- Se siguen sintiendo nicas, no dejan de bailar La Mora Limpia ni de comer gallo pinto
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Corresponsal/venezuela
Ella nació en Puerto Cabezas y él en Masaya, pero desde hace más de tres décadas que Ana María Thompson y Juan Francisco Boza unieron sus vidas y se fueron a vivir a Venezuela.
Aterrizaron en Caracas, en los años setenta, en la época en que Carlos Andrés Pérez gobernaba por primera vez y se vivía una bonanza petrolera. En esos años llegaba gente de todas partes a buscar fortuna al rico país del sur. El matrimonio Boza-Thompson no fue la excepción.
Ana María dice que antes de irse a vivir definitivamente, ya había estado en Caracas, visitando a unos parientes y le había gustado. Más tarde, del trabajo la trasladaron para allá y fue entonces cuando animó a su esposo a que buscaran vida en Venezuela.
Juan Francisco dejó la contaduría de Ifagan, en Managua, y se instaló en Caracas, donde a la semana ya tenía trabajo. “El extranjero que venía y trabajaba era bien recibido aquí”, dice Juan Francisco, y agrega que le gustó la hospitalidad y la alegría de los caraqueños.
El clima, bastante caliente, aunque con más brisa por las montañas de El Ávila, fue una razón más para que estos nicas se sintieran como en casa.
Esta pareja forma parte de una pequeña comunidad de nicaragüenses que viven en Caracas, calculada en menos de 100 personas, según la embajada, de los cuales la mayoría vive en Caracas, y en ciudades aledañas como Valencia.
En la actualidad, Juan Francisco, de 67 años, trabaja para una farmacéutica, donde espera jubilarse.
En cambio, Ana María se pensionó hace unos años de la transnacional en la que se desempeñó por más de 30 años como secretaria bilingüe. Ahora es ama de casa, y desde su apartamento, situado en un barrio al este de Caracas, colabora con su hija en instalar una pastelería.
PENDIENTE DE NICARAGUA
Ana María, quien viste una camisa bordada de Masaya, dice que a pesar de la distancia siempre han estado yendo y viniendo a Nicaragua. Siempre han estado pendientes de lo que pasa en el país. Recuerda que en los años ochenta, durante la época de la guerra, junto a otros nicaragüenses organizaron muchas actividades de solidaridad.
“Hacíamos kermeses y también actividades culturales. Fran y yo siempre bailábamos folclor, como él es de Masaya sabe bailar bien, yo no tanto, pero me defiendo”, dice Ana María, quien no aparenta los 66 años que arroja su cédula.
También preparaban platos nacionales como vigorón, vaho que tenían muy buena acogida entre los venecos.
Hacia los noventa, cuando Nicaragua cambió de gobierno, el pretexto para bailar se les acabó. Ahora siguen bailando en su casa, “porque a mí me encanta bailar”, dice Juan Francisco, un señor alto y delgado, quien en su camioneta siempre carga música nicaragüense, boleros y rancheras.
En la casa tampoco falta el gallo pinto y la preparación de la comida con la sazón nica.