El secreto ha sido revelado —la mayoría de inmigrantes latinos en Estados Unidos son pobres. Según un cálculo, hasta tres quintas partes son “clase trabajadora” o “clase media baja”, con ingresos anuales inferiores a los US$ 30,000 dólares.
La noticia parece peor todavía cuando se considera que a medida que el número de hispanos crecía dentro de la población estadounidense, la proporción de hispanos en pobreza se duplicaba: de un 12 por ciento en 1980 pasó a un 25 por ciento en el 2004. A los inmigrantes recién llegados es a los que les va peor. En el 2006, el gobierno estadounidense estableció que la línea de pobreza comienza bajo ingresos de U$ 20, 000 dólares anuales para una familia de cuatro, es decir, un poco por encima de U$ 1, 600 dólares al mes. Pero para aquellos que no llevan mucho tiempo en este país, el salario promedio mensual es de $900 dólares, según un nuevo informe emitido esta semana por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID).
Si los inmigrantes, especialmente los hispanos, son portadores del carné para las clases menos privilegiadas, la sociedad en su conjunto está teniendo dificultades en convencerlos de esa realidad. Los inmigrantes latinos están muy ocupados trabajando, comprando autos, adquiriendo casa e, incluso, invirtiendo en el exterior.
Ese estilo de vida no corresponde exactamente a una imagen de pobreza. Se supone que los pobres son los desposeídos —los hambrientos y deprimidos que hacen fila para recibir un pedazo de pan. Bajo este estereotipo luchan por sus bienes y servicios básicos y permanecen excluidos, sin posibilidad de salir adelante.
Pero los observadores de la experiencia latina en Estados Unidos aseguran que los inmigrantes hispanos en general no encajan en ese molde por dos razones básicas: las decisiones que toman y su conducta. Los inmigrantes buscan reducir al mínimo sus gastos en arriendo, salud, diversión e impuestos. Han dejado atrás a sus familias, dolorosa estrategia para ahorrar dinero y reducir el número de personas a su cargo en este país.
Los ingresos que reciben de sus empleos los destinan a gastos relacionados con su trabajo y a sus necesidades básicas, empleando un 90 por ciento de sus entradas en la economía estadounidense, de acuerdo con el BID. El remanente, la mayoría lo invierte en sus países de origen en forma de remesas.
El informe del BID encontró que los inmigrantes enviarán a su país aproximadamente US$ 45 mil millones de dólares en remesas en el 2006, creando así “los programas más amplios y efectivos de alivio contra la pobreza en el mundo”. También descubrió que la mayoría de los inmigrantes quiere comprar una casa para su familia o empezar un pequeño negocio en su país de origen. Una tercera parte dijo haber hecho ya alguna inversión especialmente en finca raíz. Estas no son las actividades propias del necesitado económicamente.
Los inmigrantes hispanos tampoco se sienten necesariamente excluidos o mal servidos. En una encuesta sobre educación, el Pew Hispanic Center y Kaiser Family Foundation encontraron hace dos años que los inmigrantes hispanos son marcadamente positivos acerca de la calidad de la educación en las escuelas públicas en su área. Más al punto, la encuesta concluyó que los hispanos no son “una población inconforme que se ve a sí misma en una gran desventaja o victimizada”.
Lo que los hispanos hacen con su dinero y cómo viven sus vidas no refleja privación o exclusión sino una conducta más propia de la abundancia. La pobreza es relativa. Menos de US$ 20,000 dólares al año puede que ubique a un inmigrante entre los pobres pero dicho ingreso es visto como una fortuna por cualquiera que haya estado ganando menos de una décima parte en su país.
Al final del día, entonces ¿qué es lo que tenemos? ¿Un creciente número de inmigrantes pobres? Así es. ¿Un creciente número de humildes y subyugados? De ninguna manera. Los inmigrantes hispanos, al igual que sus predecesores inmigrantes, son optimistas. El BID encontró que a pesar de que el 64 por ciento de los inmigrantes hispanos que envían remesas tiene un salario anual de menos de US$ 30,000 dólares, la mayoría dijo que su situación económica en los Estados Unidos es buena (58 por ciento) o excelente (10 por ciento) y que tiene confianza en el futuro.
Los optimistas, claro está, no son buena carne de cañón para quienes presentan a los inmigrantes como desposeídos. Los pobres que se esfuerzan, gastan e invierten no cuadran fácilmente en el argumento tan a menudo usado en los últimos meses: los inmigrantes representan una carga para la economía estadounidense.
Es cierto que debido a la inmigración, las filas de hispanos pobres en este país han crecido. Y aunque al principio sus ingresos tienden a estar por debajo de los que devengan los nacidos en este país, economistas como Jared Bernstein del Economic Policy Institute han encontrado que dichos salarios “mejoran más rápidamente” que los de los ciudadanos.
Aquellos que usan la pobreza para menospreciar a la inmigración continuarán arguyendo que los inmigrantes —particularmente aquellos que están acá ilegalmente— perjudican a la economía estadounidense. La realidad es que en vez de aumentar las tasas de pobreza en este país, los inmigrantes hispanos están ayudando a reducir la pobreza al sur de la frontera, y con ello están haciendo más que cualquiera para contener el flujo de inmigrantes en el futuro.
