- Jasser Jackson Zeas tiene 14 años de edad y ha estado más de la mitad de su vida sobreviviendo solo, en las calles, a la intemperie, porque su mamá se fue a Costa Rica en busca de “bienestar” cuando él era un bebé. Su tragedia la resume así: “Muchas veces quise estar preso porque ellos tienen un lugar caliente donde estar, en cambio yo me mojaba todas las noches y tenía hambre”
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A los 9 años Jasser Jackson Zeas no deseaba el juguete de moda, ni tampoco ropa y zapatos de las mejores marcas, él sólo añoraba estar preso como si se tratara de alcanzar la gloria. “Le dije a un policía ‘écheme preso’. ¿Por qué?, me preguntó. Porque quiero tener donde dormir, los presos duermen calientitos y yo no deseo seguir durmiendo en las calles, llueve mucho y me mojo”.
Al recordar la vorágine de la niñez que le tocó vivir, Jasser Jackson Zeas no se inmuta, su tono de voz se mantiene constante aunque sus ojos se tornan brillantes, cuenta que desde que era un bebé su madre lo dejó en el Fonif de Rivas (Fondo Nicaragüense de la Niñez y la Familia) para irse a Costa Rica en busca de trabajo.
“Ella se fue en busca de bienestar, a mis dos hermanos mayores los dejó con mi abuela y a mí en el Fonif. La edad que tengo, ella tiene de estar en Costa Rica. No la conozco y nunca supe de ella y por eso me he criado solo”, dice.
Jasser cumplirá 14 años el próximo mes, vive ahora en Ochomogo, Rivas, al amparo de una iglesia evangélica. Estudia el primer año de secundaria y se ha convertido en el cantautor del grupo musical cristiano Fuego de Jehová.
Al rememorar su historia hace énfasis en aspectos dolorosos y aleccionadores. “Mi padre me sacó del Fonif, de ahí me llevó a su casa, pero pronto se casó y cuando empecé a tener uso de razón, como de cinco o seis años, no soporté los maltratos y me fui a las calles”.
SIETE DÍAS SIN COMER
Sus pasos inciertos lo llevaron por veredas y montes, donde se alimentaba de mangos y guayabas y se guarecía bajo los árboles del sol, el frío o la lluvia.
“Recuerdo una vez que nadie me daba nada, pasé siete días sin comer. La gente que vive en El Jabillo (Potosí) fue testigo de eso, unos pobladores me encontraron deshidratado y con lepra de monte, de tanto dormir a las orillas de unas vacas. Me daba mucha fiebre y unas personas se interesaron por mí y me ayudaron”.
Agrega que “me dieron de comer y me curaron hasta que me fortalecí y dejé El Jabillo. Me monté en un bus y llegué a Jinotepe. En ese lugar dormía en la acera de un instituto, en el día andaba en el mercado o en las calles junto a unos chavalos vagos, pero en las noches no sabía a dónde ir, fue en ese momento que desee estar preso”.
Hace un año Jasser se volvió cristiano, pero aún no ha podido perdonar el abandono de su madre y su consecuente sufrimiento. “No sabría qué hacer si apareciera. Las calles son duras. La gente ve a los niños en las calles pidiendo y los maltratan y no saben por qué lo hacen. Aunque en el día yo no tenía problema, uno se la juega pero las noches eran las más duras, tanto que muchas veces quise estar preso porque ellos (los presos) tienen un lugar caliente donde estar, en cambio yo me mojaba todas la noches y tenía hambre”.
“En las noches todos se iban a sus casas y yo me quedaba solo de nuevo en las calles, sin tener dónde dormir; y cuando llovía era lo peor, debía esperar el sol del otro día para secarme”.
EL PRIMER MACHETAZO
Así como Jasser Jackson crecía físicamente, crecían los peligros a su alrededor y pronto cayó en los vicios. “Cuando empecé a ser un poquito más hombre, me gustaba caminar con el grupo de chavalos, a veces nos agarrábamos con otros. Yo hasta veía normal que nos machetearan, siempre pensaba, eso pasa hoy y ya mañana no sucede. Fue ahí (en Jinotepe) donde recibí mi primer machetazo en el brazo, en un pleito”.
A los 11 años Jasser regresó a su tierra, Belén, pero no a casa de sus parientes. “Yo sé que ahí viven mis abuelas, pero no voy, para mí son extraños”.
En ese sitio, aún con su contextura muy delgada, recibió un segundo machetazo.
“A mí la vida me ha dado muchos golpes por todos lados, cuando me fui a Belén, a la comunidad de Pueblo Nuevo llegaron a vivir unos chavalos de los ‘Comemuertos’ (pandilla) y ellos me pegaron ese machetazo en una fiesta donde se formó un pleitón”.
“Después del machetazo, en otro pleito me quebraron la mano con un tubo; fue ahí que perdí mis sueños de jugador. A mí me gustaba jugar beisbol y ellos me desgraciaron la vida, yo pensaba que jugando podía tener un futuro bueno”, se lamenta.
Luego le quebraron un pie y “ahí sí me arruinaron porque también jugaba basquetbol, pero así ya no podía hacer nada. Ahora juego, pero no como antes y pensaba, por dónde voy a salir adelante, si ya estoy todo quebrado”.
Jasser, quien gesticula como si fuera rapero, deja entrever un implante en su dedo anular de la mano derecha de color muy oscuro y dice: “Esto fue otro machetazo en un pleito, pero no me quedó bien”.
Cuenta que se volvió pandillero en Belén y se encaminó a los vicios. Los mayores del grupo lo mandaban a comprar cocaína y llegó a consumirla. “Siempre me mandaban a comprar las ‘noñas’, el que las vendía me conocía y no había falla. Empecé a masticarla por curiosidad, sentí que la boca se me entumía, pero a la vez me sentía rico, con mucha fuerza, que me podía agarrar con cualquiera y me gustó”.
Como la droga era cara, se dedicó a las apuestas en los juegos de billar y naipes. “La suerte me llegó una noche, una señora se me acercó y me dijo: ‘A vos te gusta el juego pero mucho perdés, te voy a dar una oración para que ganés’. Rezaba esa oración y empecé a ganar y así podía invitar a mis amigos a droga”.
Antes de cumplir los 12 años, Jasser Jackson fue afectado por una sobredosis de droga. “Con las drogas hice lo que hacía con el guaro”, relata. Prensé marihuana con cocaína y mi cerebro no aguantó. Fui a parar al hospital, pero cuando salí me fui a unos chagüitales con mis amigos, nos robamos unos plátanos y compramos droga, esa tarde la pasamos bien”.
A LA ESCUELA
Los hermanos de la Iglesia evangélica de Ochomogo conocen a Jasser como “Pedro”, quien canta y predica, aunque corre el riesgo de suspender sus estudios.
“Yo quisiera poder ir a la universidad, pero para mí es difícil, no tengo un trabajo, he ido a las zonas francas, pero por mi edad no me agarran. Ahora he encomendado mi vida a Dios, que Él haga lo que quiera de mí. Muchos me han profetizado cosas grandes”, dice.
SU ÚNICO PANTALÓN
De pronto para de hablar, explica que debe suspender la entrevista porque necesita ir a lavar su único pantalón, un descolorido y ancho pantalón azul que usó antes un amigo de él. “Debe estar seco antes de la una de la tarde para ir a clases, siempre hago así, lo lavo en la mañana y siempre se seca”.
“Estoy en primer año, pero no sé hasta dónde pueda llegar; ahora voy porque una muchacha me regaló sus cuadernos que usó el año pasado y escribo en las páginas que ella dejó en blanco”, agrega.
Otro amigo le regaló una mochila y estuvo listo para recibir clases.
“En las calles siempre ando viendo si me hallo un cabito (de lápiz) o un lapicero que alguien haya botado para poder escribir. Muchos chavalos me han dicho que me admiran, porque vivir así le cuerea”, cuenta mientras sonríe.
Los estudios primarios los hizo en Belén, con ayuda de una señora muy pobre que un día le dijo: “Hay está ese cuarto viejo, ahí podés estar…”
“Ahí estuve en esa casa sin molestar, en el día me dedicaba a andar en los solares comiendo mangos, pero también iba a la escuela”, detalla Jasser como quien cuenta la culminación de una hazaña. “Saqué mi partida de nacimiento, en la Alcaldía, y me matriculé en un programa de primaria acelerada; hice varios grados juntos y pasábamos aunque no supiéramos”.
