Era de esperarse que el presidente Daniel Ortega quisiera restaurar los símbolos de la frustrada revolución sandinista de los años ochenta. Uno de esos símbolos es la así llamada Plaza de la Revolución, cuyo nombre verdadero y perdurable es el de Plaza de la República.
Como es bien sabido, en 1999 el ex presidente Arnoldo Alemán arruinó la Plaza de la República al hacer instalar en el centro de ella, una fuente musical que bien pudo ser instalada en cualquier otro lugar céntrico de Managua. La única razón, aunque no justificación, que tuvo Alemán para cometer semejante torpeza, fue impedir las demostraciones y asonadas antigubernamentales del Frente Sandinista y sus organismos de masas.
Pero ahora, sin anuncio previo el presidente Daniel Ortega mandó a destruir la fuente musical de Alemán. El alcalde sandinista de Managua, Dionisio Marenco, dijo desconocer estas “obras” y la Secretaría del FSLN consultada por LA PRENSA, no se pronunció al respecto. Lo único que se puede afirmar con certeza es que el presidente Ortega autorizó esta demolición pues de acuerdo con Marenco, el Ejecutivo tiene la custodia del centro histórico de Managua.
Pero más allá de los aspectos legales y técnicos que rozan con esta decisión de Ortega, es obvio que su propósito de fondo consiste en imponer a la ciudadanía los símbolos partidistas, que recuerdan una de las decepciones más grandes de la historia de Nicaragua: la época de la revolución perdida. El presidente sandinista mira al pasado y no al futuro. No tiene nada nuevo que ofrecer desde el punto de vista político y filosófico y es poco creíble que este tipo de evocación revolucionaria esté motivada por un deseo de revitalizar los principios éticos y políticos que inspiraron a muchos nicaragüenses a dar sus vidas por una sociedad más justa y libre.
En realidad, un análisis de sus hechos demuestra que el presidente Ortega nunca fue un revolucionario de verdad sino que la motivación de su lucha personal fue la conquista del poder y su permanencia indefinida en él. Tan es así que hasta el día de hoy, desde el año 1979, no se ha querido bajar del trono. En su persona no hizo más que reproducir al dictador somocista derrocado.
La revolución nicaragüense fue llevada a cabo por distintos sectores de la sociedad, precisamente para terminar con ese estado de cosas. Para desterrar la corrupción gubernamental, el autoritarismo, el clientelismo y todos esos vicios propios de gobiernos que no son democráticos.
Los nicaragüenses aspiraban a un gobierno transparente y en “pie de lucha” contra la corrupción. A jueces y magistrados que se levantaran temprano y se fueran tarde de sus despachos para que la justicia no tuviera retardación. A diputados con salarios acordes con la realidad económica del país, haciendo leyes que fortalecieran los derechos y garantías de los ciudadanos. A dirigentes que vivieran de manera digna pero sencilla. Que no se diferenciaran sustancialmente del resto del pueblo. Pero nada de esto ocurrió.
Se necesita, por tanto, más que plazas, banderas, consignas y logotipos para cambiar la opinión que la gran mayoría de nicaragüenses tiene del actual Presidente de la República.
Se necesita, por ejemplo, que Daniel Ortega libere a la Corte Suprema de Justicia de su influencia partidista y que renuncie a usar a los jueces y magistrados como instrumentos al servicio del Poder Ejecutivo. Que gobierne como estadista y no como secretario de su partido. Que despache en la Casa Presidencial como una muestra de respeto a la institucionalidad y para evitar que le involucren en actos oscuros que se pueden dar en la secretaría del FSLN. Que combata la corrupción de sus funcionarios y de sus partidarios. Que respete las leyes y los procedimientos establecidos en ellas. Que no aplauda la represión contra la libertad de prensa de presidentes autoritarios como Hugo Chávez. Que despierte de la embriaguez ideológica en que vive. Que abra los ojos a las nuevas realidades del siglo XXI. Que no repita los mismos abusos del pasado. Que esta vez navegue con lastre ético.
Es decir, el presidente Ortega necesita todo lo que precisamente él no puede hacer ni tener.