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Tradición y liderazgo

Como director de la orquesta the Boston Pops, durante los últimos 12 años, Keith Lockhart ha realizado más de 900 conciertos en Estados Unidos y en ultramar, además de servir como director musical de la Orquesta Sinfónica de Utah. Lockhart habló recientemente con Glenn Mangurian, un ejecutivo en residencia en la universidad de Massachusetts, como […]

Como director de la orquesta the Boston Pops, durante los últimos 12 años, Keith Lockhart ha realizado más de 900 conciertos en Estados Unidos y en ultramar, además de servir como director musical de la Orquesta Sinfónica de Utah.

Lockhart habló recientemente con Glenn Mangurian, un ejecutivo en residencia en la universidad de Massachusetts, como parte de la serie Liderazgo Singular de esa casa de estudios. En esta conversación, Lockhart discutió el desafío de encargarse de la dirección de una institución centenaria.

Usted fue designado en el cargo hace más de una década, pero la gente todavía sigue pensando que es el nuevo director de la orquesta de Boston. ¿Cuándo cambiará esa circunstancia?

En Boston, pasan unos 100 años antes de que alguien deje de ser una persona nueva. No, pero hablando en serio, el desafío no consiste en establecer un nombre como el director de orquesta de los Boston Pops, sino en continuar el legado de la persona que todos en Boston conocen, inclusive si nacieron luego de su muerte: Arthur Fiedler. Fiedler murió cuando tenía 50 años de edad. Cuando falleció, su nombre quedó vinculado a la Boston Pops de manera inextricable. Todos sabían que era muy difícil designar un nuevo director de orquesta sin que comenzaran los comentarios de, “Ah, pero él no es Arthur Fiedler”.

Por lo tanto, en 1980, luego que Fiedler murió, reclutaron a John Williams, alguien cuya fama se fincaba en algo totalmente diferente: haber escrito la melodía de La guerra de las galaxias. Luego que el maestro Williams estuvo 13 años en la orquesta, los Pops consideraron que no habría problemas en traer alguien cuyo nombre y fama pudiese vincularse con el de la institución.

¿Qué hizo para que usted fuera aceptado en los Boston Pops?

El mejor aviso provino de John Williams. Yo cené con él la noche anterior al anuncio de que sería el nuevo director de orquesta de los Boston Pops, el 5 de febrero de 1995. Williams me dijo: “La gente aquí ama a los Boston Pops, ama a la institución. No se trata de usted. Usted será un afectuoso administrador de la institución. Demuestre que usted ama a los Pops y ellos lo amarán debido a eso. No se preocupe por convertirla en su propia institución”.

¿Presentan los músicos algunos desafíos inusuales?

La mayoría de los músicos de conciertos tienen “un sueño”. Por ejemplo muchos violinistas creen que deberían estar interpretando el concierto de Tchaikovsky delante de la orquesta, conduciéndola con sus impulsos artísticos. Pocos de ellos se consideran personas que pueden tomar órdenes de un director de orquesta. Pero en cualquier organización, si no hay personas que siguen un líder, hay un problema.

¿Cómo logra un director de orquesta dar espacio a los músicos y al mismo tiempo crear una colaboración entre ellos?

Mi experiencia me ha enseñado que la clave es conseguir que los músicos se sientan responsables de las decisiones del director de orquesta. De esa manera comparten la responsabilidad. Eso no es siempre fácil.

¿Cómo logra que el músico acepte su idea?

A diferencia de lo que ocurre en otras partes, un director de orquesta no posee el lujo de contar con una oficina privada en la cual pueda hablar esas cosas. Lo que ocurre es que usted está criticando a una persona frente a 85 de sus colegas. Puede ser humillante, y otros músicos pueden ponerse a la defensiva al ver su actitud ante el colega.

Por lo tanto, si bien usted tiene una autoridad formal como director de orquesta, si no ha creado respaldo a su tarea desde el comienzo, enfrentará problemas.

¿Cómo se crea ese tipo de respaldo?

Eso proviene en parte de recibir la confianza absoluta de los músicos. En algunos conciertos, han sonado alarmas antiaéreas. Han existido apagones, y tormentas que obligaron a posponer actuaciones al aire libre frente a las cámaras de televisión. En situaciones como esas, los empleados preguntan: ¿qué es lo que quiere hacer Keith? Y si yo puedo hacerme cargo de la situación, y superarla, eso ayuda mucho.

Inclusive cuando las cosas no andan muy bien, cada interprete confía en el director de orquesta. Un violinista parece hundido en su mundo, atendiendo solo a la partitura. Pero inclusive ese músico sabe exactamente cuando necesita obtener consejos. Y es mejor que yo esté a su disposición.

Como solía decir a mis estudiantes en la clase de dirección orquestal: “Si ustedes creen que son periféricos, están cometiendo un error. Pues siempre están siendo examinados por 80 pares de ojos”. Algunas personas creen que cuando alguien se transforma en director de orquesta adquiere una especie de aura napoleónica. Que su único propósito en el mundo es tomar un bastón y asumir el poder. No soy un loco por el poder, sino un loco por la responsabilidad. Si mi intención fuese tomar el poder, no creo que los miembros de la orquesta me siguiesen.

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