Desde un altoparlante, voces en coro cantaban alabanzas al Señor cerca de la casa de Isabel. El pastor se disponía a predicar al grupo de creyentes sentados frente a una pequeña tarima recién armada con tablas sostenidas por bloques de cemento. La gente se fue acercando así como los carritos de raspados, los vendedores de algodón de azúcar y los de agua helada.
Sentado en una mecedora, a la orilla de la puerta de su casa, don Toribio, el papá de Isabel, sin camisa, sonriente y entretenido, se tomaba una cerveza, mirando la reunión.
Pasó Flor de María y le dijo:
¿Serán los evangélicos, don Toribio?
Dicen que son del Espíritu Santo, con fuerza o algo así
Pues hay que protestar; por todos lados nos ponen parlantes a todo volumen con sus peroratas, y para colmo, en contra de nuestra religión, la única que vale.
Dice la Margarita que son tentaciones del demonio y que se va a poner a rezar el rosario para hacerles la contra.
Está bueno.
Diciendo esto, Flor de María siguió su camino, curioseando.
Isabel llegó de la calle y pasó directo a la cocina a tomar agua. No podía dejar de pensar en el muchacho alto, de corbata, pantalón oscuro con su quiebre bien hecho, la camisa blanca y los zapatos lustrados. Tenía recortado su pelo, ojos claros, con pestañas crespas, amarillas, y en el rostro resaltaban sus encarnadas mejillas por el calor. Seguramente no es de aquí, anda con un maletín, a lo mejor es vendedor de enciclopedias o de cursos de inglés por correspondencia, pensó.
La había mirado fijamente cuando bajaba del bus. Su cuerpo se le acalambró y le parecía que no podía dar el paso de tan pesados que sentía los pies.
¡Qué emoción!, expresó en voz alta al lavar el vaso, y suspiró, pero nadie la escuchó porque los parlantes vibraban con las palabras del predicador.
Doña Margarita se sentó en la sala con unas vecinas a rezar el rosario. Don Toribio tomó otra cerveza.
¿Se daría cuenta de que me gustó?, siguió pensando Isabel. Se miró en el espejo alargado que colgaba de la pared de la sala. Por dicha ando con este vestido que me queda bonito y las sandalias de plataforma que me hacen ver más alta.
¿No vas a rezar con nosotros, Isabel?, preguntó doña Margarita.
Dentro de un ratito, dijo distraída y salió otra vez.
A lo mejor todavía está por ahí Por lo menos le doy oportunidad de que pregunte mi nombre y de que me dé el suyo, soñaba despierta en el umbral de la puerta de su casa. La portentosa voz del hombre en el altoparlante inundaba todo el barrio y hubo más aglomeración de vendedores ambulantes. Isabel no ponía atención al bullicio ni a la voz ni a los vendedores A lo mejor le gusté como él a mí, soñaba
Su mamá y las vecinas terminaron el rosario con sus letanías y se disponían a rezar la oración a San Miguel Arcángel. Don Toribio iba ya casi por la media docena de cervezas y ya comenzaba a levantar la voz en contra del predicador. De pronto, Isabel viró su cabeza en sentido opuesto a la concentración religiosa, como impulsada por la electricidad y descubrió entre la gente a su alto y guapo desconocido que se acercaba Quedó petrificada en la puerta, mirándolo. No puede ser verdad. ¿Me siguió? ¿Le gusté? ¿Me lo manda el destino?, se preguntaba.
De unas cuantas zancadas estaba frente a ella. Ya no escuchaba al predicador ni el eco de la chillona oración de su mamá y de las vecinas que habían aumentado de tono como para competir con la voz del parlante. Todo lo que sentía era su corazón agitado, le parecía que lo escuchaban a pesar del bullicio. Adoptó una pose como de las modelos de la televisión y cuando lo tuvo frente a ella, sostuvo la respiración y esperó que hablara pero una voz salió desde abajo donde nunca había advertido a un hombre pequeño que acompañaba al muchacho de sus sueños.
Venimos a visitarles, somos Mormones
Ha publicado las novelas, La Casa de los Mondragón, El Sueño del Ángel, Túnica de Lobos, y varias obras de teatro. Es pintora, dramaturga, cantante y aficionada al piano. Actualmente reside en la ciudad de León.
