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Solidaridad, dependencia y desarrollo

La llamada Declaración de Morelia, resultado del Primer Coloquio Nacional de Filosofía, celebrado en Morelia, Michoacán, del 4 al 9 de agosto de 1975, expresaba la necesidad de “una filosofía de la historia que hiciera expreso el derecho de todo pueblo a la libertad como autodeterminación; una filosofía que rechazando la relación vertical de dependencia, haga expresa una relación horizontal de solidaridad. Esto es, la solidaridad de hombres entre hombres, de pueblos entre pueblos, de pares entre pares”. Desde esta Declaración muchos cambios se dieron en el mundo. Hubo revoluciones. Algunos países dejaron de ser dependientes y otros que no lo eran, llegaron a serlo. Se desintegró la Unión Soviética. Se reorganizó el mundo. Hubo varias guerras. El capitalismo mundial se fortaleció. Los socialismos evolucionaron integrando elementos del liberalismo económico. Venezuela se convirtió en una potencia petrolera. ¿Quién no depende del petróleo hoy día? Solo quienes lo producen. Ahora los jeques del petróleo son los nuevos capataces que imponen su voluntad y utilizan su poder económico para abrirle el camino a sus políticas. Y sin embargo, la aspiración de la Declaración de Morelia sigue siendo válida aunque no realista, pues los países se agrupan en bloques y desde ahí defienden sus propios intereses y posiciones políticas. Por ejemplo, el Presidente de Venezuela ofrece su solidaridad a América Latina, pero su oferta viene empaquetada en un envoltorio que se llama Alba y Socialismo del Siglo XXI. Precisamente por esto el Presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, dejó de asistir a la reunión extraordinaria del Plan Puebla Panamá (PPP) celebrada recientemente en México donde se abordaron importantes temas económicos, incluyendo la cooperación para el istmo. Alineado con Hugo Chávez, como respuesta a la “solidaridad” venezolana, Ortega no quiere saber de nada que no tenga que ver directa o indirectamente con el Alba.

El problema con la “solidaridad” venezolana es que los nicaragüenses podrían llegar a creer que el Gobierno de ese país va a resolver todos sus problemas económicos, lo cual sería una engañosa e insana expectativa. Engañosa porque Venezuela no va a regalar nada a Nicaragua y lo que ofrezca de manera concesionaria se lo va a cobrar con creces en el ámbito político. Insana porque da la impresión de que los nicaragüenses no tendrán que levantarnos temprano, ahorrar y trabajar duro para sacar adelante a nuestra familia y al país entero. Es como cuando un muchacho tiene un tío rico que le provee casa y comida, carro, dinero para sus gastos personales, atención médica, etc. El muchacho entonces pierde el sentido de la responsabilidad, el deseo de superación, el entusiasmo por los estudios, el interés de buscarse un trabajo, por sencillo que sea. En consecuencia, carece de la sabiduría necesaria para acomodar los egresos en base a los ingresos reales, desconoce el hábito del ahorro por aquello de que “lo que no nos cuesta, hagámoslo fiesta”, pierde el orgullo. Cuando el tío rico se marche, su vida será un desastre.

Con la solidaridad que ofrece Venezuela a Nicaragua se han hecho muchos castillos en el aire, se comienza a ver oblicuamente a los organismos financieros internacionales como el FMI y a otras fuentes de financiamiento. Con sobredimensionadas expectativas, el manejo del Presupuesto General de la República se vuelve secundario. Se descuidan la planificación económica y la producción nacional. Así que esta “solidaridad” genera una nueva y más peligrosa dependencia y además, favorece exponencialmente la corrupción de los funcionarios públicos. Para salir de la pobreza, los nicaragüenses no necesitan limosnas sino ayuda respetuosa; no necesitan levantar banderas geopolíticas sino ser amigos de todos; crear seguridad jurídica y respeto a la institucionalidad para atraer inversiones de los cuatro puntos cardinales; hacer leyes justas.

Las soluciones apresuradas y populistas no van resolver el fondo de los problemas nacionales. La solución es vivir con disciplina. Levantarse temprano. Trabajar duro. Ser responsables y honestos. Ahorrar. Distribuir sabiamente los recursos. Combatir sin tregua a los corruptos. Mejorar la educación. Desarrollar la competitividad. De la pobreza no se sale simplemente por decreto. Tampoco tiene sentido dejar una dependencia para caer en otra peor. El paternalismo, ya lo sabemos, produce ineficiencia y mata el espíritu de superación. Es necesario poner los pies sobre la tierra.

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