Los desafíos del escritor

Cuál es el papel de los escritores de hoy, qué responsabilidades asumen frente al mundo en que les toca vivir y cuáles son esos retos que como creadores enfrentan Pocos intelectuales nicaragüenses han reflexionado sobre el tema de los escritores y su papel en el seno de la sociedad. Una notable excepción es José Coronel […]

  • Cuál es el papel de los escritores de hoy, qué responsabilidades asumen frente al mundo en que les toca vivir y cuáles son esos retos que como creadores enfrentan

Pocos intelectuales nicaragüenses han reflexionado sobre el tema de los escritores y su papel en el seno de la sociedad. Una notable excepción es José Coronel Urtecho, quien consagró dos de sus famosas Tres Conferencias a la Empresa Privada (1974) a las relaciones entre los intelectuales y los hombres de empresa, ocasión que le brindó la oportunidad para hacer algunas consideraciones más generales sobre el intelectual y el escritor en nuestra historia.

El escritor contemporáneo no puede desligarse de su pueblo y refugiarse en una torre de marfil. Su papel es interpretar para el pueblo, que siente los signos de la historia, el sentido de la misma para su mejor comprensión. No puede el escritor, si realmente asume su responsabilidad como intelectual, estar distanciado de las necesidades, problemas e inquietudes de su “pueblo – nación”.

A principios del siglo pasado, en las páginas que dedicó al escritor uruguayo, José Enrique Rodó, Rubén Darío afirmó lo siguiente: “El oficio de pensar es de los más graves y peligrosos sobre la faz de la tierra bajo la bóveda del cielo. Es como el del aeronauta, el del marino y el del minero. Ir muy lejos explorando, muy arriba o muy abajo; mantiene alrededor la continua amenaza del vértigo del naufragio o del aplastamiento. Así, la principal condición del pensador es la serenidad”.

Con todas sus limitaciones, América Latina puede presentar una estupenda serie de pensadores y escritores que han especulado sobre el destino de nuestros pueblos y que nos legaron lúcidos ensayos, a la cabeza de los cuales es preciso poner al propio Rubén, seguido de Andrés Bello, José Enrique Rodó, José Martí, Domingo Faustino Sarmiento, Juan Montalvo, Eugenio María Hostos, Pedro Henríquez Ureña, José Vasconcelos, Alfonso Reyes, José Ingenieros, Alejandro Korn, Manuel González Prada, José Carlos Mariátegui y Leopoldo Zea, entre otros.

Sin embargo, el ensayo no es el único género literario a través del cual expresan sus inquietudes, críticas y propuestas los escritores. En realidad, cualquier género literario puede ser un medio para expresar y comunicar ideas, reflexiones y críticas sobre la sociedad y su destino. La demostración de esta verdad la juzgo innecesaria ante la abundancia de ejemplos en la obra de José Coronel Urtecho, Pablo Antonio Cuadra, Mariano Fiallos Gil, Ernesto Cardenal, Manolo Cuadra, Sergio Ramírez, Gioconda Belli, Leonel Rugama y un largo etc.

Los periodistas deben también ser incluidos en la lista de los escritores, desde luego que, como decía Rubén: “El periodista que escriba con amor lo que escribe, no es sino un escritor como otro cualquiera”. Siendo así, cabe agregar a la lista los nombres de Rigoberto Cabezas, Juan Ramón Avilés y Pedro Joaquín Chamorro, para mencionar a los más emblemáticos.

A propósito de los intelectuales y su rol en la historia, Coronel Urtecho señala lo siguiente: “Las victorias de los intelectuales han sido efímeras y sus luchas contra los generales permanentes, salvo en los casos de común ocurrencia en que ellos mismos se convertían en generales. Los que triunfaban siempre, en esas condiciones, eran naturalmente los militares y a los intelectuales no les quedaba otra alternativa que continuar luchando infructuosamente contra ellos o entrar a su servicio”.

Hasta nuestros días, los intelectuales y los escritores han sido casi siempre desplazados del poder por los militares y los políticos, generalmente escépticos ante lo que se suele identificar como “intelectual”. Y cuando logran imponerse, sus victorias son efímeras (los casos de José Madriz, Carlos Cuadra Pasos y otros son un ejemplo). A los intelectuales, añade Coronel, les ha tocado en suerte muchas veces servir tan sólo como “figuras decorativas”, útiles únicamente en momentos críticos para funciones representativas o para redactar documentos oficiales. De ahí que con frecuencia les suceda que terminen siendo utilizados por los pícaros de nuestra política o por las dictaduras y son pocos los que tienen la entereza de reconocer sus errores políticos, como lo hizo Coronel Urtecho, quien incluso trató de dejarnos un testimonio de su experiencia política bajo el título de Mea Máxima Culpa, cuyo primer capítulo significativamente se titula Resistencia de la Memoria (Revista del Pensamiento Centroamericano Nº 150).

Marcos Kaplan apunta, al respecto: “Los intelectuales deberían entender que no son más que notas de pie de página que los políticos suelen usar, de tanto en tanto, para convencerse de que tienen ideas”.

¿Cuál es, entonces, en nuestra opinión, el papel del escritor en la sociedad actual?

El escritor contemporáneo no puede ni debe desconectarse de su medio social. Debe asumir su papel con responsabilidad. Esto implica consagración seria y tenaz al estudio de los problemas de su colectividad para comprenderlos mejor y estar así en capacidad de proponer soluciones. Bien decía el recordado Xabier Gorostiaga, “no debe existir protesta sin propuesta”. La tarea del escritor no puede limitarse a la denuncia sino que sus críticas deben ir acompañadas de propuestas que contribuyan a plantear con mayor lucidez los problemas nacionales y a sugerir alternativas de solución.

El escritor debe ejercer la crítica y la autocrítica. Por falta de crítica los escritores que apoyaron la opción revolucionaria en la década de los ochenta le hicieron un flaco servicio a la Revolución. No fuimos, en su momento, lo suficientemente críticos ante el cúmulo de errores que se cometieron.

Los detentadores del poder, a su vez, no deberían menospreciar la función crítica de los escritores sino que más bien considerarla como una contribución al éxito de sus gestiones, principalmente cuando la crítica es de carácter propositivo. Desafortunadamente, al poderoso le agrada más la adulación que el cuestionamiento. Cuando el escritor elude ejercer la función crítica termina siendo avasallado por el poderoso de turno. Desafortunadamente, en nuestra praxis política esta responsabilidad crítica del escritor es la que más temen o más incomoda a los gobernantes de turno, cuyos favores se inclinan hacia los complacientes o hacia quienes ven virtudes donde sólo hay vicios.

Los escritores comprometidos con su oficio, tienen que asumir, sin arrogancia, el papel de conciencia lúcida de la sociedad, enfrentando cualquier riesgo. Y, además, esforzarse por introducir la reflexión prospectiva, es decir, la visión del futuro en la práctica social, la visión del destino que nos aguarda si seguimos ciegamente por el camino de la sumisión y carecemos del valor y la entereza necesaria para señalar los errores.

En países como el nuestro, donde el subdesarrollo no es solo económico sino educativo y cultural, el escritor tiene un encargo mayor: contribuir a generar una actitud favorable al cambio y a difundir las ideas y conceptos capaces de generar una mentalidad propicia al auténtico desarrollo de la sociedad, de conformidad con el paradigma proclamado por las Naciones Unidas para el Siglo XXI, que es el paradigma del desarrollo endógeno, humano y sustentable, sin renunciar jamás a la utopía, por dura que sea la realidad circundante.

Un escritor es algo más que un simple profesional, ducho en su oficio. El escritor es, primero que nada, un ciudadano y eso ya significa mucho, desde luego que ser ciudadano implica el ejercicio permanente del civismo, la participación en la vida de la polis, asumiendo una ciudadanía activa, crítica y responsable; debe poseer una visión de conjunto de la sociedad e identificar y apreciar los valores que la distinguen y le dan su propio perfil, su identidad. El escritor, a diferencia del “experto”, no sólo, aprecia la relación “costo-beneficio” de un proyecto sino que debe encontrar en él su raíz humanística y su conformidad con el paradigma que antes mencionamos para que el beneficio sea no sólo económico sino, principalmente, promotor de la dignidad humana. El humanismo no tiene como ambición del dominio sino el servicio.

El escritor debe adoptar una postura moderna, convencido de que la única modernidad auténtica es la que hunde sus raíces en los valores que dan su identidad de cada pueblo. La modernidad importada, que arrasa esos valores, es inauténtica. El mejor ejemplo en este sentido es la modernidad asumida por Rubén Darío, que conciliaba su visión cosmopolita del mundo con el entrañable aprecio por nuestras raíces indígenas y el amor a la patria, por pequeña que fuera.

El auténtico escritor sabe distinguir entre ideología e ideologización, entre credo y sectarismo. Si realmente asume su responsabilidad con la sociedad, será un escritor comprometido con la verdad, con su pueblo y con los desfavorecidos del poder y la riqueza.

Finalmente, el escritor no puede ser ajeno al quehacer político, entendiendo la política en su acepción más noble de preocupación por el bien común, no la politiquería barata, que Rubén abominaba como “ese tremendo hervidero de la pasión”.

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