La más importante reforma migratoria en Estados Unidos en veinte años, que podría dar paso a la legalización de 12 millones de inmigrantes indocumentados, amenazó con quedar al borde del abismo este jueves debido a cuestiones de procedimiento y a rivalidades políticas.
El proyecto migratorio, una de las últimas esperanzas del presidente George W. Bush de un logro doméstico sustancial en su segundo período, vivió un nuevo revés el jueves con el rechazo del Senado a limitar el tiempo de un debate que comienza a hacerse eterno.
Los republicanos, con la ayuda de algunos demócratas, rechazaron con una votación de procedimiento por 63 a 33 un voto propuesto por el líder de la mayoría demócrata, Harry Reid, para limitar la duración del debate, en un intento por lograr que la medida salga del Senado.
Los republicanos argumentaron que un límite los privaría de la posibilidad de proponer enmiendas al proyecto.
“Si no votamos por un término de los debates, el proyecto está terminado, el proyecto ya se fue”, dijo Reid a la prensa, asegurando que el Senado necesita concentrarse en debates sobre una reforma energética y el fin de la guerra en Irak.
El Senado debe pronunciarse sobre un frágil compromiso obtenido entre los líderes demócratas y republicanos, ardientemente deseado por el presidente Bush, pero que si es rechazado enviaría la legislación a un limbo.
Reid denunció las maniobras dilatorias de algunos republicanos que presentaron enmienda tras enmienda a un proyecto de ley que no tienen intención de votar.
El senador republicano Lindsay Graham se mostró sin embargo optimista. “Si tenemos un proceso justo, tendremos una ley global que servirá a la nación”.
Reid por su parte llamó al presidente Bush a presionar a sus compañeros republicanos para que pasen a la acción y voten a favor del texto.
El Senado necesita 60 votos para su aprobación antes de enviar el texto a la Cámara de Representantes donde la resistencia es todavía más fuerte.