- Aunque la atención médica en el hospital es gratuita, las medicinas y los exámenes no lo son y sus precios son altos
Tomado de EL NUEVO HERALD
Es sábado de carnaval. Por los callejones estrechos de los cerros de Antímano, un sector popular al oeste de esta ciudad, retumban los ritmos de reggaeton que salen de los parlantes de un equipo instalado en la única calle plana del barrio.
Para llegar a la casa de los Guerrero hay que subir unas cuatro tandas de escalinatas de cemento por callejones que serpentean la falda de una colina atiborrada de casas con fachadas de todos los colores. La gente del barrio trepa sin resollar.
Un joven que acompaña en el ascenso a un reportero jadeante de El Nuevo Herald explica las diferencias de estratos sociales de la ciudad, según su ubicación geográfica.
“Cuando las urbanizaciones son de clase alta y están situadas en montañas, se les llama terrazas”, precisó haciendo un gesto de resignación. “Pero cuando están en un cerro y son de gente pobre, se les conoce como barrios”, agregó.
Ahora una persona rica que vive en la falda de una montaña, indicó, nunca diría que su casa queda en el cerro, lo que sí haría un pobre para ser más preciso. La Vuelta del Frayle es un barrio de Antimano. Los Guerrero han vivido en este barrio desde hace 38 años y hoy son un prototipo de familia a la cual se dirigen los programas del Socialismo del Siglo XXI del gobierno del Presidente de Venezuela, Hugo Chávez Frías.
La familia de inmigrantes de la zona andina de Venezuela abrió las puertas de su casa a El Nuevo Herald para hacer cuentas, a mano alzada, de sus presupuestos y sus esperanzas.
EXISTE DESENCANTO
Al interior de esta familia conviven la satisfacción y el desencanto con la situación socieconómica del país.
Sentada en un sillón de una sala comedor con muebles de madera, Rosa Aura Rosales, la señora de la casa, no parece muy contenta con las condiciones en que vive aunque su inconformismo es moderado.
Su yerno, Wilmer Rodríguez, cree sin embargo, que en los últimos años su nivel de vida ha mejorado gracias a las oportunidades que le ha dado el gobierno de Chávez.
Otro yerno, Manuel, es más pesimista.
“Hay plata en la calle, eso es lo que dicen, pero yo no la veo”, afirmó mientras arreglaba un computador sobre la mesa del comedor.
Manuel, quien vive temporalmente en la casa de su suegra mientras estudia, es técnico universitario en informática.
La razón del descontento de Rosa Aura Guerrero es que el dinero que gana su marido manejando un automóvil de servicio público no alcanza para cubrir los gastos, especialmente sus medicinas.
Según sus cuentas, la familia sobrevive con los ingresos de su esposo que no sobrepasan los 300 dólares mensuales. En algunos meses ella tiene que pagar por medicamentos y exámenes que cuestan entre 70 y 100 dólares.
MEDICINAS PAGADAS
Como miles de venezolanos que trabajan en forma independiente, el señor Guerrero no tiene seguro social. Aunque la atención médica en el hospital es gratuita, las medicinas y los exámenes no lo son y sus precios son altos.
Los gastos en alimentos de la familia ascienden a 50 dólares semanales. Pagan por energía eléctrica 15 dólares mensuales y por el teléfono de línea un promedio de 20 dólares al mes. El agua es gratuita. Rosa Aura tiene a su cargo a un nieto, Wilson, de ocho años.
El déficit familiar es cubierto por ayudas esporádicas de sus dos hijas. “Cuando pueden”, dijo.
Una de ellas, la esposa de Manuel, es técnica superior en contaduría y trabaja en una clínica. Rosa Aura, de 56 años, afirmó que presentó hace seis meses una solicitud para participar en un programa de ayuda del gobierno —Misión Madres—, pero no ha recibido respuesta.
“Yo creo que no estoy mejor que antes, es igual, ahí, peor, quizás”, concluyó Rosa Aura.
La situación de su hija Daysi parece mejor. Así lo asegura Rodríguez, el esposo de Daysi. Rodríguez trabaja en el departamento de control de calidad de una empresa procesadora de harina de trigo. Es técnico superior universitario en tecnología de alimentos. Dijo que percibe un sueldo mensual de 700 dólares.
Daysi es secretaria de un aserradero, por lo cual recibe unos 220 dólares, explicó, y devenga una ayuda de la Misión Ribas de 80 dólares al mes. La misión es un programa educativo del Gobierno implantado en noviembre del 2003 que ofrece cursos de capacitación a personas que no han terminado el bachillerato. Los primeros días del mes, Daysi acude a un banco y retira el subsidio de la misión del Gobierno con una tarjeta de débito.
“Hasta ahora han sido muy cumplidos”, explicó Daysi.
Rodríguez y su esposa viven con sus tres hijos, dos gemelos de 10 años y una niña de tres en Caricuao una zona de clase obrera y profesional de Caracas. Los niños estudian en escuelas bolivarianas. La familia posee un automóvil.
A la pregunta de cómo ha mejorado su situación en los últimos cinco años, Rodríguez hizo un recorrido de los cambios positivos que ha dado su familia. Alquilaban y compraron una casa en la que instalaron un negocio de venta de miscelánea y textos escolares y hace dos años vendieron la casa para comprar un apartamento. El valor del apartamento lo cubrieron con los ingresos por la venta de la casa y un préstamo blando de 20,000 dólares. De los 20,000, el Gobierno les dio un subsidio de vivienda de 16,000 dólares. Por ese préstamo pagan mensual.
