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El desastre iraquí

El hartazgo con la fracasada política de George W. Bush en Irak era evidente desde hace tiempo en la prensa. Y ese ánimo fue expresado contundentemente por la bofetada que el pueblo le dio a Bush y a los republicanos el 7 de noviembre, dando a los demócratas el control del Congreso. Andrés Oppenheimer hablaba […]

El hartazgo con la fracasada política de George W. Bush en Irak era evidente desde hace tiempo en la prensa. Y ese ánimo fue expresado contundentemente por la bofetada que el pueblo le dio a Bush y a los republicanos el 7 de noviembre, dando a los demócratas el control del Congreso.

Andrés Oppenheimer hablaba sin tapujos hace unos meses del “fiasco iraquí” en sus columnas en El Nuevo Herald, mientras que Richard Cohen llamaba en The Washington Post a aprobar una 23era. enmienda a la Constitución de Estados Unidos que prohibiera la elección como Presidente, de hijos de anteriores mandatarios. “Eso nos habría evitado a George W. Bush”, escribió Cohen.

“Irak es, guardando las distancias, el Vietnam del siglo XXI de EE.UU.”, sostiene el filósofo y analista Alejandro Serrano Caldera.

Los neoconservadores que moldearon hasta ahora la política exterior, y que concibieron, alabaron y/o llevaron a cabo la guerra en Irak (Donald Rumsfeld, Dick Cheney, Paul Wolfowitz, I. Lewis Libby, Richard Perle, William Kristol, Robert Kagan y otros) como parte de amplios planes de fortalecimiento de la hegemonía global estadounidense, se equivocaron. Creyeron que el pueblo iraquí recibiría con flores y vítores a los libertadores, que en cuestión de meses todo estaría bien y que Irak, cual luminoso faro en la colina, irradiaría el ejemplo de democracia en Oriente Medio.

Además, pronto el acceso a las gigantes reservas iraquíes de petróleo abarataría su precio en el mercado mundial.

Los críticos de la guerra dicen que todo fue una fenomenal maniobra de manipulación política. El gobierno achacó a la CIA las fallas de inteligencia.

Sea cual sea la verdad, los hechos objetivos son que las premisas sobre las que se construyó la invasión resultaron ser falsas. Saddam Hussein no tenía ni armas de destrucción masiva ni programas de este tipo en desarrollo; el dictador no tenía tampoco vínculos con Al Qaeda. Curiosamente, los gobiernos laicos “apóstatas” como el de Hussein, están entre los enemigos que los fanáticos islamistas quieren destruir.

En tercer lugar, la guerra solamente ha alimentado la amenaza terrorista y ha hecho a EE.UU. y el mundo más inseguros. Hoy, según reportes de la inteligencia misma de EE.UU., el odio y el resentimiento de los musulmanes hacia EE.UU. ha crecido, las redes terroristas incrementan su reclutamiento, se han descentralizado y sus adeptos se entrenan en Irak en combate real contra los “infieles cruzados” que ocupan un territorio musulmán. El tiro por la culata.

En mayo de 2003, abordo de un portaaviones, el mandatario proclamaba “misión cumplida”. Vana ilusión. Se cometieron errores garrafales. No se previó el desarrollo de la insurgencia . Se hizo evidente el absoluto desconocimiento de factores políticos, históricos, étnicos y culturales.

Hoy, el país está en riesgo de caer en una guerra civil total, admiten los mismos generales estadounidenses. “It’s a nightmare”, dicen. Una pesadilla. La violencia sectaria está llevando a ese punto al país conformado por tres grandes grupos: los chiítas, los sunitas y los kurdos. Se habla hasta de una partición en tres Estados.

El costo de la guerra supera ya los 300 mil millones de dólares y el déficit fiscal es récord. 2,900 soldados han muerto, centenares de miles de civiles iraquíes han perecido.

En el artículo George Bush’s suicidal statecraft, de octubre de 2005 en el International Herald Tribune, Zbigniew Brzezinski, ex consejero de Seguridad Nacional de Jimmy Carter, lamenta la pérdida de credibilidad y el daño de la imagen de la superpotencia, el alejamiento de los aliados.

“El distanciamiento geopolítico de Estados Unidos podría convertirse en una realidad amenazante y duradera”, dice Brzezinski.

También apuntó hacia “los vergonzosos abusos y la tortura” en Abu Ghraib y Guantánamo. El capital de solidaridad que EE.UU. ganó tras el 9/11, fue echado a perder por los excesos de la guerra al terrorismo, las violaciones a las convenciones de Ginebra, según los grupos de derechos humanos. Por primera vez en la historia de una democracia moderna, EE.UU. ha instituido tribunales especiales desprovistos del habeas corpus, una conquista jurídica cardinal de la cultura occidental.

Esta semana, el bipartidista Grupo de Estudio sobre Irak propuso un fecha tentativa de retirada (2008) y más diplomacia con Irán y Siria, los vecinos de Irak, aunque reconoce que no hay fórmulas mágicas ni garantía de éxito. Pero ya Bush condicionó ese diálogo a la renuncia iraní a su programa de enriquecimiento de uranio, lo cual imposibilita el acercamiento, pues Teherán ha dicho que no lo hará.

Una retirada precipitada lanzaría al país al caos total y fortalecería a los grupos terroristas —una parte de la insurgencia, en la cual hay también elementos nacionalistas— y afectaría la estabilidad de Medio Oriente y, por ende, del mundo entero.

No hay luz al final de túnel. Pero seguir el rumbo actual es continuar cayendo hacia el fondo de un despeñadero sin retorno.

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