A mi hermana Magda, de fértil imaginación
Pasábamos por la acera que bordeaba la plaza del Calvario. Mirá, dijo Elisa, señalando hacia una casa de tablas, con restos de pintura rosada, lavada por las lluvias y el tiempo: si te fijás bien en esos agujeros, verás que son perforaciones de bala. Allí pegaron los disparos que hizo la bella pistolera, añadió bajando la voz, como cuando se cuenta algo secreto.
Era una mujer muy bella, como te podés imaginar por el apodo. Dicen que era del lado de Jinotega. La piel blanca, como es usual en las mujeres del norte. Los ojos grandes, llenos de chispas doradas. Usaba el pelo rubio recogido en un moño alto y sólo algunos colochos sueltos se salían por debajo del sombrero tipo tejano, que no se quitaba ni cuando entraba en las casas. Porque vestía como vaquero: pantalones de dril, color caqui, botas altas y camisa a cuadros. En la cintura, el infaltable fajón de cuero con sus cartucheras y calado el revólver a la altura de sus amplias caderas, ajustadas por los pantalones estrechos.
Caminaba erguida, desafiante, pisando con firmeza y haciendo sonar los tacones de las botas sobre los ladrillos rojizos de la acera del parque. Los hombres, sentados en el muro que lo rodeaba, la miraban boquiabiertos, asustados por su belleza y su mirada agresiva.
Era usual que una mujer se vistiera con pantalones, pero los usaban sólo para montar, acompañando a su marido a recorrer la hacienda, a ver el ganado o los avances de la molienda o para ir de paseo. Pero que se paseara por el parque, llevando pistola al cinto, que mirara desvergonzada a los hombres y se riera de ellos, eso, ya era otra cosa.
Cuando la silueta se achicaba, cuando su fulgor se perdía en la distancia, comenzaban los comentarios: que si era buena a su trago, que si pasaba las tardes tomando puntería sobre un paredón junto al río, sin errar un solo tiro, y así cada quien iba añadiendo una cualidad diferente en aquella mujer, también diferente.
Sabían que era casada con un finquero del norte. Que tenían reales se sabía también. Alguien aseguraba que por las noches, se sentaba debajo del alero de la casa a rasguear la guitarra o a bailar alguna alegre mazurca, mientras los tacones se hundían en la tierra. Eran una pareja feliz, como se esperaba.
Pero muy de mañana, cuando él se iba a ver el ordeño, ella se bañaba en la laguna, mientras dejaba que el sol acariciara su cuerpo desnudo. Eso no estaba bien, pensaban los vecinos. Las señoras se bañan en sus baños o en sus aposentos, recatadas y ocultas de las miradas codiciosas; pero esta mujer disfrutaba nadando en las heladas aguas con el cuerpo entumecido hasta que el frío la obligaba a salir.
Después de desayunar, montaba una potranca rubia y salía hacia el lado de Moropotente a negociar la venta de dulce o comprar millón para el ganado. Ella misma arreaba a las mulas con la carga, que bajaba y guardaba en el altillo. Supervisaba la molienda. Contaba los atados de dulce que se hacían en el día. Empacaba las cuajadas. Volvía a salir en el macho gris, llegaba hasta Iziquí. Bebía un trago para calentarse en las frescas tardes de mayo y regresaba justo para la hora de la cena. Por la noche se reunía con los peones y cantaban tristes corridos mexicanos.
Esa y miles historias parecidas se contaban de ella. Era una mujer fogosa, decían otros. Hubo quienes aseguraron haber tenido algún amor clandestino, pero lo decían como con miedo, en voz baja y oculta. ¡Cuidate, le dijeron a Pablo Zelaya, no andés repitiendo eso. ¡Esta gente es del lado de La Concordia y allí matan por una mala mirada! Y la plática derivaba hacia hechos sangrientos vividos y presenciados en ese lugar.
Yo estaba chiquito, pero me acuerdo bien cuando mataron a Lolo, dijo Francisco Zeledón, con voz grave. Los Úbeda y los Herrera se odiaban desde hacía siglos. Ese día, Manuel Herrrera se pasó llevando la cerca de alambre de donde los Úbeda, cuando Lolo lo vio, ni lo pensó: sacó su revólver y le pegó en el hombro. Manuel se vino arrastrando de costado, hasta que llegó a una peña. Desde ahí le dejó ir toda la carga. Así era en La Concordia, por una mala mirada te mataban, concluyó, entrecerrando los ojos.
Un día, prosiguió Elisa, la mujer regresó más temprano de su tierra por el lado de Iziquí. Se cambió las botas lodosas por unas limpias, se puso una camisa blanca y regresó a la casa. No encontró al hombre, le dijeron que se había ido al pueblo. Llegó hasta los billares, lo buscó con la mirada, la dueña le dijo algo al oído y salió. Los taconazos resonaban en la noche silenciosa. Llegó hasta el Calvario, buscó la casa de tabla, empujó la puerta, entró al dormitorio, sacó el revólver y la pareja acurrucada ya no despertó más. En la pared de tabla, cinco agujeros quedaron como testigos mudos de lo que pasó aquella noche.
Catedrática, ensayista, crítica literaria y narradora, nació en Estelí el 7 de noviembre de 1947. Es licenciada en Letras por la UNAN-Managua, donde también estudió Administración Educativa. Hizo cursos monográficos de doctorado en Filología Española en la Universidad de Málaga. En 1997 obtuvo estudios de master en Historia. Catedrática universitaria en el área de literatura de la UNAN-Managua y la UCA. Ha publicado La Casa de los Pájaros (1995) y Daguerrotipos y Otros Retratos de Mujeres (1999). Una Década en la Narrativa Nicaragüense y otros Ensayos (1999) es representativo de la crítica literaria nacional y de reciente aparición: En el País de las Alegorías. Ensayos sobre literatura nicaragüense.
