El fin y los medios en política

Dos fueron las principales causas del debilitamiento y caída de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS): 1. La inmoralidad ideológica de sus dirigentes, manifestada en la convicción maquiavélica de que el fin justifica los medios. 2. La castración espiritual de sus ciudadanos, esto es, el sacrificio forzado de su individualidad y de su libertad […]

Dos fueron las principales causas del debilitamiento y caída de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS): 1. La inmoralidad ideológica de sus dirigentes, manifestada en la convicción maquiavélica de que el fin justifica los medios. 2. La castración espiritual de sus ciudadanos, esto es, el sacrificio forzado de su individualidad y de su libertad ante el altar del Estado totalitario.

En política —como en cualquier otra esfera de la vida— para conseguir fines que además de buenos sean duraderos, hay que utilizar los medios correctos. No es cierto que el Estado constituya un fin último o un fin en sí, como pretenden hacernos creer quienes están interesados en justificar dictaduras de todos los colores. El Estado es un medio para procurar el bien común y es manejado por personas que son sujetos morales, es decir, responsables de las políticas de Gobierno. Son seres humanos concretos los que constituyen el Estado y que le dan sus rasgos característicos. Si los funcionarios estatales son fascistas o comunistas, el Estado será fascista o comunista; si son corruptos, el Estado es corrupto; si son dictadores, el Estado será una dictadura; y si son demócratas, el Estado será democrático.

Por lo tanto, por encima de las ideologías, de las clases y de las luchas sociales, es necesario afirmar la existencia de una moral universal que guíe la conducta de los individuos que ostentan el poder estatal. Fue precisamente la falta de esta moral lo que causó la total y absoluta deshumanización de la nación comunista y/o revolucionaria —ya fuese en la extinta Unión Soviética o en la Nicaragua sandinista de los años ochenta—, en cuya esfera todos se volvieron de pronto prescindibles y dispensables en aras del sacrosanto fin llamado Estado.

Stephen Spender dice que “cuando los principios deshumanizan a los hombres, la sociedad que estos hombres crean se deshumaniza también. Aún cuando yo nunca he compartido la opinión de Aldous Huxley, de que todo poder se corrompe, creo que la única manera de preservar al poder de la corrupción es humanizarlo por medio de la humildad. Sin humildad el poder degenera en persecuciones, ejecuciones y mentiras públicas”.

Es, pues, legítimo exigir un cierto comportamiento ético de parte de los que gobiernan para que no conviertan a los gobernados en instrumentos, en medios, en esclavos al servicio del poder estatal. El progreso material degrada a la gente si para conseguirlo hay que pasar sobre la dignidad humana.

Si fuera verdad que el fin justifica los medios, entonces el reino milenario de paz y prosperidad ofrecido por Adolfo Hitler a la adormecida Alemania de la primera parte del siglo XX, justificaría la destrucción de Europa y el asesinato de seis millones de judíos. Y de igual manera, el proyecto comunista de una sociedad sin clases y sin propiedad privada justificaría el asesinato de millones de soviéticos por órdenes de José Stalin. La cruzada de los terroristas islámicos contra el “imperialismo norteamericano” justificaría la voladura de las Torres Gemelas de Nueva York. La obtención de la Presidencia de la República por el FSLN, justificaría el pacto Alemán-Ortega. La indignación ante los abusos de gobernantes dictatoriales como Somoza García y Somoza Debayle, justificaría su asesinato.

No puede ser que la política tenga sus propias leyes y su moralidad particular. La política —expresada en la administración pública— debe velar porque en la sociedad haya justicia en el más amplio sentido del término. Pero este fin debe lograrse con medios que no avergüencen. Cuando los gobernantes y los políticos se confabulan para administrarse a sí mismos como clase, en detrimento del pueblo y para crear las bases que les permitan perpetuarse en el poder, estamos ante un Estado inmoral.

Por eso, decir que en política el fin justifica los medios y que el Estado está por encima de la ética es un modo de racionalizar el crimen y la inmoralidad; es un pretexto para calmar conciencias de corruptos; es una defensa conveniente del estatus quo; es un cinismo ofensivo que la población y los políticos auténticamente democráticos no deben tolerar.

×

Apoye el periodismo independiente. Lo invitamos a compartir este contenido.

Comparte nuestro enlace: