No sé porque esa noche sentí un impulso repentino que me obligó a asistir cerca de las diez de la noche a la iglesia El Calvario ese Jueves Santo. Bueno, la verdad es que sí lo sé. En esos días la angustia había aumentado. Mi neurosis crecía cada día. Tenía una necesidad vital de salir del autoencierro. El viento me dio en la cara, sentí miedo de la calle solitaria. Respiré profundamente y volví mis ojos al cielo para comunicarme con Dios. Él está en todas partes, pensé, recordando mis lecciones de Catecismo. Penetré al templo, éste se encontraba repleto de niños harapientos, mujeres que daban a conocer sin mucho esfuerzo su oficio de prostitutas y unas pocas beatas, vecinas mías que se habían quedado viviendo en el barrio que ya se había tragado el Mercado Oriental. El rezo del rosario se repetía mecánicamente, rompía esta monotonía la orden del cura que nos obligaba a caminar y cantar alrededor de la iglesia. Mi angustia crecía. Cuando rezábamos el Cuarto Misterio, el sacerdote dijo en tono solemne:
Después de la Hora Santa va a salir la procesión del Silencio. No se vayan. Hay que acompañar al Señor.
Dí una ojeada a mi alrededor y miré de nuevo a mis vecinas, esto aminoró el miedo que me inspiraban la mayoría de los asistentes al servicio religioso.
Los niños revoloteaban por todo el templo, no aspiraban en estos momentos la droga que siempre guardaban en un frasco o bolsa plástica. Pude ver sus facciones que sólo había percibido en las noches, cuando temerosa atravesaba el mercado, al volver de mi trabajo. Muchas veces tuve que rezar para alejarlos de mi camino, para que no salieran de los tramos donde ellos se escondían para atacar a los que osaban invadir su territorio.
Después que al Jesús de madera le amarraron las manos y le vendaron los ojos, salimos detrás de él. Ya en la calle nos encaminamos al barrio Los Ángeles. De vez en cuando me quedaba parada contemplando la imagen del Nazareno. Vestido de blanco salía de la oscuridad de la noche como un dibujo claroscural. Parecía que caminaba en el aire, balanceándose al ritmo que le imprimían los pasos de los borrachos que lo cargaban.
Mi angustia crecía a cada momento y con el pensamiento comencé a rezar pidiéndole a Dios que me ayudara a sobrellevar mi enfermedad, mis dolores, que me diera un incentivo para poder seguir con mi existencia que a veces me parecía. Al descargar mentalmente estos sentimientos me gocé de sufrir. Después de padecer en esta vida, sería premiada en el cielo con la felicidad eterna.
¡Así me gusta ver a la gente!, dijo una voz muy cerca de mí. Me volteé hacia donde venía la exclamación y miré a una mujer con el rostro muy pintado. Le pregunté:
¿Cómo es que le gusta ver a la gente?
Pues así. Recogida, piadosa, temerosa, me contestó y continúo diciendo:
El Cerro Negro la tiene asustada. Mire cuantos fieles se nos están sumando, dijo señalando. Y era verdad, ya estábamos en el barrio Los Ángeles, la gente abría sus puertas y se juntaba con nosotros rezando y cantando.
La erupción del Cerro nos va a hacer mucho bien. Y eso no es nada, dicen que la tierra va a quedar inservible. Van a pasar muchos años antes que renazca la hierba. ¡Me gusta que pase esto! Sólo así se acuerda uno de nuestro Redentor, terminó de decir.
¡Vaya Redentor!, me dije. Sólo sufrimientos nos receta.
La mujer como adivinando mis pensamientos exclamó con voz teatral:
Tenemos que imitarlo aunque nos cuesta. Él vino a morir por los pobres, las prostitutas, los ladrones y por todos los desgraciados. Se hizo hombre para saber lo terrible que es ser terrenal. La mujer siguió con su discurso pero yo ya quise escucharla y traté de alejarme de ella. De repente pasaron corriendo, empujándome, un grupo de niños, iban felices. En sus manitas no llevaban el frasco con la droga que les mata el hambre. Iban con matracas que hacían sonar en las esquinas de las calles. En ese instante los descubrí. ¡Eran querubines! Sí, eso eran. Andaban perdidos en este valle de tristeza.
Seguimos recorriendo el barrio, la gente continuaba saliendo de sus casas y se agregaba a aquel penoso desfile.
Vivo arrecha con el igualado, oí de nuevo la voz de la mujer.
Seguí caminando.
En sus cuentas es de a pipián. Es lindo el hijueputa, ni mierda de tristeza. ¡Es tan alegre y tan rico!
Ideay, ya no viene predicando. Ahora está hablando de su querido pensé y la busqué para ver la expresión de su rostro, pero no la vi. En cambio, mis ojos descubrieron a un hombre que me dejó fascinada. Había en él una luz que hacía resplandecer la noche. Una extraña felicidad me invadió. El hombre caminó hacia mí entonando el estribillo que cantaban los fieles. Perdona a tu pueblo, perdónalo Señor. No pude soportar su mirada. Mi angustia había desaparecido. Al llegar a una bocacalle quise verlo de nuevo, pero ya no estaba. Desesperada busqué entre toda la gente. Aquel ser resplandeciente había desaparecido. ¿Qué me pasaba? No podía entenderlo. Su aspecto triunfante había llenado de vida a aquel ambiente de sombras. Yo quería ver otra vez a este ser pleno de Luz. ¿Era un ángel? Sí eso tenía que ser. No, más bien un arcángel. De repente, una banda de querubines me sacó de mi embelesamiento. Una beata los perseguía. Le habían tocado las nalgas a su joven hija.
¡Fue una equivocación, fue una equivocación!, gritaban.
Sí, creían que era la cartera. Les contestó la beata que los amenazaba con un garrote.
Este incidente me hizo reír. ¡Yo estaba feliz!
¿Vio al igualado? ¿Lo vio?
La voz de la mujer de nuevo detrás de mí, me hizo voltearme y contemplé su cara azorada.
En cuanto lo vi, me corrí, venía hablando de él y allí nomás lo tenía. Está en todas partes.
¡El gran igualado!
Inmediatamente me di cuenta de quién hablaba y le pregunté, burlándome de ella.
¿Y es algo suyo?
Si, y suyo también, me contestó viéndome fijamente.
Ideay ¿y por qué? Respete mis canas, le reclamé siempre en tono de burla.
La mujer me seguía mirando atontada y me dijo, casi susurrando:
Ya lo vio. Se le nota. Ya no está triste.
No recuerdo cómo ni donde terminó la procesión. Dicen que metieron la imagen de Jesús en la casa del sacristán, la llevaron a la iglesia hasta el día siguiente. Lo que recuerdo es que cuando regresaba a mi casa, sólo iba acompañada de un grupo de niños que ya volvían de nuevo con el vaso de pegamento, inhalando los vapores alucinantes. A mí, la felicidad me invadía por completo. De pronto sentí el roce de un cuerpo junto al mío. Tuve que mirar hacia el suelo. Un querubín el más chiquito de todos se prendió de una de mis manos y me contempló con unos ojos tan tristes que me parecieron dos pozos oscuros y sin fondo. Inmediatamente recurrí al recuerdo del ser iluminado y sin mucha dificultad logré zafarme del angelito.
Al penetrar a mi vivienda todavía alcancé a ver al querubín caminando hacia el mercado perdiéndose en las tinieblas. No sé por qué desde esa noche no puedo dormir. Bueno. La verdad es que sí lo sé. Necesito saber el porqué de la felicidad que inunda al que logra ver al igualado. ¡Ojalá que esta dicha la conozcan todos los desgraciados de la tierra!
Que así sea.
(León, 1954). Pintora con estudios: 1969-1979 en la Escuela Nacional de Bellas Artes. Dibujo y Pintura en Managua. Exposiciones de pintura individual y colectiva. Con una novela publicada: Entre Altares y Espejos, publicada en cuarta edición por el CNE.
