Difícil de juzgar al Más Valioso

deportes@laprensa.com.ni Qué terriblemente difícil es tratar de establecer cuál es la mejor pintura en el Palacio de Versalles. No hay manera frente a los destellos producidos por tanta destreza con toque de genialidad. Y hay casos en que el grado de dificultad tratando de juzgar quién fue el Más Valioso de un torneo de beisbol […]

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Qué terriblemente difícil es tratar de establecer cuál es la mejor pintura en el Palacio de Versalles. No hay manera frente a los destellos producidos por tanta destreza con toque de genialidad.

Y hay casos en que el grado de dificultad tratando de juzgar quién fue el Más Valioso de un torneo de beisbol es comparable.

En 1941, votar por Ted Williams era traicionar a Joe Dimaggio. La racha y los .400 frente a frente, con el agregado de grandeza en tantas otras cifras por cada lado.

Y en 1966, se impuso Roberto Clemente, pero los lamentos por Sandy Koufax, todavía se escuchan por las ruinas de Chibcha, Cuzco y Palenque.

Recuerdo 1984, cuando aquí las polémicas alrededor de Julio Moya y Gustavo Herrera terminaron por “confiscar” el nombramiento de Atleta del Año.

Al caer el telón de la tercera Liga discutiblemente Profesional, hay mucha aproximación al momento de valorar el rendimiento, la incidencia y espectacularidad, ofrecidas por el artillero indio Clyde Williams y el motor de los rugidores Justo Rivas.

¿Quién debe ser Más Valioso?

Incluso en Grandes Ligas, hay confusiones. Se selecciona a Kirk Gibson de los Dodgers en 1988, por su incidencia para que su equipo conquiste el banderín, aún sin conseguir las cifras más impresionantes. Conectó 25 jonrones, empujó 76 carreras, y registró .290 de porcentaje.

Entonces, ¿en qué quedamos? Se tata del pelotero incidente y motivador, o el mejor de la Liga.

En el caso de Williams y Rivas, la situación es más apretada todavía. Son “vecinos” en todo, como lo fueron Ken Griffey y Alex Rodríguez en 1996, cuando no se sabía cuál de ellos era el Más Valioso de Seattle. No hay quien pueda imaginar al Bóer clasificado sin el aporte de Williams, y este León exitoso sin el ímpetu de Rivas.

Líder jonronero y empujador con 13 y 40, Williams registró 311 puntos y disparó 16 dobletes, con 623 de slugging. Como “ombligo” del espectáculo, fue mayor factor que Rivas.

Al cierre violento de Justo atrapando el cetro de bateo con .377, hay que agregar el subliderato de jonrones con 8 —máxima cifra entre los nicas— y los 38 remolques, persiguiendo a Williams. Sus 78 hits fueron inalcanzables, anotó 36 veces igual que su fiero rival, y se apuntó 14 dobletes.

Estrangulados los cálculos por el equilibrio sostenido en las comparaciones entre estos dos peloteros, Williams consigue dos centímetros de ventaja, uno por haber capturado dos de las tres coronas por una de Rivas, y otro porque su ritmo le permitió al Bóer garantizar el liderato.

¡Qué difícil es tratar de fijar quién fue el mejor entre Williams y Rivas! Un reto a la capacidad de análisis, hundiendo el bisturí en los pequeños detalles.

Hacerlos compartir la distinción evita complicaciones, pero si se trata del uno o el otro, pienso que Williams, no Ted, quien se vio frustrado en 1941 entre un laberinto de consideraciones, sino Clyde, el del Bóer, terminará imponiéndose.

Por una nariz, por un pelo o por un parpadeo.