Como al resto de personas, las experiencias oníricas me son indiferentes. Los sueños más terribles, ni los más deliciosos, se retienen en la mente más allá del sobresalto y los primeros segundos de perplejidad, confusión, placer, dolor o angustia en los que todavía se debaten las emociones en el súbito despertar.
Algunas veces se olvidan a lo inmediato y una puede continuar durmiendo. En otras ocasiones, las sensaciones perduran lo suficiente para permanecer despierto sin realmente recordar con exactitud de qué trataba el sueño o pesadilla. Pero en ciertas ocasiones la memoria por alguna razón que desconozco guarda y reproduce fielmente lo experimentado. Supongo que este es el caso que describo aquí. Me encontré frente a un enorme panel electrónico lleno de bombillas pequeñitas de esas que llaman led. En el panel, las bombillas se encendían y apagaban tan rápidamente que mirarlas producía un efecto hipnótico pero también aterrador. Sin mayores explicaciones de persona o ente alguno comprendí que cada bujía que se apagaba era una vida humana que terminaba y cada bujía que se encendía coincidía con un nacimiento. Supe también que pese a su colosal tamaño, cuyos límites se perdían de mi vista, el tablero era finito. Así concluí que el número de almas también era finito, aunque no necesariamente correspondía a cada muerte un nacimiento. Ocasiones había en que se encendían numerosas bujías mientras eran menos las que se apagaban. Igual, momentos en que muchas se apagaban pero pocas las que encendían. De hecho, habían instantes donde las que se apagaban, encendían posteriormente. Cada bujía tenía un grabado que correspondía a lo que puede llamarse un nombre, representado con símbolos distintos a cualquier alfabeto que yo conociera. Eso no impidió que me enterara que cada grabado constituía el nombre de un alma, era la forma como debía ser llamada y sólo a ese llamado respondería. Al apagarse una bujía, un alma era llamada. Asimismo era llamada un alma para cuando se encendía una bujía.
Yo que conozco el sonido de mi nombre absoluto, el inicial, verdadero y único no el que nos imponen nuestros padres o el padrón electoral sospeché que así debería buscarme en el tablero y procedí con ansias encontrándome en una de las filas de la gran matriz del artefacto. Desde luego, me costó identificarme sin entender los signos pero haciendo variantes a partir del sonido que recuerdo haber escuchado al nacer, pude finalmente ubicar mi bujía. Desde luego, la encontré encendida, lo que fue magnífico alivio puesto que llegué a pensar que mi permanencia allí, se debía a que ya no me contaba entre los vivos y las vivas. Observando el tablero por un tiempo que me pareció contradictoriamente extenso eventualmente fui comprendiendo el patrón del comportamiento de encendido y apagado. No pude evitar la tentación de probar algunas bujías y notar que con facilidad se les enroscaba o desenroscaba. En otras palabras, las bujías siempre funcionaban, simplemente en un momento preciso se desenroscaban automáticamente para apagarse o se enroscaban de forma inversa para encenderse.
Inevitablemente se me ocurrió jugar a Dios y cometí el grave error de correr a enroscar de nuevo una de las bujías que empezaba a parpadear en señal de que iba a apagarse. La primera vez que lo hice no noté algo particular. En la medida que fui inmiscuyéndome y atrevidamente no permitía que las bujías a mi alcance se apagaran, me di cuenta de que cada vez que lo hacía pasaban cosas extrañas: una fila, una columna, una diagonal de cientos de miles de bujías parecían enloquecer apagándose o encendiéndose. Con ello inferí que mi intervención cambiaba el momento estipulado para apagar o encender el resto de bujías del tablero y por tanto propiciaba el desorden en el sensible y frágil equilibrio del universo. En términos computacionales, yo era un virus que se estaba perjudicando a millones de seres humanos pues alteraba su destino. Confieso que el día en que conocí el tablero no era uno de mis mejores días. Y el saber que hay un instante en que sin que medie mano o voluntad divina me van a desenroscar la bujía y me voy a morir, me hace sentir manipulada, engañada vilmente.
Experimenté dolorosas contradicciones. Por una parte me molestaba que me hubiera visto obligada a estudiar, graduarme con no menos de cuatro títulos, trabajar, tener hijos, parientes, pareja y proyectos poniendo el mayor de mis empeños en ello para que dejen de existir de pronto para mí en el momento que a mi alma le toque desenroscarse del tablero. Por ello, cuando descubrí aunque no entendí cómo que el término de mi vida ya estaba predestinado, monté en cólera y sentí ganas de apagar yo misma la bujía que me correspondía. Luego me detuve porque si lo hacía iba a perjudicar a otros ya que cualquier intervención no programada en el tablero provocaba un caos y temí por los que amo lo que es una idiotez porque en mí no quedará recuerdo ni sufrimiento por estos amados una vez que muera, así que concluyo que en el momento de expirar no debería nadie preocuparse por los que ama. Luego cavilé en que mi bujía nunca estaría fundida, sólo apagada momentáneamente mientras la volvían a enroscar pero, igual, no recordaría nada de los que ahora me preocupan porque en cada cambio (apagado-encendido), el alma pierde totalmente el registro de los datos de la vida anterior. A propósito, en el escrutinio que hice de tan fenomenal dispositivo, se revelaron dos aspectos fundamentales. El primero es que el alma es siempre la misma para la misma bujía. Parece que lo que hacen es una limpieza profunda para volver a encenderla. Tal limpieza incluye la eliminación de la memoria. La dejan en blanco, como papel recién elaborado. El segundo aspecto es que resulta menester que esto suceda para que el alma no haga trucos como por ejemplo ir a buscar a la familia anterior o a alguna persona de interés pasado y con ello afectar el destino de otros. Tampoco es conveniente que recuerde los desaciertos que tuvo porque en su nueva vida trataría de no cometer los mismos errores para no pagar las consecuencias, es decir, que quizás haría lo correcto pero por temor y no por libre albedrío; lo que es la esencia del ser humano. Sin esa esencia no seríamos naturales.
Lo más importante es que entendí el porqué es una calamidad cósmica el suicidarse o asesinar, ya que esas acciones alteran el orden de apagado-encendido de nuestra propia existencia y a un sinnúmero de ajenas bujías. Cada uno y una de nosotras puede cambiar el destino propio y el de los demás con sólo matar o matarse. El verdadero poder en ello es no hacer una u otra cosa. Una genuina divinidad ostenta el poder pero no lo usa. Ciertamente somos intentos de dioses y diosas sin llegar a serlo porque fallamos al usar el poder contra nosotros mismos. Tal conclusión me atrapó, dejándome sin salida. En efecto, el infierno es repetitivo, como escuché en algún sitio. Tendré que volver a aprender a caminar, a hablar, a amar, a trabajar, a sufrir, a gozar, a llorar, a reír y a morir tantas cosas en las que he invertido lo mejor de mí a la luz de la bombilla que me ha sido destinada. La congoja de esta inhumana revelación me catapultó fuera de la cama con latidos del corazón agolpados en mis sienes y con la escalofriante convicción de poseer un don comunitario que debemos anular para llegar a ser dioses.
(Managua, 1958). Ha escrito y publicado tres libros de cuentos y un ensayo: Cinco Cuentos sin Consuelo y Uno por Encargo (Managua, Editorial PRINTAR, 1993). Cuentos de Hombres Sobre Mujeres (Managua, Editorial PRINTAR, 1997). Simples Asuntos Femeninos (Managua, Colección Ernesto Gutiérrez-UNI, 1999). Teoría del Caos y Fractales: Una Aproximación al Pensamiento Femenino (Colección Ernesto Gutiérrez-UNI. 2001).
