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Petróleo y conflictos internacionales

En enero pasado, los presidentes Hugo Chávez, de Venezuela, y Mahmud Ahmadinejad, de Irán, firmaron acuerdos de mutua cooperación y respaldo en su abierta hostilidad hacia Estados Unidos. Como se sabe, Irán y Venezuela son dos de los más importantes productores de petróleo del mundo. Que la economía de estas naciones dependa casi exclusivamente del petróleo es al mismo tiempo una bendición y una maldición, pues la fluctuación de los precios internacionales puede repuntarla o enterrarla. El precio internacional depende básicamente de la disponibilidad del petróleo. Si la producción sube, los precios bajan. Si disminuye, suben. Por eso Chávez y Ahmadinejad acordaron bajar la producción en sus respectivos países y evitar así que los precios sigan cayendo. Desde luego que a Estados Unidos —y al resto del mundo que compra petróleo para producir energía— le conviene que los precios bajen. Pero más que de conveniencia, la producción de petróleo tiene una gran influencia en la correlación de fuerzas e influencias en la política internacional. En días pasados se rumoraba que Estados Unidos y Arabia Saudita —el mayor exportador de crudo del mundo, con un 25 por ciento de las reservas mundiales— tenían un arreglo verbal para mantener al máximo posible la producción de petróleo y ahogar económicamente a Irán. En realidad, el precio ha bajado unos veinte dólares por barril después de escalar hasta un valor de setenta dólares. Sin embargo, en los últimos días, se ha visto una recuperación del precio.

Por otro lado, Estados Unidos presiona a sus aliados asiáticos y europeos para que congelen sus relaciones comerciales con Teherán y obligarlo a detener su proyecto de refinamiento de uranio, que según Irán es con fines pacíficos pero según los norteamericanos, es para fabricar bombas nucleares. En diciembre del 2006, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (ONU) impuso sanciones “limitadas” a Irán por rehusarse a suspender su programa de enriquecimiento de uranio, pero Estados Unidos quiere ir más allá, al punto de alentar un bloqueo económico contra los iraníes. Sin embargo, Rusia y los países europeos se muestran reacios a apoyarlo. En una reunión del Grupo de los Ocho (G-8) —compuesto por Estados Unidos, Gran Bretaña, Canadá, Francia, Alemania, Italia, Japón y Rusia— que tuvo lugar en Berlín, a principios de enero, representantes rusos se quejaron de que las sanciones propuestas por Estados Unidos les dañarán a ellos más que a nadie. Por otro lado, el presidente Putin reafirmó el derecho de Irán a producir energía nuclear así como el derecho de los rusos a venderle instrumental bélico.

Por su parte, Venezuela ha asumido el papel de aliado estratégico de Irán en América Latina y, en consecuencia, se está poniendo en la mira de los Estados Unidos quienes ven con extrema preocupación esta relación, sobre todo, porque según el Departamento de Estado, podría ser un medio para hospedar a terroristas internacionales, los cuales se sabe que ya operan en Suramérica, particularmente en Argentina y Brasil. En enero pasado en Caracas, Chávez y Ahmadinejad anunciaron la creación de un fondo de dos mil millones de dólares para “liberar a otras naciones del yugo imperialista”. Venezuela, además, contrarresta los TLC entre Estados Unidos y los países latinoamericanos por medio de su iniciativa conocida como ALBA, una declaración de principios relativa a cooperación e intercambio entre Venezuela y los países signatarios. Como se sabe, el presidente Ortega firmó dichos acuerdos durante su estadía en Managua en el contexto de su toma de posesión en enero. Con este tratado, Hugo Chávez empuja iniciativas petroleras que incluyen créditos petroleros a plazos concesionarios así como la construcción de refinerías.

Aunque los demócratas en el Congreso han advertido al presidente Bush que evite una guerra con Irán, lo cierto es que tal como están las cosas, esa posibilidad no puede descartarse. Todo dependerá del comportamiento de Irán y del apoyo que el presidente Bush tenga en el Senado. De todo esto emerge una conclusión importante para los nicaragüenses: lo que Estados Unidos haga contra Irán podría afectar a Venezuela y también a Nicaragua. Por eso, el gobierno sandinista debe mantenerse al margen de estos conflictos geopolíticos y vencer la tentación de compartir los enemigos de Irán.

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