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desde que nuestras instalaciones fueron tomadas y nuestro gerente general Juan Lorenzo Holmann fue detenido.

con las instalaciones tomadas y nuestro gerente general Juan Lorenzo Holmann detenido.

(FOTOS/LA PRENSA/G. MIRANDA)

“después de dios y mi familia, el beisbol”

Rigo Mena ha sido el shortstop más completo, Bayardo Dávila el más defensivo, pero el que irradiaba más entusiasmo y proyectaba más electricidad era César Jarquín, el torpedero que salió de San Isidro a descubrir el mundo y llenar de orgullo a nuestro país a través de una brillante carrera que ya concluyó, no sin […]

  • Rigo Mena ha sido el shortstop más completo, Bayardo Dávila el más defensivo, pero el que irradiaba más entusiasmo y proyectaba más electricidad era César Jarquín, el torpedero que salió de San Isidro a descubrir el mundo y llenar de orgullo a nuestro país a través de una brillante carrera que ya concluyó, no sin antes dejar un consistente recuerdo

César Jarquín, estelar shortstop de la selección nacional

El primer gran viaje de César Jarquín por poco no se realiza. Era a Cuba, y para 1971, los rumores que llegaban con más frecuencia a los hogares más humildes de nuestro país, era que en aquella isla hacían jabón a la gente o la convertían en petróleo.

“Mi mamá no quería que fuera. Tenía miedo que me dejaran allá, pero al final logramos convencerla y recuerdo que hasta vino por primera vez al aeropuerto a despedirme con mi esposa y mis hijos”, relata Jarquín, el otrora estupendo shortstop de la Selección Nacional de Beisbol.

A partir de aquel momento, los viajes se hicieron frecuentes y Jarquín comenzó a desplegar su talento por todo el mundo, mientras a nivel local se volvía una institución en las paradas cortas, al extremo de ser bautizado como “la maravilla” por su brillante juego entre tercera y segunda.

“Fíjese que en San Isidro tengo un amigo que se volvió picadito y drogadicto y siempre que me mira me abraza y dice que yo me di el lujo de conocer el mundo y de llenar de orgullo a mi pueblo, y que eso no lo pudieron lograr ni los más adinerados y eso me alegra el corazón”, dice César, con su sencillez habitual.

Para fortuna de Jarquín, hay una enormidad de personas que comparten el concepto de su amigo de San Isidro y colocan su nombre junto a los de Rigo Mena y Bayardo Dávila, cuando se evalúa a los mejores paracortos que ha producido Nicaragua en toda su historia.

“Ser mencionado junto a don Rigo y Bayardo me llena de orgullo y significa que no lo hice tan mal mientras jugué. Ellos fueron realmente grandes como torpederos”, señala el ahora entrenador de los Leones.

Pero todo comenzó en San Isidro, Matagalpa, donde César nació jugando con bola de calcetín y luchando por sobrevivir en un hogar sin papá, lejos de la escuela, pero con un entusiasmo enorme y una electricidad sin par, la que es perceptible incluso ahora, en estos días de entrenador.

n ¿Fue dura su infancia?

Fue como la de la mayoría de los niños nacidos en cuna humilde, con muchas limitaciones, sin papá y con obligaciones como ir a vender o lustrar, sin oportunidad de ir a la escuela. Recuerdo que yo jugaba con bola de calcetín y a veces estaba de los más apasionado en el juego y de repente llegaba mi mamá y me mandaba a vender o a lustrar y me decía que si de eso —del beisbol— iba a comer, que me estaba convirtiendo en un vago, y en aquellos tiempos usted sabe que uno no le reprochaba ni le contradecía nada a sus padres y pensaba que quizá ella tenía razón, entonces agarraba mi venta y me iba.

n ¿Y ahora qué le dice su mamá?

Ahora está satisfecha. Me dice que nunca imaginó que iría a tantos lugares en el mundo y que tendría una carrera respetable, y que sería tan apreciado por la gente donde he jugado o entrenado, pero yo le agradezco mucho a mi mamá porque me formó con mano dura, pero con muchos valores.

n ¿Cómo se inicia en el juego?

A San Isidro llegó un sacerdote español llamado Manuel Soria, que es como se llama el estadio allá y llegó con un balón de futbol, pero al ver que todos los chavalos “fouleabamos” dando patadas, le dijeron que nosotros nunca habíamos jugado futbol, que lo que practicábamos desde niños era beisbol.

n ¿Y ahí quedó formado el equipo de beisbol?

Bueno, inicialmente el Padre reunió a un grupo de chavalos y lo primero que formó fue un coro para cantar en la iglesia, pero como mi hermano (Modesto) y yo no sabíamos leer, no pudimos entrar, así que ta mpoco quedamos en el equipo, y eso, viera como me dolía en el corazón, porque además el Padre los vestía con sotanas para Semana Santa, pero nosotros no teníamos de otra que conformarnos con verlos cantar y jugar, pero la gente le decía al Padre: “dele un chance a los peluditos —así nos decían a nosotros en San Isidro—, viera qué buenos que son”, y el Padre accedió y de entrada comenzamos a jugar y lo hicimos bien.

n ¿Y el Padre entrenaba beisbol?

Ah, bueno, a él le ayudaba un señor que se llamaba Gaspar González, quien era mánager del equipo Mayor A y nos entrenaba a todos. Sin ninguna técnica, nos daba rollings y si se nos iba alguna bola, nos daba batazos más duros y nos regañaba con palabras fuertes. Además que el padre Soria nos castigaba si cometíamos alguna indisciplina. Nos sancionaba con tres días sin jugar y teníamos que ir a traer las pelotas que se iban de foul. Y así jugando fuimos a Matagalpa, venimos a Managua y le ganábamos a todos los que nos ponían enfrente.

n ¿Además de usted y su hermano, qué otros chavalos llegaron a ser conocidos?

Ahí estaban también Vicente López y Antonio Herradora. Le estoy hablando que para esa época nosotros teníamos entre 11 y 12 años, y fíjese que recuerdo bien a Vicente llegar desde su comarca en una yegua panda a entrenar. Ya de largo lo mirábamos y todos decíamos: “ve, allá viene Vicente ya”, y luego de entrenar él se iba de regreso a su casa. En esa época no era peligroso andar de noche en el monte.

n ¿Ahí usted confirma que sería jugador de beisbol?

No. Fíjese que yo no jugué beisbol juvenil y mucho menos Mayor A porque era muy delgadito, muy débil, y la gente decía que no iba a detener los batazos de jugadores mayores, así que me fui a la Mina El Limón a trabajar y ahí comencé a practicar más en serio y sobresalí. Luego fui a Honduras con la Selección a un Centroamericano en 1968 y resulté el mejor short. Pasé a jugar al equipo San Enrique de León en 1969, donde mi mánager era el doctor Oscar Larios y tras regresar a Honduras brevemente para jugar con la Fuerza Aérea, me contrató el Flor de Caña, por recomendación de Sergio Lacayo y continué en la Selección. De ahí no me quitaron el guante hasta 1982, cuando yo ya estaba veterano y Arnoldo Muñoz había madurado.

n Ahí sí ya “comía” del beisbol pese a las reservas de su mamá…

Cuando llego al Flor de Caña ya empiezo a ganar más dinero y se inicia mi carrera en Primera División un 10 de marzo de 1970. Yo coloco al beisbol sólo detrás de Dios y familia, porque este juego fue una bendición para mi vida. Usted sabe, venir de un pueblo humilde como San Isidro, de una familia humilde, y de pronto, comenzar a viajar, a comer mejor y los tres tiempos, conocer amigos, era para mí todo. Por eso jugaba alegre y lo daba todo en el terreno porque me sentía realizado en el campo.

n ¿Siempre quiso ser jugador?

No, cuando niño quería ser mecánico. Y mi gran deseo era manejar un carro. Así que pensaba que cuando reparara carros me iba a montar en ellos para probarlos y daría mi paseada, pero fíjese lo que son las cosas, aún pudiendo comprar uno, jamás tuve carro. Quizá porque tuve miedo que anda tanto loco manejando en las calles.

n ¿Se sorprendió usted del gran jugador que llegó a ser?

La verdad, sí. Yo era muy frágil y no se creía mucho en mí, pero yo nací con algo que Dios me regaló: entusiasmo. Yo tenía entusiasmo para todo. Incluso cuando me tocó trabajar en la huerta o cortar algodón, yo siempre lo hacía todo veloz. Recuerdo que llenaba el saco de algodón mucho más rápido que mi hermano Modesto, o lo que fuera. Era muy eléctrico. Y eso me ayudó al jugar. Los cronistas decían que era un jugador espectacular y por eso Armando Proveedor me bautizó como “la maravilla” y así me conoció mucha gente. A mí me cuesta un poco hablar de mi propia carrera, pero sin duda siento mucho orgullo por lo que hice.

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