Cuando el presidente George W. Bush promulgó la Ley de Comisiones Militares — sobre interrogatorios a presuntos terroristas— el terrorismo en general y Osama Bin Laden en particular deben haberse sentido contentos y felices y quizás hasta brindaron al grito de “ seguimos cabalgando”.
La norma que fija nuevas reglas para la detención, tratamiento e interrogatorio de los sospechosos de terrorismo, los que no podrán ni apelar ante los propios tribunales por la situación que se les impone y la que, en definitiva, atenta contra el sagrado derecho de “ habeas corpus” que distingue a Occidente desde hace siglos, constituye en sí misma un golpe muy fuerte a los derechos y libertades de las personas y a los valores que han regido al llamado “Mundo Libre”.
Puesto que el objetivo de los terroristas y los fundamentalistas es acabar con las libertades , tienen razón en ufanarse con la sanción de esta ley, que recorta esas libertades y de hecho se suma a las terribles secuelas del atentado contra las torres gemelas de hace cinco años. Desde entonces el Gobierno, EE.UU. se ha empantanado en una guerra de la que no sabe cómo salir, que no ganará y en la que cada vez son menos los que lo apoyan, y por la cual a sus aliados, en sus respectivos países, les está yendo bastante mal.
El gobierno de Bush ha errado el camino, pero eso no es lo peor, porque nadie está libre de equivocarse. Lo malo es que no se da cuenta o no lo quiere admitir. Le ha errado desde el principio cuando utilizó estratagemas y medias verdades para convencer y embarcar a su pueblo en una empresa cuyo principal objetivo —la amenaza armamentista iraquí— se sabía de antemano que no existía, y le erra ahora con esta nueva ley. Sigue empantanado y se hunde más.
Asusta oír a jerarcas de la CIA cuando dicen que esta ley les da seguridades en cuanto a que podrán detener e interrogar a los líderes o jefes terroristas sin el temor a ser juzgados por crímenes de guerra. Como si los crímenes de guerra pudieran ser legitimados de alguna manera o a través de alguna norma. Así como las libertades y derechos humanos son anteriores a cualquier gobierno, hay atrocidades que ninguna causa, ninguna idea ni ningún fin, y menos un gobierno, pueden legitimar o siquiera justificar.
Bush ha dicho al firmar la ley que él sabe que con ella se salvarán vidas norteamericanas. Quizás sea otra de sus tantas equivocaciones. Lo que ha hecho sí es remarcar una de las características que hace aún más rechazable la ley, que es que la mayoría se sus cláusulas “sólo se aplican a extranjeros”.
Esa política de categorizar y dividir a las personas, por la razón que sea, también viola los principios y valores de Occidente. Parecería que la actual administración estadounidense está empeñada en aislarse o en dividir el mundo, marcándolo en las leyes o haciendo largos muros para impedir el paso los que vienen desde abajo. Y después se preguntan: ¿por qué no nos quieren?
La libertad es el único argumento y la única arma que tiene el mundo libre para defenderse y es la razón de su sistema de vida. Eliminar o recortar la libertad para salvar el sistema de vida es un contrasentido, y además, es quedar inermes y sin ningún tipo de defensas.
El senador demócrata por Wisconsin, Russ Feingold, ha dicho con acierto que la justicia del pueblo norteamericano y su sistema legal han sido sus armas más poderosas en la lucha contra el terrorismo y, refiriéndose a la firma de la ley en cuestión, afirmó que en épocas futuras ese día se recordará “como una mancha en la historia” de los EE.UU.
Durante la Guerra de Secesión, Abraham Lincoln fue reelecto como Presidente de los EE.UU. El pueblo lo eligió libremente y al comentar el hecho el mandatario destacó la importancia de haber realizado las elecciones aún en plena guerra; “si no lo hubiéramos hecho —sentenció— el enemigo hubiera podido decir que nos había ganado la guerra”. Y en eso, que con tanta autoridad como sabiduría sostenía el presidente Lincoln, es que se resume todo.
(Periodista uruguayo).
