El presidente Daniel Ortega demuestra con sus actuaciones que políticamente vive en tiempos de la Guerra Fría. Su defensa del Estado paternalista e interventor y del Derecho como un simple instrumento al servicio del partido de gobierno, la confusión de intereses Estado/partido, la absorción de la religión por la ideología, el anacrónico discurso “antiimperialista” —atizado por su adhesión a Hugo Chávez— así como una concepción de desarrollo económico en base al control estatal de la producción, lo ubican mentalmente alrededor de los años cincuenta del siglo XX. Es precisamente por esta mentalidad reaccionaria que Ortega no ve ningún problema en despachar desde su casa, donde también está ubicada la Secretaría del partido sandinista y ha optado por la restauración del Olof Palme, un edificio que simboliza un socialismo estrepitosamente fracasado. El Olof Palme fue construido por el gobierno sandinista en los años ochenta y, sin lugar a dudas, trae a la memoria de Ortega aromas nostálgicos de tiempos mejores para el comunismo internacional.
Es que las ideologías son tan fugaces como las modas. Surgen, se establecen por algún tiempo y luego desaparecen. Esto es así aún cuando se trate de ideologías que hicieron época y que afectaron la vida de millones de personas y hay que tener la madurez suficiente para reconocerlo y ponerse a tono con el desarrollo de los tiempos. Las revoluciones comunistas que pretendían construir un hombre nuevo y un mundo mejor por medio del cambio de las condiciones materiales objetivas, fracasaron porque ninguna ideología tiene el poder de transformar el mundo y porque los revolucionarios no pudieron vivir a tono con lo que predicaban a las masas sino que se comportaron como individuos codiciosos y corruptos tratando de proyectar una imagen ideal falsa de sí mismos. Los revolucionarios en el poder comían caviar y celebraban con champaña mientras los trabajadores se morían de hambre; se calentaban alrededor de chimeneas de lujo mientras los campesinos morían de frío. En palabras del teólogo Hans Jürgen Baden: “La revolución no es ninguna fuente rejuvenecedora en la que se arroja una sociedad vieja y corrompida para sacar una sociedad renacida, rejuvenecida en sus fundamentos” (Literatura y Conversión).
Pero ahora, el mundo entiende que lo que necesita no son salvadores sino personas comunes y corrientes dispuestas a trabajar en el marco de la institucionalidad y de las leyes, sujetos a los controles necesarios para evitar que la vieja levadura se enseñoree de ellos para corromperlos y abusar de su estatus. Ningún ser humano es suficientemente desinteresado para servir a sus congéneres sin tomar a cambio algo de ellos y sin garantizarse algún tipo de beneficio personal. Admitiendo esta cruda realidad, líderes como el presidente Ortega deben aceptar sujetarse como cualquier ciudadano al imperio de la ley. El mesianismo es también cosa del pasado.
El fracaso de las revoluciones socialistas del pasado se debió asimismo a que el Estado nacionalizó los medios de producción y se convirtió al mismo tiempo en productor y en administrador de la economía eliminando la propiedad privada. La vigorosa superación económica de China continental gracias a la implementación progresiva de la economía de libre mercado es un argumento elocuente de la necesidad de estimular la empresa privada y dejar que la libre competencia establezca el ritmo de la economía. Por eso es preocupante que el presidente Ortega ande repitiendo la cancioncita de Hugo Chávez con respecto a la creación del “socialismo del siglo XXI”. Lo que Chávez construye bajo esta etiqueta aparentemente progresista es un Estado absolutista que en la práctica no se diferencia de otras dictaduras del siglo pasado. El chavismo se parece cada vez más al nacional-socialismo alemán que implementó Adolfo Hitler y que provocó la guerra más cruenta que haya visto la humanidad en su historia. El “socialismo del siglo XXI” tiene todos los ingredientes del fascismo y el Gobierno de Nicaragua hace muy mal en tratar de repetir los errores del pasado y de copiar los disparates del mandatario venezolano.
En vez de eso el presidente Ortega debería ver hacia Brasil, Chile y Uruguay —donde gobiernan socialistas democráticos— y ubicarse en las realidades de nuestro siglo. Y desde ahí, atender las verdaderas necesidades de Nicaragua: producción, inversión, libertad, democracia y transparencia.