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EL MAL ESTADO DE LOS CAMINOS eleva los costos de producción y también afecta la calidad de los productos, al también aumentar el tiempo en que son llevados a los mercados. (LA PRENSA/Archivo)

Camino en mal estado

La mala infraestructura en América Latina explica gran parte de su pérdida de competitividad. Este primer ranking muestra qué países son la excepción y dónde están los cuellos de botella [doap_box title=»El agua es vital» box_color=»#336699″ class=»archivo-aside»] La manera en que se gestionan los recursos hídricos, ya sea en la forma de acceso de la […]

  • La mala infraestructura en América Latina explica gran parte de su pérdida de competitividad. Este primer ranking muestra qué países son la excepción y dónde están los cuellos de botella
[doap_box title=»El agua es vital» box_color=»#336699″ class=»archivo-aside»]

La manera en que se gestionan los recursos hídricos, ya sea en la forma de acceso de la población al agua potable así como en el saneamiento del agua sucia, tiene efectos importantes en las empresas y la población: su impacto está en la estructura de costos y disponibilidad para los negocios, así como en su efecto en la salud de la comunidad.

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“Esperar es un deporte nacional”, dice un conductor resignado mientras intenta conducir su vehículo estancado desde hace horas en medio de una larga fila de autos en una de las vías principales de acceso a Ciudad de México. “Esperar es una tradición”. La saturación no sucede sólo en las vías terrestres. Los aviones cargueros que quieren aterrizar en el Aeropuerto Internacional de la capital pueden pasarla peor aún. Si se atrasan sólo algunos minutos de la hora asignada para su aterrizaje, deben volver al día siguiente para entrar.

En Brasil los camioneros deben aventurarse en una red de carreteras en pésimo estado —muchas de ellas sin pavimentar— antes de que sus cargamentos de soya puedan llegar a los barcos que la llevarán al mercado internacional. Si van al puerto de Paranagua, la fila de camiones que esperan para embarcar puede llegar a los 50 kilómetros de largo.

El puerto colombiano de Buenaventura, por el que pasa cerca del 70 por ciento del comercio exterior del país, también está en problemas. Por cada 482 contenedores que salen ingresan más de 840, lo que ha provocado que se acumulen 13,000 unidades, mientras la capacidad del terminal no supera los 9,000.

Ya sea en el paso Los Libertadores, principal punto de conexión entre Argentina y Chile, así como en los pequeños puertos de América Central, los cuellos de botella en los sistemas de transporte se replican una y otra vez por toda América Latina. Son sólo la cara más visible de un problema que se extiende a la generación y distribución de energía, a las redes de telecomunicaciones e incluso a los sistemas de provisión y tratamiento de un bien tan básico como el agua. “La infraestructura de América Latina es cada vez menos competitiva”, dice Norman Anderson, presidente y CEO de CG/LA Infrastructure LL, organización basada en Washington dedicada a la investigación de la infraestructura latinoamericana.

“Con excepción de África, el resto del mundo ha avanzado más que América Latina en el desarrollo de su infraestructura”. Abundan los indicadores para corroborar el contundente diagnóstico. Desde la cantidad de kilómetros de caminos pavimentados por habitantes, el tiempo que demora exportar un producto, hasta el precio de la energía, América Latina ha empeorado en cada uno de ellos frente a Estados Unidos, Europa y, especialmente, frente a lo que han hecho las economías emergentes de Asia.

La razón detrás de eso es simple: baja inversión y mala ejecución. Mientras que un país como China invierte un equivalente al 9 por ciento de su Producto Interno Bruto (PIB) en infraestructura, el promedio regional no supera el 1.5 por ciento, una proporción que no ha subido desde hace más de 20 años. Y el dinero que sí se invierte se hace de manera poco eficaz. Frases como on time y on budget no pueden ser atribuidas a estas grandes inversiones.

Un complicado contexto que sirve de inspiración para esta primera edición del Ranking de Competitividad en Infraestructura. Presentado en conjunto por CG/LA y AméricaEconomía, el objetivo de este ranking-estudio es crear una herramienta que permita analizar el estado actual de la infraestructura en la región, así como en sus distintos países, conocer sus mayores déficit, y analizar año a año cuáles son los principales avances y retrocesos.

Para esto, el estudio está compuesto de un ranking general y de cuatro subrankings que representan las grandes áreas de la columna vertebral regional: 1) caminos y puertos, 2) energía, 3) telecomunicaciones y 4) agua.

Este estudio no sólo permitirá comparar a los países entre sí, sino establecer también cuál es su posición global gracias a la comparación con cuatro países seleccionados del mundo desarrollado. De esta manera, no sólo podemos decir de Brasil que su baja inversión en infraestructura lo tiene en el sexto lugar del ranking latinoamericano. También podemos aseverar que es 31 por ciento menos competitivo que Corea del Sur y 44 por ciento menos que Estados Unidos.

Conocer estos datos no responde a una simple curiosidad estadística. Una infraestructura deficiente se traduce en costos que afectan directamente a la productividad. Por ejemplo, tener una mala y poco confiable infraestructura de caminos y puertos obliga a las empresas a tener que manejarse con inventarios más altos.

Un estudio del Banco Mundial señala que América Latina mantiene en inventario de bienes equivalentes a cerca del 30 por ciento del PIB, el doble de lo que mantiene un país como Estados Unidos y otros países desarrollados. El costo financiero de tener este capital detenido es mucho mayor en la región que en los países desarrollados, dadas las mayores tasas de interés.

Los mejores

A nadie debiera sorprender que sea Chile el país mejor rankeado de la región. Su estabilidad macroeconómica y la capacidad de planificación del sector público le han permitido invertir continuamente durante 10 años en obras de infraestructura, una tarea que el gobierno de Michelle Bachelet ha comprometido mantener a través de su Ministerio de Obras Públicas (MOP). No todo es color de rosa en Chile: algunos funcionarios del MOP chileno han sido procesados por mal manejo de recursos y el actual ministro Eduardo Bitrán ha debido cancelar algunos grandes proyectos comprometidos, como un puente que una la Isla de Chiloé con el continente.

No obstante, la capacidad ejecutiva y el conocimiento en la generación de alianzas público-privadas para el desarrollo de obras tienen a la infraestructura chilena acorde con la importancia que tiene el comercio internacional con su economía y muy por arriba de resto de los países de la región.

Le siguen el archipiélago república de Trinidad y Tobago, un país que está reinvirtiendo la riqueza del gas natural en obras públicas. Colombia, en el tercer lugar, ha conseguido transformar sus altas tasas de crecimiento en altas tasas de inversión en infraestructura. Colombia ha conseguido articular la recuperación de la inversión privada en el país con sus necesidades estructurales, lo que ha generado uno de los mecanismos de alianzas público-privadas más efectivos de la región. Su sistema de autopistas es producto de eso.

La ubicación geográfica de México, en el quinto lugar, y su dependencia en el comercio con Estados Unidos lo transforman en un país absolutamente dependiente de su competitividad en infraestructura. Pero es también uno de los países que muestran uno de los más bajos niveles de inversión en relación con el PIB de la región.

Brasil, en el sexto lugar regional, debería estar liderando la región, pero arrastra dos temas críticos para su economía: una débil red de transporte y una posible crisis energética.

De ahí para abajo, entre el lugar 7 y el 18, viene una lista de países que muestran patrones que son fatales para la creación de estrategias en infraestructura. Entre ellos: incertidumbre y cambios constantes en la dirección de los proyectos. Se trata de escenarios muy complicados para conseguir el tipo de planificación necesaria para llevar a cabo estos proyectos. Aunque Uruguay, República Dominicana, Perú y El Salvador se encuentran un poco más avanzados, tienen debilidades tan fuertes que terminan aplastando sus propias fortalezas. Perú (11) ha tenido retrasos por el bajo ingreso per cápita del país, combinado con el gran peso que las industrias extractivas tienen en la economía, lo que ha enfocado los esfuerzos en ella. La burocracia peruana, no obstante, ha creado una visión de largo plazo y hoy busca los medios para implementarla.

El caso argentino (13) es más complicado: el país ha carecido de una visión de largo plazo para el desarrollo de su infraestructura. El boom constructor del período de Carlos Menem consistió en la ejecución de proyectos poco articulados que respondían más que todo a las propuestas de inversionistas internacionales. El resultado es una infraestructura de baja capacidad y excesivo endeudamiento. Hoy no se ve en el gobierno un intento serio por reemplazar eso.

Los cinco países peor evaluados son aquellos que tienen pocas condiciones para mejorar en el futuro. La poca disponibilidad de capital interno y el desinterés de inversionistas extranjeros de entrar en ellos, hacen poco probable que sus tremendos agujeros de infraestructura puedan ser resueltos en los próximos años.

Transporte en deuda

Esta dimensión no sólo es la más visible de la infraestructura. Es también la que representa la mayor parte de los costos para las empresas y para quienes deben asumir políticas de infraestructura. Por tanto es la que tiene la mayor ponderación en la metodología propuesta por CG/LA. La construcción y mantenimiento de carreteras, líneas férreas, puertos, vías fluviales, ferrocarriles es un área estratégica de los países por la dispersión de sus beneficios. De ella se benefician desde las grandes empresas que pueden acelerar sus circuitos de producción y comercio, hasta el ciudadano de a pie que puede ver su vida cotidiana impactada por mejoras en sus necesidades básicas como el transporte. Su efecto en la equidad no está sólo en su uso: de acuerdo con el Banco Mundial, por cada US$1,000 millones que se gastan en este tipo de obras, se crean 15,000 empleos.

No obstante, los déficits en esta área son inmensos. El poco desarrollo de sistemas de ferrocarriles y la práctica inexistencia de vías fluviales comparados con otros lugares del mundo, se suman a los bajos promedios de caminos pavimentados: mientras que en 1980 había un kilómetro de camino pavimentado por cada 1,000 habitantes, actualmente esa relación llega a 1.2 km. En el mismo período, Asia los duplicó.

Chile es el país que lidera la región en esta categoría. Como productor y exportador de materias primas, el país se modernizó y creó una serie de proyectos innovadores, como el puerto seco creado en la localidad de Los Andes, totalmente automatizado y que facilita el comercio con Argentina. No obstante, Chile opera en un 25 por ciento de desventaja contra España.

En segundo lugar está Panamá: el pequeño país centroamericano ha manejado su gran ventaja estratégica, el Canal de Panamá, para redefinir al país como una plataforma logística global. No sólo maneja, mantiene y amplía el canal; la idea es aprovechar su potencial para crear ventajas permanentes en un mundo cada vez más globalizado. No es lo común: Paraguay, por ejemplo, no ha sabido sacar provecho a Itaipú para crear un sistema de vías fluviales.

Colombia, en el tercer lugar, requiere inversiones en nuevas carreteras y puertos para sacar provecho de su ubicación privilegiada con salida a dos océanos, mientras que Jamaica debe aprovechar tanto su ubicación en la mitad de una ruta marítima voluminosa y sus recursos ricos en bauxita para mejorar su posición en el ranking.

Lo que más llama la atención en el análisis de esta variable es la posición de Brasil en el décimo lugar. De su extenso sistema de carreteras, sólo el 5 por ciento se encuentra pavimentado, según el Banco Mundial (y no bien pavimentadas). Sus pocos desarrollados sistemas ferroviario y fluvial tampoco ayudan. Al compararlo con España, Brasil opera con un 63 por ciento de desventaja frente a este país de control.

Electricidad encarecida

No sólo la disponibilidad de energía eléctrica es un componente crítico. También es el precio y la calidad con que se entrega esa electricidad. Un sistema eléctrico con altas oscilaciones en los voltajes implica costos que deben asumirse en el reemplazo constante de maquinarias. Pero en la región aún se está pensando cómo construir una fuente segura de electricidad, una dimensión que se ha transformado en un verdadero dolor de cabeza. Aunque hace algún tiempo la disponibilidad de energía fue una de las grandes ventajas de América Latina, hoy presenta una aplastante debilidad, con precios a la electricidad que sólo son superados por África. Incertidumbre en el abastecimiento y apagones son constantes en la gran mayoría de los países, que no encuentran la manera de invertir de manera estable en el sector.

La gran excepción a esto es México. A pesar de depender en gran parte del monopolio estatal Comisión Federal de Electricidad (CFE), el país ha contado con altos niveles de inversión y con un servicio que ha mejorado en los últimos seis años. Aunque los precios también, debido a su alta dependencia en el gas natural para generarla.

México es quizás el único país en la región que ha visto mejoras en su sistema eléctrico. En general, los países latinoamericanos (a excepción de Bolivia y Venezuela, ricos en gas natural) funcionan con los pocos recursos hidroeléctricos que les quedan.

Chile, que buscó reemplazar en su matriz eléctrica la energía hidroeléctrica por la de gas natural de sus vecinos, resultó miope. Hoy está volcado a ampliar la mezcla de combustibles, incluyendo todos los tipos de energías renovables, de carbón y de LNG.

Brasil se ubica en el sexto lugar de este subranking. El país genera el 94 por ciento de su electricidad de fuentes hidroeléctricas, pero ha invertido muy poco en los últimos cuatro años. Los apagones que se sucedieron hace un trienio, según analistas, se deben a que el país ha crecido menos de lo esperado. No obstante, para sostener una tasa de expansión del PIB de 4 por ciento, deberá incorporar 4,500 MW extras por año a su sistema eléctrico en el período 2007-2011. Aún no se sabe cómo se conseguirá eso.

(c) 2006, AméricaEconomía. Todos los derechos reservados.

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