Esa consigna predominó en la bulliciosa sala del Palacio de San Lázaro, que es la sede del Poder Legislativo de México, ayer en la mañana, inmediatamente después de que el nuevo presidente de ese país, Felipe Calderón, pronunció el juramento presidencial y tomó posesión del más alto cargo público de la república mexicana.
La consigna tenía mucho sentido, debido a que el líder izquierdista Manuel López Obrador y su partido, el PRD, habían jurado que impedirían a cualquier costo la toma de posesión del presidente Calderón. Incluso, con tal de impedirla, legisladores partidarios de López Obrador se tomaron parcialmente el Palacio de San Lázaro. Además, el PRD convocó a una manifestación multitudinaria en la inmensa Plaza del Zócalo y el Palacio de San Lázaro fue rodeado por agresivos agitadores izquierdistas. Sin embargo, un sorpresivo y eficaz y operativo de las autoridades mexicanas hizo fracasar el boicot izquierdista a la toma de posesión del presidente Calderón, la cual se pudo hacer tal como manda la Constitución. Y de allí la jubilosa consigna de “¡sí se pudo!” que coreó la mayoría de las personas que asistieron a la ceremonia de juramentación presidencial.
No obstante, aparte de la satisfacción que produce el hecho de que el Presidente mexicano pudiera tomar posesión de su alto cargo, lo que sin duda representa un significativo triunfo de la democracia, también hay que señalar que son penosos y lamentables esos acontecimientos políticos que atentan contra la democracia de México y empañan su prestigio ante la comunidad internacional.
Para algunos observadores la actual situación política y social de México demuestra que este gran país iberoamericano ha caído en la ingobernabilidad y que sigue siendo una “república banana”, como Nicaragua en Centroamérica y Venezuela, Ecuador y Bolivia en América del Sur. Otros analistas aventuran la explicación de que la crisis política de México es una demostración del fracaso de la democracia tradicional y en particular del neoliberalismo, así como una manifestación de la grave situación de pobreza y miseria en la que vive la mayoría de los mexicanos.
También hay quienes reconocen que México ha progresado mucho en el curso de los últimos años, en el marco de los tratados de libre comercio con Estados Unidos de Norteamérica y Canadá, Japón y Europa, pero señalan que los beneficios de ese crecimiento y desarrollo sólo han sido aprovechados por una minoría de la población —y geográficamente únicamente por el norte del país—, mientras que la mayoría de los mexicanos y regionalmente el sur de México son ahora más pobres que antes.
Sin embargo, es injusto echar a todos los mexicanos en un mismo saco y no reconocer que es una minoría la que ha estado provocando la inestabilidad política y social en Ciudad México y en Oaxaca, lo mismo que en el Estado sureño de Chiapas, donde se encuentra el feudo de los guerrilleros zapatistas.Sin perjuicio de que es cierto que México afronta ingentes problemas económicos y sociales, particularmente el de la pobreza extrema que es el principal azote de casi todos los pueblos iberoamericanos, lo cierto, sin embargo, es que los mexicanos en su mayoría están claros de que no es con motines que van a resolverlos. Los mexicanos mayoritariamente son amantes de la democracia y respetuosos del derecho ajeno. Incluso, de acuerdo con las encuestas de opinión pública muchas personas que votaron por el candidato izquierdista López Obrador, declaran que no respaldan sus acciones desestabilizadoras y sus insanas pretensiones de “gobernar desde abajo”, que es la destructiva estrategia de desestabilización que crearon y practicaron Daniel Ortega y el FSLN en Nicaragua.
Cabe señalar que, de acuerdo con cifras del Banco Mundial, México es la décimo tercera economía más grande del mundo y la segunda de Iberoamérica (superada sólo por Brasil). Además, el ingreso anual de los mexicanos es de 6,790 dólares, el más alto de la región y el cual se ha logrado gracias precisamente al modelo económico de los TLC.
México necesita, sin duda, de ajustes estructurales que permitan redistribuir de manera más equitativa los beneficios de la democracia, de los TLC y del desarrollo de la economía de mercado. Pero eso sólo se puede hacer en el marco de la legalidad democrática, con estabilidad gubernamental, a base del consenso político y del Estado de Derecho, no de la subversión política y social.