- Un ejemplo curioso y desconocido de la literatura viajera sobre Nicaragua en el siglo antepasado es Yegor Sivers, de quien presentamos las siguientes páginas amenas traducidas por el académico alemán Wolfgang Bautz
AGHN
Yegor von Sivers (1823-1879) era un báltico, poeta e historiador alemán que siguió los pasos de E.G. Squier (1821-1888) en Nicaragua. Para mí, era completamente desconocido hasta que me habló de él y de su obra, Ueber Madeira un die Antillen nach Mittlelamericka /Reifedenkmürdigkeiten und Forfdjungen (1861), el catedrático alemán Wolfgang Bautz. Otro alemán y amigo más próximo, Günther Schmigalle, completó los datos que aquí rescato del autor de esa rarísima obra, cuyo título en español sería: Hacia Centroamérica, pasando por Madeira y las Antillas /Curiosidades e investigaciones de viaje.
Poeta nacido en Livonia, von Sivers se dio a conocer también como viajero e historiador. Identificado con la revolución alemana de 1838, cuando ésta fue reprimida, decidió emigrar a América. Visitó Barbados, Puerto Rico, Haití, Antigua y Cuba; llegó a Belice, visitó Honduras, la Mosquitia, Nicaragua, Guatemala y Yucatán. Adquirió casa y plantación en Guatemala. Pero no sólo se desilusionó de la situación social y política; también se enfermó de fiebre amarilla y tuvo que retornar a Europa.
Establecido de nuevo en Livonia, se dedicó a la agricultura, a sus escritos e investigaciones. Profesor de Agricultura del Instituto Politécnico de Riga, hasta su muerte, se le considera el fundador de los estudios latinoamericanos en los países bálticos. Publicó, asimismo, otro libro de viajes: Cuba, die perle der Antillen (1860), veinte más de temas históricos y un centenar y medio de trabajos dispersos entre artículos, reseñas y poemas.
Entre mediados de 1850 y finales de 1851 permaneció en el Caribe y la América Central. Llegó a Nicaragua, por tanto, inmediatamente después de Efraín Jorge Squier, cuyos pasos siguió tras haber leído Nicaragua: ist people, scenary, monuments… (1852) y enterarse de la intrusión esclavista y filibustera de William Walker (1855-57). Al parecer, redactó su libro de viajes después del último año, cuando apareció el de Kart Scherzer, a quien cita. Otro libro en su idioma del que tenía noticia y aprovechó en el suyo, es el de Alexander von Buelow (1829-1901): Der Freisttad Nicaragua in Mittel-Amerika (…) Berlín, Hempel, 1849.
Abram Bridzo tradujo unas líneas de von Sivers sobre Squier y Walker, asociándolas. “Se puede discutir —comenta— si Walker, entusiasmado por los escritos de Squier, se lanzó a sus frenéticas campañas de conquista o si los dos procuraron materializar un plan a todas luces común, aunque valiéndose cada uno de sus propios medios…” (América Latina, Moscú, núm. 5, 1982).
El itinerario de von Sivers lo inició en El Realejo, comprendiendo El Viejo, Chinandega, León (todavía capital del país), Telica, etc., hasta Granada. Luego, cruzando el Gran Lago, arribó al puerto de San Juan de Nicaragua (o del Norte). Así lo hizo constar en un diario que, diez años más tarde, transformaría en Uber Madeira und dice Antillen nach Mittlelamerika.
Nicaragua no ocupa un lugar privilegiado en esta obra. Sin embargo, motivó a von Sivers para escribir varias docenas de páginas sobre la flora y fauna, los habitantes y su composición étnica, las guerras civiles y el comercio monopolizado en la zona del Pacífico por cuatro ingleses (Manning y Foerster, Bridge y Glenton), los tradicionales oficios artesanales en distintas regiones, sobre todo la orfebrería en Granada. No obstante, su carácter fragmentario y a veces superficial, la vena poética del autor le brota a menudo, en concreto cuando realiza un elogio del machete.
Un tema esencial del viajero de origen báltico, pero alemán de formación y escritura, es la política anglo-americana y la intervención de William Walker. En cuanto a las páginas sobre Nicaragua, omito las que dedicó a la erupción del volcán Cosigüina en 1835; a los lagartos del Gran Lago y del río San Juan, en las cuales cita a Gage y a Dampier; y a los vestigios prehispánicos de Ometepe y Zapatera, especialmente a las estatuas de ambas islas; Squier, como ya se dijo, fue su guía.
1.El Realejo
Las pieles de ganado vacuno calientes y hediondas bajo el ardor del sol, tendidas sobre la embarcación, aminoran el placer del viaje en barco de la isla del Tigre, en el Golfo de Fonseca, pasando junto al volcán Cosigüina, hasta el Tempisque, lugar de peaje, situado cerca de la desembocadura del riachuelo Palomino.
Después de un trecho a caballo de 4.5 leguas alemanas uno llega a Chinandega, donde el camino de El Realejo, rodeado de ambos lados de campos bien cultivados, se dirige hacia el puerto más importante de Nicaragua. Los alrededores de El Realejo, situado al arroyo del mismo nombre son llanos, el aire es húmedo, caliente e insalubre; pero cerca del poblado hay tierras fértiles, plantaciones de azúcar, milpas de maíz y muchas manadas de ganado que encuentran forraje nutritivo en los pastos.
¡Qué se podría cosechar en tiempos de paz si se mostrara un poco más voluntad seria, tiempos que por supuesto no se podrían esperar bajo el régimen de terror de las bandas de los filibusteros walkerianos!
La villa, de unos dos mil habitantes, tienen una aduana, un arsenal, un astillero en mal estado, un hospital y tres iglesias de piedra. Por medio de las huertas, plantadas entre las casas, logra una apariencia rural agradable. Sin embargo, la vista panorámica de las montañas de fuego del Viejo, Telica, Momotombo, Masaya, Nindirí y Mombacho, en partes ardientes o por lo menos humeantes, le da un trasfondo inesperadamente majestuoso.
Se afirma que el río tenía ocho desembocaduras navegables, de las cuales, sólo una es accesible hoy para grandes embarcaciones. Todas las desembocaduras llevan a un puerto espacioso y profundo, cuya salida protegen las Islas El Cardón y Castañón contra la alta mar.
Lanchas de mercancías alcanzan el desembarcadero de la ciudad y los barcos anclan unas cinco leguas inglesas hacia abajo, frente a las ruinas de una antigua fortaleza. En medio de este camino, cerca de la orilla del río, se observan otros escombros de un reducto-batería, cubiertos casi enteramente por árboles. El año de su construcción se desconoce. En 1637 Thomas Gage consideró el puerto débil y sin fortificación alguna.
El Realejo es la sede de un comandante, de un capitán de puerto y de varios aduaneros. Un vicecónsul inglés, subordinado al Cónsul General inglés de Guatemala, reside también allá. En los años cuarenta, lo era el señor Foerster que, al mismo tiempo, dirige los negocios de la casa de comercio más apreciada de la población: la de Manning y Foerster. Según Bülow, estos dos señores, que intentaban mejorar la agricultura de Nicaragua con su propio ejemplo y que varias veces sacaban el Gobierno de apuros anticipándoles en dinero en un total de 350,000 piastras, se apropiaron de todos los ingresos de aduana del puerto, así como de todos los ingresos de la venta del tabaco, por varios años.
Si se toma en cuenta el exiguo cultivo de la tierra, que casi no asegura la subsistencia necesaria y la falta de mercancías de exportación, es explicable que comerciantes, que pretenden hacer buenos negocios acá o en América Central en general, sean los que tomen la delantera en la producción de bienes exportables. Si se predica una vez con el ejemplo, habrá imitadores suficientes, y desde ahora el comerciante podrá invertir todo el tiempo y dinero en el comercio. Dicen que de esta manera, como Bülow lo relata en su libro apreciado sobre la emigración alemana, las casas comerciales locales más importantes Manning y Foerster, Bridge y Glenton empezaron a cultivar algodón, tabaco y añil.
Un camino de siete leguas alemanas de largo lleva de acá, pasando por Chinandega, Chichigalpa y Posoltega, a la capital del Estado libre: León. Pienso que puedo omitir la descripción más exacta de la región, porque Wagner y Scherzer ya la han caracterizado en su obra memorable.
2. León
León, una de las ciudades más antiguas de América Central, fue fundada en 1523 por Hernández de Córdoba a orillas del Lago de Managua, cerca del Momotombo. Pero más adelante fue trasladada, por motivos desconocidos junto a un afluente del Río Tamarindo. Cerca de la ciudad se eleva la única colina que, con excepción de las dunas que circundan la playa, se observa entre la costa y la cordillera.
Pese al buen abastecimiento de carne, pescado, verduras y frutas; pese a su ubicación saludable y a sus calles amplias y ordenadas, pese a una catedral solemne y majestuosa y a varias iglesias más, pese al palacio episcopal y al del gobierno, y a un espléndido número de edificios privados, la ciudad semeja un enorme montón de escombros.
De todos los Estados centroamericanos, Nicaragua y dentro de Nicaragua, León, fueron los que más han sufrido durante persistentes guerras civiles desde hace 25 años. La población de la capital, que durante su apogeo comprendía 50,000 habitantes, se ha reducido a 15,000 y según otras fuentes, hasta 7,000 (esta depende si se incluye, o no, el pueblo indígena de Sutiaba). Tomando en consideración la actitud pacífica del pueblo en general, el permanente movimiento anárquico del país resulta incomprensible.
Sin embargo, bajo las banderas de la República se junta la canalla, la escoria de todo el Estado. Y esta minoría revoltosa y ávida del bien común una chusma de guerra mal retribuida y subordinada está que derrama el encono civil sobre el país.
En nuestros tiempos —cuando se han escrito estas líneas— el estadounidense (William) Walker se apoderó de la manera más indigna de la bandera estrellada de los Estados Unidos para implantarla en Nicaragua, causando estragos en busca de correrías. Por fin, coronó su imprudencia fusilado en Honduras.
3. El inglés Byam y las insurrecciones en América Central
Byam, un viajero inglés, caracteriza con mucho acierto las insurrecciones en América Central. Un oficial subalterno de las tropas estacionadas en la localidad se gana, por medio de diversas promesas, como saqueos de ciudades, un mayor sueldo realzado y el ascenso. Sucede que las guardias de los cuarteles y de los demás lugares principales son comprados por estos soldados. En la noche se ocupa el cuartel, se asalta y se saquea el alojamiento del comandante y al amanecer los disparos de alegría anuncian a la población el fusilamiento del comandante anterior y de sus partidarios. Los triunfadores recaudan impuestos que se cobran con el derecho de matar a los renuentes, en caso de infracción y que degeneran, de vez en cuando, en puros saqueos. El nuevo comandante nombra una Junta, es decir una asamblea de sus partidarios, y como la ley establece asalariar a todos los miembros de la misma y los asegura la precedencia de sus reivindicaciones sobre las de otras personas, ellos permiten a los mercenarios toda clase de excesos. Byam agrega que ninguna región parece más feliz en esto que la otra. Si León está en paz, Guatemala se ocupa de un asunto o de una persona si, por casualidad, Guatemala o San Miguel pueden descansar un momento y tomar aliento, hay una insurrección en Honduras o una sedición en Granada. O el partido expulsado llega a León o a otra ciudad, pidiendo ayuda para ser reinstalado en sus cargos y promete, en cambio, el saqueo de cualquier ciudad como recompensa complaciente.
Tan increíble que parezca esta caracterización pintada en efecto con tonos exagerados, hasta el punto que la descripción parece tener sabor a un cuento de ladrones, así están las cosas. De esta manera, más o menos, batalló (Francisco) Morazán, aunque es la figura decorativa más noble de la libertad cívica y del pensamiento federalista. De la misma manera triunfó (Rafael) Carrera, el adversario más feliz de Morazán, antaño porquero y ahora, desde hace dos decenios, Presidente de la República de Guatemala.
Basándose en la ubicación favorable entre la población marítima de El Realejo y Granada, la localidad comercial que comunica con el Océano Atlántico, León iba creciendo en grandes proporciones, acumulando riqueza interna.
En 1534, es decir diez años después de la fundación de la ciudad, se erigió una diócesis, al mismo tiempo como la de Guatemala. Su catedral es el mayor edificio y el más precioso de América Central. Muchas construcciones privadas, en buen estado de conservación y apreciables por su estilo hispano, indican el apogeo antiguo de la ciudad que en la época de la declaración de la independencia de la Madre Patria, celebró su plena floración. Gage relata que a principios del siglo XVII en este lugar se encontró a las personas más ricas en América. Ellos cultivaban los jardines más maravillosos y tenían loros y pájaros cantores en sus salas. Frutas, carne y pescado se vendían muy baratos y en abundancia y los gentilhombres, de los cuales el viajero dice que eran vanidosos como los de Chiapas, llevaban en sus casas confortables una vida ociosa. Se ocupaban poco del comercio, aunque se hallaban cerca del Lago de Nicaragua y de la ruta comercial principal de entonces de Guatemala, de El Salvador y de Comayagua hacia Europa. A través de El Realejo, ellos, podían comerciar con el Perú y México. Pero eso no los preocupaba.
Debido a la riqueza y a la vida cotidiana, la provincia de Nicaragua fue conocida entonces como “El Paraíso de Mahoma”. Un colegio Tridentino y una facultad de Teología, cuyo personal estaba integrado por personas no muy aptas, ahora son los principales establecimientos del país: la escuela, de la cual deben salir los reformadores de las sociales condiciones burguesas. Las familias españolas tradicionales más ricas se han salvado, trasladándose fuera del Estado, mientras otros —que se resistían con firmeza al peligro— perdieron todos sus bienes. Quienes poseen algo lo esconden para protegerse contra los saqueos de los rebeldes y de los gobiernos. Una selva impenetrable ha cubierto enteramente las plantaciones, antaño vastas y florecientes.
Desde su fundación, León continuó siendo la sede del poder y de las autoridades civiles de mayor categoría. Después de 25 años de sede vacante, la Diócesis fue ocupada por el obispo anterior de El Salvador: doctor Jorge Viteri y Ungo.
Desde León, hacia el Este-sudeste, el camino se aleja más y más de la costa y atraviesa los poblados de Pueblo Nuevo y de Nagarote. En el trayecto entre El Realejo y Granada están concentradas casi las tres cuartas partes de la población de Nicaragua, es decir, unas 176,000 almas. La tierra está cultivada aplicadamente. Para el ojo es un verdadero descanso y las plantaciones lujuriantes de azúcar, añil, tabaco, algodón, café y cacao se alternan con milpas, huertos y árboles frutales.
4. Elogio del machete
El arado se hace visible, si bien sólo en su forma primitiva. Estos aperos de labranza, únicos con dos bueyes en un pérdigo, consisten en un palo resistente y alabeado hacia abajo, cuyo extremo lleva un hierro afilado tan largo como tres palmos. Correas de cuero, amarradas en los cuernos de los bueyes, sirven de cuerdas para conducirlos. Como en toda la América Central, la herramienta principal sigue siendo el machete: cuchillo parecido a un sable con el cual se cortan pequeños árboles, matorrales, bejucos, hierbas y se cavan agujeros. El machete es la herramienta principal de la casa, la cocina, el huerto, el campo, el bosque. Es el utensilio más útil en tiempos de paz. Pero también arma mortífera en tiempos de guerra: el verdadero vademécum del nativo.
El machete, en la mano del nativo, se levanta de la hamaca; con él se sale de la casa y se va al trabajo y a la ciudad; con él se va al negocio comercial y a la diversión; con él se presenta a las autoridades y se concerta una cita con una mujer; con él se sube a bordo del barco o de la mula; con él se cortan frutas del árbol, el añil, la caña de azúcar y el tabaco; con él se edifica la casa y se construye la del enemigo; con él se viaja y se queda en casa. Y sólo el sueño o la muerte se lo quitan de las manos al hombre.
Por lo tanto, es fácil explicar por qué el nativo no quiere separarse de su “novia de hierro”, de esta auténtica compañera de vida. Porque se opone tercamente a la introducción de nuevas herramientas más apropiadas. El machete es muy posible que aún desafíe un siglo.
Aquellos convoyes de mercancías frecuentes de Granada hacia El Realejo —dos yugos e bueyes uncidos a cada carreta muy cargada— pasan despacio y atormentados el mal camino que, aunque atraviesa tierra totalmente llana, consiste de varias filas de carros.
5. Vituperio de la carreta
¡Un carro! ¡Esto es un término bastante amplio! El lector piense en dos tablas de madera groseras que fueron cortadas a ojo en forma redonda, ovalada o angular, de un tronco de guanacaste y que son de casi medio pie de grueso. Imagínese, además, un tronco o una rama de la madera del níspero, famosa por su resistencia, ruedas que con sus “ruedas” de arriba reemplazan el “eje” y cargada sobre éstas una caja de tablas adecuadas o de pesebres mantenidas juntas por tarugos de madera sólidos. Esta es la descripción más exacta de aquellos carros, mejor dicho, carretas que, cargados con 20 hasta 25 quintales, apenas pueden ser arrastrados por dos pares de bueyes jadeantes más de una legua alemana por día.
Si el eje de uno de estos carruajes antediluvianos se quiebra en los carriles, el boyero desnudo y moreno corre al matorral vecino para suplir el mal por un eje improvisado que no le cede en nada al anterior. Los bovinos agotados, muy de acuerdo con su dueño con hacer esta pequeña pausa, pueden descansar media hora bajo el abrasador sol de mediodía.
Al Este de Nagarote, yendo hacia Mateare, el camino se extiende sobre un terreno poco accidentado, muy cerca de la alta orilla del Lago de Managua, situado a 156 pies sobre el nivel del mar. A la izquierda, en una de las lenguas de tierra salientes del Lago de Managua, suben algunas colinas hasta 2,000 pies, mientras a la derecha se levanta la cumbre del volcán Nindirí.
6. Managua
Ahora el camino baja a la llanura del lago fértil y rica en panoramas pintorescos, en la cual la ciudad de Managua —habitada de 13,000 indígenas— despliega sus casas y casitas. Acá los habitantes tienen fama de ser muy mañosos. Mientras se dice que el espíritu autocreador para sus trabajos manuales brilla por su ausencia, en la imitación de modelos forasteros desarrollan la mayor perfección.
Frutas, y sobre todo pescados, abundan y los envían hasta el mercado de Granada. El camino, pasando permanentemente por plantaciones fructíferas y pastizales lujuriantes, asciende después de haber abandonado el poblado, al pie del volcán de Nindirí hasta Masaya y los poblados indios del mismo nombre, de los cuales (Carl) Scherzer nos ha dado una impresión simpática, bajando luego unos 1,000 pies en el área gradualmente en declive hasta Granada, situada solamente a un tercio de legua alemana del gran Lago de Nicaragua.
7. Granada
Plantaciones de algodón, añil, cacao y azúcar —que, pese a la negligencia general, brota más fértil que en cualquier lugar de las Antillas— rodean la ciudad, construida en todos sus aspectos en estilo hispano antiguo. Tiene calles amplias y plazas espaciosas que dan una impresión agradable. Su fundador fue Francisco Hernández de Córdoba que en el mismo año también fundó León. Monasterios e iglesias deben su origen a los frailes dominicos y franciscanos, así como a los mercedarios (los hermanos de la Caridad de España) y son, en la mayoría, edificios de buen estilo resistente.
Por causa de su clima fresco, por lo menos durante determinadas estaciones, los europeos prefieren Granada a otros poblados del país por su comercio intenso y otras ventajas como adquirir toda clase de alimentos y otras necesidades vitales a precios relativamente módicos. La cacería de venados, jabalíes, patos, gansos, codornices y de palomas es, en parte, un atractivo entretenimiento.
En el Este se halla el Lago de Nicaragua, arteria del comercio, mientras en el Sur se eleva el volcán Mombacho, de 4,480 pies de altura, ofreciendo un panorama pintoresco. De esta manera, el utile cum dulce, para hablar del maestro de escuela de Grabbe, está realizado felizmente.
8. Los orfebres granadinos
Una vida intensa, que sólo parece estar interrumpida durante las horas de mediodía, reina en la ciudad que antes de la incursión walkeriana tenía unos 15,000 habitantes. Además del comerciante, el artesano está también muy representado; como en León, se dedica con empeño a la orfebrería. Las obras maestras hechas de un fino hilo de oro y que son conocidas con el nombre “Cadena de Panamá”, dan testimonio del arte de sus creadores. Este hilo de oro es muy parecido a los trabajos finísimos de Europa. Los orfebres de Granada elaboran un collar en forma de serpiente con tal esmero que no le cede en nada al mejor productor de los talleres de París. El uso de grandes anillos de oro hace recordar frecuentemente la patria alemana. Aún más finos son los pendientes de las señoras, que, en forma de mariposa o de flores, adornan con prestancia sus cabezas. Las mujeres y las muchachas llevan normalmente crucifijos de oro y guirnaldas de rosas en el cuello. Pulseras y broches usan solamente en sus días especiales. El artículo de orfebrería más corriente es el encendedor de plata o de oro, que los ingleses llaman fong: un tubito destinado a apagar el abultamiento de yesca ardiente con un cono que cierra arriba.
9. El trabajo es oprobioso por el sudor derramado
Para las clases populares, la pereza es una virtud, porque la diligencia tiene fama de ser oprobiosa, pues ella da testimonio del hecho de que el trabajador tiene que trabajar para ganarse la vida. Pero quienes pueden vivir sin trabajar, no trabajan. No se le puede reprochar a los centroamericanos lo que Arnold Ruge le imputa al europeo: que el trabajo es oprobioso por el sudor derramado, pero el derramamiento de sangre es tomado por honesto. Pues el centroamericano en sus condiciones climáticas pasa sudando todo el día. Bueno, queremos decir que también en la aristocracia (aunque no debería existir en una república) las bellas damas también pasaban “transpirando” todo el día. En este país los hombres que derraman sangre y los trabajadores son las mismas personas.
Trabajar es certificado de pobreza y de vergüenza. Por lo tanto, uno también puede ver al indígena desnudo como en el paraíso, después de haber comido su plato de plátanos y de frijoles. Con el sombrero en la frente, va a paso mesurado con el orgullo de un hidalgo que vive de las rentas de su capital bien invertido.
Hidalgos, en el sentido pudiente de la palabra, ya no hay en América Central. Las familias nobles antiguas emigraron durante las guerras civiles, provocadas para conseguir dinero y bienes y no, como en Europa, por principios. Estas familias fueron arruinadas por las pretensiones de los amigos y por los saqueos de los enemigos. Aunque los bienes raíces no se perdieron, el dinero hizo falta para volver a cultivar las plantaciones que desde hacía dos decenios había crecido.
El comerciante es el único en el país que posee o está ganando algo. Por lo tanto, todo el mundo desea dedicarse a este sector, mientras el cultivo de la tierra, teniendo en cuenta la seguridad de la pensión, ofrecería una actividad mucho más favorable. Sin embargo, como la ganancia inmediata atrae más, incluso parece más apetecible que en el caso las plantaciones de café y de cacao que sólo empiezan a dar fruto a partir del quinto y del séptimo año de su cultivo. Como las dos ramas requieren además un mayor capital invertido y como, por otro lado, es muy fácil concertar un crédito de los comerciantes al por mayor, la predilección por negocios de comercio es muy comprensible.
Quien en los escasos momentos de paz ha observado la vida y las actividades de la población, podría creer que no hay ningún país más feliz y envidiable. Son pocos que se preocupan por el trabajo. Sin embargo, si se aproxima un día feriado —y ningún hombre de color o indígena se pierde éste, incluso en la selva—, se da la señal de holgazanear y distraerse aún más.
En las grandes ciudades como en León, San Salvador o Guatemala, una corrida de toros reúne de vez en cuando a la población curiosa. Con más frecuencia atraer la pelea de gallos en la cual, en cuanto al apasionamiento, el centroamericano emula al inglés; o el baile, una diversión practicada con entusiasmo pese al calor, que convoca a la gente joven. Cada noche uno se entrega al juego de naipes y sobre todo al juego de azar. Cada hora del día tiene su forma de entretenimiento. Durante el calor de mediodía, el joven de la ciudad descansa cómodamente en su hamaca; por la puerta abierta, delante de la cual un arbusto floreciente mece las hojas soleadas, suena un canto melancólico y en medio de éste susurran los acordes de la guitarra. Viejos y mozos, pobres y ricos, morenos, negros y blancos, incluyen todos los matices; hombre y mujer, patrón y criado, todos se repanchigan en la hamaca. Toda América Central celebra un natalicio sibarita.
10. Cigarros y chocolate
El cigarrito que casi nunca se apaga durante el día ahora está entre todos los labios. Abuelo y abuela, padre y madre, tío y tía, hijo e hija, peón y sirvienta, todos se han entregado al hábito de fumar tabaco. No se ven pipas, ese invento sucio y desaseado. Si una dama la ofrece a uno el cigarrito, no se lo puede rechazar sin faltar a la galantería. Con un “mucho grazias señoras” y con un saludo de la mano, uno tiene que recibir el cigarro de paja ofrecido y vaporizarlo “con mucho gusto”. Lo mismo sucede con un chocolate ineludible que pasa de mano en mano y que en este país se sabe preparar mejor que en otra parte del mundo.
