- Llegó hace un mes deportado de Estados Unidos. Allá dejó a su esposa y cuatro hijos menores de edad. En Nicaragua lucha por conseguir un puesto de trabajo y alberga la esperanza de una reforma migratoria que ampare a los padres con hijos nacidos en EE.UU., lo que le permitiría volver a esa nación y reunirse con su familia
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En una mochila color azul alcanza el pasado y el presente de Jorge González Aguilar, un nicaragüense que hace un mes vino deportado de Estados Unidos debido a “un mal acompañamiento de su abogado”. Perdió los beneficios que la Ley de Ajuste Nicaragüense y de Alivio Centroamericano (Nacara) dio a los inmigrantes nicaragüenses que llegaron antes de 1995 y cuyo plazo venció en abril del 2000.
González Aguilar, originario de Chichigalpa, tiene 41 años, es de mediana estatura y aún tiene la piel tostada por el sol de Miami, consecuencia de largas horas de trabajo en la construcción de malls y residencias en zonas privilegiadas de las ciudades del sur de Florida, donde con su esposa Amanda se dedicaba a afinar cada detalle de sus obras y de sus vidas.
Desde hace un mes, su mochila azul se ha convertido en su inseparable compañera, porque allí carga documentos que lo acreditan como maestro de obras y carpintero profesional de exteriores e interiores, un oficio alcanzado al cabo de cuatro años de estudio en una escuela técnica de Miami.
Además trae consigo el documento de deportación, un pasaporte provisional, dos mudadas de ropa y una cámara de vídeo que registra varios de los trabajos que hizo en Miami. Estas son sus únicas pertenencias.
González Aguilar, quien se hospeda en casa de un primo en Chichigalpa, dice vivir el peor momento de su vida, que no se lo desea a nadie, aunque en el South Texas Detention Complex, un centro de retención donde estuvo por más de un mes, aprendió que debe mantener la calma y que “Dios aprieta pero no ahoga”.
A él no sólo le preocupa no tener trabajo en Nicaragua, sino que le desespera saber que su esposa está sola en Miami a cargo de sus cuatro hijos: Henry (17 años), Joshua (15), Aaron (14) y Chelsea de 5 años.
¿Cómo fue tu experiencia en los centros de retención de Inmigración de Estados Unidos?
Después que el 3 de enero, a las cinco y media de la mañana un grupo de policías y un agente de Inmigración llegaron a mi casa y con estrategias y mentiras me arrancaron del seno familiar, estuve casi tres meses en dos centros de retención.
Primeramente me llevaron al Centro de Detención de Inmigración de Crown, al sur de la ciudad de Miami, y después estuve en South Texas Detention Complex. Te puedo decir que los nicas en esos lugares éramos los peor atendidos por el cónsul, la atención a otros migrantes era mejor. Yo sólo una vez vi a la cónsul nica en Texas, me preguntó dónde había nacido y nunca más supe de ella.
Los oficiales de deportación lo primero que te dicen es: “Les vamos a recordar una cosa, aquí los que mandamos somos nosotros y no el cónsul”.
¿Por qué decís que Inmigración usó artimañas para detenerte?
Porque llegó un policía a mi casa preguntando si yo tenía a una persona durmiendo en mi van blanco de trabajo. Yo abrí la puerta y detrás de él estaba otra persona que se identificó como agente de Inmigración. Caí como un bobo al abrir la puerta.
El oficial me pregunto de qué nacionalidad era. Le respondí: nicaragüense. Ellos chequearon en una computadora y me dijo que aparecía como africano. Y le respondí que no podía ser.
Luego me preguntó cómo había entrado a EE.UU. Le respondí que con visa de marino y entonces me dijo: “Aquí hay otro error porque aparece que entró con visa de comerciante”. Ellos chequearon mis documentos y corrigieron los errores.
¿Cómo afrontó esto tu familia?
Mi esposa entró en una crisis de nervio y llanto, mis hijos que aún dormían se despertaron. Ella se calmó un poco cuando el oficial también pidió sus documentos y los de mis hijos y vieron que habían entrado legales y que yo había echo una petición de reunificación familiar bajo el amparo de la Ley Nacara, a la que me acogí en 1998. Y yo entré a EE.UU. el 30 de mayo de 1994.
Toda mi familia entró a EE.UU. bajo la visa I 45 que es la entrada de petición familiar. Ellos dijeron que me llevarían y que verificarían si había un error. Esa fue la última vez que vi a mi familia.
¿Cómo te trataron los agentes de Inmigración?
En Crown me trataron bien, el lugar es un poco incómodo porque en ese momento rebasaba su capacidad de 2,500 personas, pero sobrepasaban porque había hombres y mujeres durmiendo en el suelo; me atrevo a decir que habíamos más de tres mil personas.
La comida era mala, a veces daban puré de papas, lechuga y tomate, otras veces sólo el puré y nos daban de tomar una agua a la que echaban mucho yodo, según decían era para que la gente no tuviera problemas de excitación.
Si te enfermabas eso era triste porque primero había que llenar un cuestionario para poder ir a ver al médico, y si tenías un problema de emergencia no te atendían ahí no más, sino hasta que ellos te llamaban.
Pero lo más duro fue en Texas, esa gente es muy racista. Ahí estuve un mes y una semana. A pesar de que no es una cárcel, sino un centro de detención, el sistema de seguridad que tiene es igual al de una cárcel federal; por todos lados hay cámaras que te vigilan cada movimiento, las hay hasta cierto punto en los baños.
El trato que te dan los de seguridad es pésimo. Vi que a muchos los golpeaban en la cabeza, espalda y hombros, a otros les retorcían los brazos, pero a mí gracias a Dios no. Además, te levantaban a cualquier hora porque mucho hacen simulacros de incendios u otros.
En Texas también sobrepasaba su capacidad, habíamos unos 3,600 retenidos; de ellos, 60 éramos nicaragüenses.
¿Te sometieron a cosas indebidas?
Me llamó la atención que ellos querían que los retenidos trabajáramos lavando platos o cocinando por tres dólares el día. Pero ¿cómo tú podías trabajar si eras indocumentado? O sea, ves la política, que si eres indocumentado no podés trabajar en EE.UU., pero ahí sí querían que trabajáramos hasta la explotación. Yo no lo hice.
¿En ese lugar visten uniforme?
Sí. El color del uniforme te clasifica, los de color azul lo andábamos personas que teníamos buena conducta y nunca habías tenido problemas con las autoridades. El de color anaranjado lo usaban los que habían tenido problemas con la ley y los de rojo eran los que tenían casos criminales.
¿En estos sitios viven separados por el color o juntos?
Primeramente estuvimos revueltos, pero se generaron muchos pleitos por nacionalidades y comenzaron a separarnos por colores del uniforme.
¿Qué tipo de problemas enfrentaban?
Los pleitos eran a toda hora, a la hora de la comida, la dormida y hasta para usar el teléfono para llamar a tu familia. Los nacionales de países más grandes y desarrollados veían por debajo del hombro a los retenidos de países más pobres y pequeños. Por ejemplo los chinos no se querían con los centroamericanos.
¿Cómo fueron esos meses de retención?
Para mí ha sido lo peor que he vivido porque cuando me arrancaron de mi familia me quitaron la mitad de mi vida, la mitad del cuerpo, es como que te hallan amputado las piernas o los brazos y sólo te queda mirar, sin protestar.
¿Cómo es que estando protegido por la Ley Nacara te deportan?
Es que falló el acompañamiento de mi abogado que no defendió mi caso y más bien me perjudicó.
Primeramente en 1998 tuve una primera abogada de nombre Ponaci Constantini, a la que le llevé todas las pruebas que aseguraban que yo entré a EE.UU. desde 1994 y que mandaba a mi familia en Nicaragua entre 400 y 500 dólares quincenales en concepto de remesas. Con estos recursos mi esposa pudo graduarse de licenciada en Administración de Empresas, además estudió Banca y Finanzas y Contaduría Pública.
Esta abogada recibió una carta de Inmigración donde decía que todos mis documentos se habían extraviado, por lo que había que juntar nuevamente las pruebas, pero yo ya no tenía, todas las había entregado.
Es por eso que en 1999 cambio de abogado, busqué al nicaragüense Martín J. Rivas, que mucho se anunciaba en la radio.
Con este último abogado siempre que nos tocaba ir a Corte yo miraba que nunca defendía el caso, no respondía las preguntas con base, a lo mejor era un abogado que no tenía la preparación para responder las preguntas; parece que todo lo quería fácil.
Incluso una vez yo le pedí una carta de apoyo a la congresista Ileana Ross-Lehtinen para que el juez mirara que yo era una persona de buena conducta, responsable con mi familia. Cuando tuve esta carta se la llevé, pero no la quiso incorporar a mi expediente y me dijo: “Esto no viene al caso”.
Pero el mayor error que cometió el abogado es que en mi afán por recuperar evidencias de mi estadía en EE.UU., yo le proporcioné una carta que estaba en inglés con fecha de 1996. Como en ese momento yo no sabía hablar inglés sólo me fijé en la fecha y él tampoco la leyó y sólo la incorporó. Esa carta la había hecho otro abogado de apellido Lincoln, donde solicitaba visa para mi ingreso a EE.UU.
Cuando yo vine a EE.UU. venía como marino de un barco mercante que nunca zarpó porque presentó desperfectos. En ese barco tuve un accidente y me lastimé la columna, me quedé en tierra y busqué un abogado para que me indemnizaran por el accidente.
El abogado que busqué en ese momento hizo una carta en inglés pidiendo al Consulado estadounidense que me otorgara una visa para que yo viniera en calidad de turista a EE.UU., a una audiencia para la Corte. Pero yo nunca me fui, yo siempre estuve en Miami.
Estos abogados me armaron un arroz con mango que me afectó mi vida.
Pero vos podías comprobar por medio de Migración que nunca saliste de EE.UU.
Sí, ese era el caso, cosa que nunca me probaron que yo abandoné EE.UU. y por eso siempre me otorgaron permisos de trabajo.
Otro de los errores que tuvo el abogado Rivas es que en diciembre del 2005 a mí me tocaba ir a Corte, pero enfermé y no pude asistir. Él se presentó solo, tres meses después me notificó que el juez había dado la orden de deportación para mí en ausencia.
Por sus honorarios este abogado cobró 12 mil 500 dólares.