Hoy se cumplen cincuenta años del asesinato del general Anastasio Somoza García, quien gobernó dictatorialmente el país desde noviembre de 1936, cuando derrocó al presidente constitucional Juan Bautista Sacasa, hasta septiembre de 1956 cuando murió asesinado.
Al general Somoza García lo mató a balazos Rigoberto López Pérez, el 21 de septiembre de 1956, en la Casa del Obrero de la ciudad de León, mientras participaba en un baile celebrado en su honor con motivo de su proclamación como candidato del partido liberal a la reelección presidencial, en los comicios de 1957.
Cabe señalar que el asesinato del ex presidente Anastasio Somoza García ha sido hasta ahora el único magnicidio ocurrido en la historia de Nicaragua, entendiendo como acto magnicida el asesinato de un jefe de Estado o de Gobierno en ejercicio del poder. Otros personajes que gobernaron en Nicaragua también murieron en forma violenta, como Benito Pineda, quien fue jefe de Estado y lo asesinaron en 1826 dentro de una celda de la cárcel de la ciudad de León; Manuel Antonio de la Cerda, quien igualmente fuera jefe de Estado y lo fusilaron en 1828 en la ciudad de Granada; y el general Anastasio Somoza Debayle, Presidente de Nicaragua en los períodos de 1967 a 1972 y de 1974 a 1979, asesinado en septiembre de 1980, en Asunción, capital de Paraguay. Por cierto que Somoza Debayle fue asesinado por un comando dirigido por un revolucionario argentino que había formado parte de los órganos de seguridad y represión política creados por el FSLN después de tomar el poder en julio de 1979. Sin embargo, esos tres personajes —Pineda, de la Cerda y Somoza Debayle— cuando fueron muertos violentamente ya no eran jefes de Estado y por lo tanto sus ejecuciones no pueden ser llamadas magnicidio.
En todo caso, el magnicidio y demás asesinatos políticos son crímenes contra la vida humana igual que los de cualquier otro tipo, a pesar de que por motivos ideológicos y políticos algunas personas los califiquen como acciones heroicas y le rindan culto de héroe a quienes los ejecutan. Tal es el caso del asesinato de Anastasio Somoza García, que fue sacralizado por el régimen sandinista de 1979 a 1990 como una heroica acción revolucionaria, la clasificó oficialmente como “el principio del fin” del somocismo y a Rigoberto López Pérez lo incluyó en el Preámbulo de la Constitución Política de Nicaragua (la constitución sandinista de 1987), como uno de los siete héroes nacionales reconocidos constitucionalmente, junto a José Dolores Estrada, Andrés Castro, Enmanuel Mongalo, Benjamín Zeledón, Augusto C. Sandino y Carlos Fonseca.
¿Significa eso que todos los nicaragüenses estamos obligados a reconocer como héroe nacional a Rigoberto López Pérez, así como a Carlos Fonseca que es un personaje histórico de indiscutible significación histórica, pero únicamente partidista? La respuesta es categóricamente no, y no sólo porque el Preámbulo de la Constitución es un exordio retórico que no tiene carácter vinculante u obligatorio para nadie, sino también porque éste es un asunto de conciencia y no se puede obligar a nadie a rendir culto a símbolos partidistas, así como no se puede forzar a ninguna persona a compartir las creencias de los demás.
Sin dudas que Rigoberto López Pérez ocupa un lugar relevante en la historia nacional, como también lo ocupan el mismo general Anastasio Somoza García que aquel mató, y el general Anastasio Somoza Debayle que fue asesinado en Paraguay por un comando internacionalista, y tantas otras figuras que para bien o para mal con sus acciones se ganaron el derecho a formar parte del registro histórico nacional. Ciertamente, de la historia no se puede ni se debe borrar a nadie, independientemente de cuáles fueron las acciones por las cuales se introdujeron en ella.
Sin embargo, la erección de un monumento a Rigoberto López Pérez significa darle la validez al asesinato como forma de lucha política y representa un mensaje extremadamente negativo a una sociedad que apenas está saliendo de una época de violencia, de guerra y de muerte por causas políticas.
En realidad, cabe preguntarse si lo que pretenden decirnos quienes han erigido ese monumento, es que ellos no han renunciado ni van a renunciar a ese método extremo de lucha política, y por lo consiguiente lo que están hablando de reconciliación y amor entre todos los nicaragüenses es solamente una prédica falaz con fines electoreros.