El adviento: a la espera del Señor, con María

Adviento significa el Señor que Viene. Más exactamente, que vino, que viene, que vendrá. Jesucristo, el Hijo de Dios, el Verbo encarnado, vino al mundo, más de dos mil años atrás para compartir nuestras penas y tristezas, nuestras alegrías y esperanzas. Dios quiso de esa manera redimir a los seres humanos comprendiéndolos en su naturaleza […]

Adviento significa el Señor que Viene. Más exactamente, que vino, que viene, que vendrá. Jesucristo, el Hijo de Dios, el Verbo encarnado, vino al mundo, más de dos mil años atrás para compartir nuestras penas y tristezas, nuestras alegrías y esperanzas. Dios quiso de esa manera redimir a los seres humanos comprendiéndolos en su naturaleza frágil y pecadora, solidarizándose con sus necesidades y aspiraciones. Es la luz que ilumina al mundo que vive en la oscuridad del pecado, la maldad, el sinsentido de la vida, la ambición del poder, y la indiferencia ante los que sufren. El filósofo Shopenhauer decía que el mundo es “una isla de dolor en un mar de indiferencia”; esta situación triste y pesimista la ha venido a cambiar el alegre nacimiento de Jesucristo, el Salvador del mundo.

Jesús no solamente vino al mundo en la carne como hombre. Él prometió a sus discípulos que estaría con nosotros hasta el fin del mundo. Jesús sigue viniendo en los hombres y mujeres de buena voluntad, de sincero corazón, en los justos y solidarios, en los limpios y transparentes, que con sus buenas acciones dan esperanza para un futuro mejor en este mundo, e interpelan con el poder amoroso de Dios a los que por su ambición desmedida y corazón indolente, hacen de nuestro pueblo un valle de lágrimas.

Jesucristo también vendrá. Esa es la esperanza que canta la Sagrada Escritura. El destino definitivo del Universo no está en manos de las fuerzas de Satanás. A pesar de que aparentemente ellas se sientan vencedoras, porque tienen triunfos terrenos, verán cómo se desbaratan a sí mismas, como ocurrió con el pueblo soberbio que quiso construir la Torre de Babel. Adviento es por tanto tiempo de esperanza, es el mensaje de consuelo que envía Jesucristo, que por su obediencia fiel al Padre, y su muerte redentora en la Cruz, ha sido constituido Señor del Universo, y las potestades del infierno no podrán contra Él. El final de la historia está marcado por el triunfo definitivo del bien sobre el mal, y del juicio que Dios hará, en Cristo, cuando vuelva, de todas las acciones de los hombres. Es necesario estar preparados: tenemos que orar, esperar, trabajar, confiar, mantenernos fieles a la Palabra del Señor, el único que nos puede salvar.

Adviento es también el tiempo mariano por excelencia, en el que aparece la “Virgen de la espera”. Desde el comienzo del Adviento se resalta la espera y la acogida del misterio de Cristo por parte de María; La solemnidad de la Inmaculada Concepción (8 de diciembre) se celebra como “preparación radical a la venida del Salvador y feliz principio de la Iglesia sin mancha ni arruga”. Es la fiesta más alegre y popular de Nicaragua, llena de devoción y espiritualidad, ejemplo para todos los hombres y mujeres de buen corazón que comparten con la Virgen María la alegría de la vida y la luz que viene a los seres humanos para darnos esperanza en medio de las tribulaciones y oscuridades de este mundo.

María es “llena de gracia”, la “bendita entre las mujeres”, la “sierva del Señor”, la Virgen fecunda. Es la Virgen de la escucha y de la acogida. Ella también se convierte en el modelo del cristiano verdadero, auténtico, sin maquillajes ni hipocresías, que cumple en toda la voluntad del Señor, sin buscar intereses personales, éxitos terrenos o vanidad del propio ego. Seamos como María en el adviento: “He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según Su Palabra”.