • “Mi madre, Josefa Guzmán, huyendo de las guerras hondureñas se vino con mi abuela y se estableció en San Juan de Limay. Ella creía que estarían allí unos pocos días, pero venía soltera y en lugar de volver se casó con un leonés”, dice
[doap_box title=»Perros se amarraban con chorizo» box_color=»#336699″ class=»archivo-aside»]

¿Cuál es el secreto para una vida tan generosa?
Factor importante es la alimentación, yo me crié trabajando, pero así como trabajaba me alimentaba. En aquellos tiempos yo engordaba mis chanchos y esos chanchos eran sanitos, de excelente carne y manteca, la leche la tomaba como agua, como fresco, la mantequilla era deliciosa, de costal, había cuajadas hermosas, carne de res de calidad y después de comer echaba mi siesta. Me acostaba muy temprano para reparar fuerzas y levantarme de madrugada a los quehaceres. ¿Sabe cuánto horneaba yo? Dos arrobas y media (75 libras) de masa que a las doce debía estar terminada, porque ahí ya estaba la otra levadura para las otras doce arrobas.
Todo eso lo vendía. Les pagaba a unos chavalitos para que fueran a regar mi venta. Pero así también me alimentaba, ponía una olla de sopa que era pura para levantar muertos, tenía mis gallinas con sus huevos, todo lo comíamos con abundantes verduras.

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Las guerras fratricidas que desde mediados del siglo XIX comenzaron a desangrar a Honduras y Nicaragua, y las convulsiones políticas internas de ambas repúblicas ocasionaron un continuo flujo de hondureños que, huyendo de las persecuciones políticas o buscando un remanso de paz, se refugiaron en las ciudades del noroeste nicaragüense. Igual sucedió con los nicas de esa región que por similares circunstancias huían a los poblados de Choluteca, El Paraíso y Olancho.

Ese éxodo de doble vía generó una intensa fraternidad entre la gente que se asentaba en este o aquel país, al punto que muchos somoteños, condeganos, ocotaleanos, estelianos y jinoteganos devienen de ancestros catrachos, y si tiene usted la oportunidad de viajar a los departamentos hondureños de Choluteca, Olancho y El Paraíso, descubrirá que son muchas las familias de esos lugares cuyas raíces son nicaragüenses.

Es importante anotar que de ese desarraigo de poblados fronterizos surgió, en tiempos de paz, un intercambio comercial notable, los hondureños de El Triunfo, San Marcos de Colón, Danli, Juticalpa y El Paraíso bajaban hasta Estelí, Condega, Ocotal, Jinotega y Matagalpa a vender sus productos, en respuesta los nicas de estas ciudades llegaban hasta la misma Tegucigalpa a vender cerdos, ganado, lácteos y utensilios de barro.

La bondadosa doña Lola

Fue en esas circunstancias de desarraigo que doña Josefa Guzmán llegó a San Juan de Limay, ahí conoció al don Lolo Solís con el que se casó. Le tuvo tres hijas, las dos primeras son ya difuntas, y la tercera está con nosotros. Es la matrona de noventa años, doña Dolores Solís, viuda de Rodríguez, personaje muy querido en Jinotega, madre ejemplar cuya vida fue casi similar a la de su progenitora, un ir y venir por distintos pueblos buscando trabajo y recursos para alimentar y educar a sus hijos.

“Mi padre era de Managua, vivía en el barrio San Sebastián y no recuerdo en qué circunstancias conoció a mi madre, la anduvo de arriba para abajo, por Limay, Estelí, Condega y Jinotega. Mi mamá era hondureña, hablaba puro hondureño, quedó viuda muy joven con cinco hijas y se dedicó a trabajar día y noche para criarlas”, dice doña Dolores escarbando entre recuerdos lejanos.

¿Qué pasó en San Juan de Limay?

Muy pobre era aquella vida. Rica por una parte y pobre por otra parte. Rica porque teníamos cosas de comer, cosas para trabajar. A mi mamá le vendieron dos vaquitas, en ese tiempo cada vaquita costaba seis pesos. Era gente honrada y buena la de ese tiempo. Otro señor le dijo: “Yo le voy a regalar un pedacito de tierra para que eche esas dos vaquitas”. ¿Cuánto me va a ganar? Le dice: Cinco reales le voy a ganar. ¡Qué bueno! dijo mi mamá. Pero luego fueron cambiando las cosas y mi madre, que ya era viuda y sola, dijo: “Nada estamos haciendo aquí, Limay es muy pobrecito y ya ustedes están grandecitas y necesita escuela. Nos vamos para Estelí. Alquiló unos burros y a lomo de burro nos venimos a Estelí con nuestros motetes.

LA CASADA CASA QUIERE

“Yo nací en Estelí y cuando vivíamos ahí mi madre nos puso en la escuela, pero cuando ya era una señorita dejé de estudiar porque me tocó la misma suerte de mi mamá, me encontré un enamorado originario de León que me propuso matrimonio. Mi madre se opuso porque el susodicho era miembro de la Guardia Nacional, pero yo me encapriché y le dije que de cualquier manera yo me casaba. “Bueno, dijo mi madre, se van a casar pero usted sabe que el que se casa quiere casa”. Sí señora, le contesté. Así que me casé en Estelí porque uno enamorado no entiende razones, además el novio me prometió salir de la guardia”.

“Ya casados nos quedamos en Estelí y trabajamos bien como pareja, llegamos a tener algunas cositas, pero ya con el paso del tiempo y con la llegada de los primeros hijos lo que teníamos se fue acabando. Un día se le metió a mi marido que en Estelí “no había vida” y que debíamos trasladarnos a San Juan de Limay. Vendimos pues la casita que teníamos y salimos como los húngaros para Limay”.

¿Y no se le ocurrió rebelarse y decirle no al marido?

En ningún momento. En aquellos tiempos la mujer estaba hecha para obedecer al marido, y eso se lo decían a uno los curas en el altar. Al poco tiempo el marido ya no estaba contento en Limay y se le metió que nos viniéramos a Jinotega. Yo quise argumentar pero él dijo: “Yo soy el que manda y vos estás casada para obedecerme, así que vamos de viaje”.

Antes las mujeres eran muy sometidas.

Sí, lo que él decía eso se hacía. Era porque nuestras madres nos decían: El que se casa a su casa, a formar sus hijos como Dios lo manda. Y fíjese lo que son las cosas, esas mismas palabras utilicé yo para mis hijos. Y esas mismas palabras están regadas en mis hijos. No es que uno les dé la calle sino que les recomienda tener vida propia y sus propias responsabilidades.

No te cases para pelear.

¿Qué edad tenía cuando llegó a Jinotega?

Creo que tenía como unos 35 años. Fue por los años treinta o cuarenta.

¿Y qué tal le fue en el matrimonio?

Pues muy bien, porque era un buen hombre, no era vago, como son los hombres en este tiempo. Era un hombre muy recogido con su esposa. Pero como era militar lo trasladaron a otro lugar y ahí se hizo de otra señora. Ya teníamos siete hijos cuando él se enamoró de otra mujer más joven.

¿Sintió celos?

Yo ya estoy bastante vieja para andar celando, pensé, y ella está joven. Bueno si él la prefiere a ella está bien. Nunca peleamos por esas cosas porque uno no se casa para pelear.

¿Llegaron a separarse?

Sí, nos separamos de mutuo acuerdo. A los veinte años de casados él se fue. Yo me quedé con mis hijas trabajando.

¿Qué hacía? ¿En qué trabajaba?

Hacía de todo, horneaba pan, fabricaba pirulíes y cajetas, molía pinol y pinolillo, freía papas, todo lo que podía hacer dentro de mi casita. A ellas (las hijas) las puse en manos del Todopoderoso y de esa Madre Reina (la Virgen) que me ayudaba, porque yo quedé con los brazos cruzados. Me puse a trabajar, a tres de ellas las puse en el colegio de las monjas de Estelí, a las otras en San Marcos, allá las tuve. Le decía a la Virgen: Señora dame un papel para mis hijas para que el día de mañana no se queden como yo de jornalera, atizando este horno. Ella me oyó y me dio un papel para cada una. Me dio ingenieras, contadoras, maestras. Todo un surtido de profesionales.

¿Cuánto tiempo trabajó?

Apenas tengo cinco o seis años de no trabajar. Aunque sigo haciendo las cosas de Ella (señala una imagen de la Virgen que está en la sala sobre un altar).

¿Y su salud cómo está?

Ni tan buena ni tan mala. Pero bastante bien para servir a mi Virgencita. Mis hijas me regañan y me preguntan: “¿Mamá para qué hace esas cosas?”, y yo les digo: “Lo hago porque el Señor todavía no me ha quitado las fuerzas, cuando él me diga “Hasta aquí no más”, bueno pues, que se haga su voluntad.

¿La cuidan, la atienden sus hijas?

Yo no creo que madre alguna tenga unas hijas como las mías. Mis hijas son de oro. No tienen comparación. Cuando ellas vienen de Managua esta casa se llena de nietos. Parece pajarera.

¿Cultiva muchas amistades aquí en Jinotega?

Bastantes. Incluso tengo amigos en las cárceles, porque cuando podía moverme mi fiesta era ir a repartir fresco a los presos. Sencillamente me siento feliz y tranquila con la gente de mi pueblo.

¿Piensa de alguna manera en la muerte?

No pienso en eso. Pero les digo a mis hijas: “Arreglen mi cama, arreglen mi cuarto y me ponen mi ropa limpia. Señor somos tuyos —le digo a Jesús—, que se haga tu santa voluntad, si son minutos, si son segundos, si son días, si son años que se haga tu voluntad, porque ya no hay chance de volver atrás. Yo nunca he renegado de mis pobrezas, porque con mi espíritu he sido rica, riquísima.

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