Amistades dudosas

Hugo Chávez y su revolución bolivariana no constituyen, aún, una amenaza estratégica a la superpotencia, pese a su retórica estruendosa y sus planes de construir un bloque antiestadounidense en Latinoamérica. El principal cliente del petróleo venezolano es Estados Unidos mismo, que cubre casi el 15 por ciento de sus necesidades con la importación del crudo […]

Hugo Chávez y su revolución bolivariana no constituyen, aún, una amenaza estratégica a la superpotencia, pese a su retórica estruendosa y sus planes de construir un bloque antiestadounidense en Latinoamérica. El principal cliente del petróleo venezolano es Estados Unidos mismo, que cubre casi el 15 por ciento de sus necesidades con la importación del crudo del país sudamericano. Pero el programa nuclear de Irán sí es un desafío estratégico para Washington, Europa y Asia.

El lamentable protagonismo de Chávez durante la toma de posesión de Daniel Ortega —con el irrespeto a los demás mandatarios con el retraso de la ceremonia—, sus discursos y el anuncio de ayudas, eran de esperarse. Sin embargo, es difícil percibir la utilidad de invitar y agasar al presidente de Irán, Mahmud Ahmadinejad y suscribir —según parece, porque nadie ha visto el texto— acuerdos de cooperación cuya ejecución futura es imprecisa.

¿Qué dará Nicaragua a cambio? Lo único que podríamos hacer es apoyar diplomáticamente a Irán en sus disputas con las grandes potencias —varias de ellas nuestros principales donantes de la cooperación al desarrollo— y la comunidad internacional. Irán ha sido sancionado por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas por rehusar detener su programa nuclear que por ahora es de enriquecimiento de uranio —la antesala de la fabricación de bombas atómicas.

Irán es una potencia regional involucrada en los problemas de Oriente Medio, un enemigo declarado de Estados Unidos —que lo metió en su “eje del mal”.

Washington considera a Irán un promotor del terrorismo. Financia a la guerrilla Hezbolá en Líbano; su mano estuvo detrás del bombazo en Beirut en 1983 que dejó 241 soldados estadounidenses muertos; financia y arma a los palestinos; se propone la destrucción de Israel. Ahmadinejad llama a “borrar del mapa” al Estado judío y afirma que el Holocausto “es un mito”. En Argentina, acusan a la dirigencia iraní de ser responsable de un atentado terrorista contra una institución judía en Buenos Aires en 1994 que dejó 85 muertos y más de 300 heridos.

Teherán aspira a la hegemonía regional y a un prestigio global. Como cualquier otra potencia, tiene sus intereses y seguramente desde su óptica, teme a EE.UU. y a Israel, aliado estratégico de la superpotencia americana y del cual se sabe que posee armas nucleares. Los iraníes recuerdan que EE.UU. apoyó a la brutal y sanguinaria dictadura del Sha, y que ese país y Europa respaldaron al Irak de Saddam Hussein en su guerra contra la revolución islámica (1980-1988). Además, en el entorno cercano y un poco más distante, avanza la proliferación nuclear (India, Israel, Pakistán, Rusia).

La renuencia de Irán a detener su programa de enriquecimiento de uranio, del cual Occidente sospecha que se dirige a obtener armas nucleares , “viola sus obligaciones” resultantes del Tratado de No Proliferación Nuclear, de acuerdo al profesor Ricardo Arredondo, diplomático y profesor de Derecho Internacional Público de la Universidad Autónoma de Madrid. Irán es signatario del tratado.

Para algunos analistas, el interés de desarrollar un programa nuclear también resulta de las crecientes necesidades energéticas iraníes —un país de 68 millones de habitantes y tres veces el tamaño de Irak.

De acuerdo a un estudio reciente de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos, citado por la agencia Reuters, Irán podría quedarse sin petróleo de exportación en “unos 8 años”.

El análisis del autor Roger Stern, de la Universidad John Hopkins, estima que el gobierno iraní podría volverse “políticamente vulnerable” por la disminución de exportaciones de crudo. Los envíos de petróleo suman aproximadamente el 70 por ciento de las ganancias del gobierno iraní, según Stern.

Sea así o no, EE.UU. e Israel han declarado “inaceptable” la posesión iraní de armas nucleares y han insinuado la posibilidad de un ataque aéreo.

Para el experto del Real Instituto Elcano, Soeren Kern, un Irán con armas nucleares podría estimular una carrera armamentista. Turquía y Arabia Saudita han pensado en esa posibilidad.

Irán desarrolla misiles balísticos de mediano alcance e intercontinentales. Cuando complete el desarrollo de los más sofisticados —en un par de años, según la inteligencia de EE.UU.— podrá alcanzar el territorio de Europa y el de EE.UU.

“En suma, un Irán con capacidad nuclear pondría en duda la seguridad fundamental de Europa”, escribió el año pasado el ex ministro de Relaciones Exteriores de Alemania, Joschka Fischer, para quien debe evitarse de manera absoluta la bomba iraní.

En Managua, ciertos círculos diplomáticos estiman que, pese a todo, “no hay que sobredimensionar la visita de Ahmadinejad”.

“A cambio de algunas cosas se le dio una plataforma cerca de Estados Unidos para atacarlo, pero no creo que esto llegue a más”, me comentó un diplomático acreditado en Managua. “Fue un poco como un bluff. Y él no es quien tiene el poder real en Irán”.

Tomar a Irán de aliado podría ser un craso error del gobierno entrante. Las buenas relaciones con EE.UU. es un asunto del máximo interés, y ya sabemos las consecuencias desastrosas de un enfrentamiento. También podría poner en riesgo nuestra relación con la Unión Europea, con la cual negociaremos pronto un tratado de asociación.

Nicaragua no tiene ninguna incidencia ni beneficio en este conflicto. Al contrario, apoyando a un régimen díscolo y lejano, arriesgamos relaciones que sí nos interesan.