LA DICTADURA NO PUEDE OCULTAR LA VERDAD

Hoy se cumplen

14
días

desde que nuestras instalaciones fueron tomadas y nuestro gerente general Juan Lorenzo Holmann fue detenido.

con las instalaciones tomadas y nuestro gerente general Juan Lorenzo Holmann detenido.

(La Prensa/René Ortega)

Mina El Limón en los recuerdos de “Ñaringa”

Cosas veredes Sancho Amigo [doap_box title=»¿Qué era La Chanchera?» box_color=»#336699″ class=»archivo-aside»] Era el comedor puesto por los americanos. Era administrado por doña Emilia Santamaría. La comida se compraba con fichas. Si quería la comida corriente entregaba una ficha, si quería comer más regular daba dos fichas. El paquete de fichas costaba 16.50 y tenía 21. […]

  • Cosas veredes Sancho Amigo
[doap_box title=»¿Qué era La Chanchera?» box_color=»#336699″ class=»archivo-aside»]

Era el comedor puesto por los americanos. Era administrado por doña Emilia Santamaría. La comida se compraba con fichas. Si quería la comida corriente entregaba una ficha, si quería comer más regular daba dos fichas. El paquete de fichas costaba 16.50 y tenía 21. “Como uno ganaba barato, pues barato lo vendían”, dice “Ñaringa”.

Ahora donde estaba La Chanchera está el instituto de El Limón. El comedor se acabó.

[/doap_box]

Bajo el ardiente sol de junio El Limón cae en una modorra contagiosa de brea derretida. “Ñaringa” se despoja de la camisa y bajo un cobertizo intenta refrescar la memoria de sus tiempos como minero

Que todas las cosas nacen, crecen, se desarrollan y mueren es el destino manifiesto de la vida, y los pueblos no escapan a esa suerte.

El Limón se muere, pero puede decir con orgullo de mortaja la letrilla de aquel viejo romance del medioevo: “Ayer maravilla fui, y hoy ni mi sombra soy”.

“Este pueblo era parásito del oro —dice ‘Ñaringa’—, y al agotarse las vetas también se fueron secando las venas y arterias que le dieron vida”. Añade que no encuentra explicación al fenómeno de aferrarse como garrapata a esta tierra de cerros pelados y escasa vegetación. “Muchos se han ido para Costa Rica o a los países del norte, otros como yo se quedan. ¿Para dónde voy a ir si siempre voy a cargar mi pobreza?”

Pasa una niña vendiendo cajetas, “Ñaringa” le hace un gesto de tristeza, la pequeña entiende y sigue su camino arrastrando las chinelas por la calle gris. La nota alegre la ponen los alumnos del instituto mixto que vestidos de azul y blanco regresan de sus clases. Las niñas más grandecitas ya estrenan novio y muy acarameladas pasan agarradas de la mano del orgulloso machito. Aquí el varón marca terreno abrazando por la cintura a su posesión.

Entramos al poblado preguntando por Domingo Ramón Betanco Vásquez. Ni referencias. Caras cejijuntas ante nuestra pregunta. “Es un señor alto, moreno, robusto, cara grande y pelo casi canoso”, explicamos. “Debe ser aquel al que le dicen ‘Ñaringa’ —dijo un chavalo—, vive allá por donde está la camioneta azul”.

Así dimos con “Ñaringa”. Le contamos la aventura de nuestra búsqueda y se ríe. “Ese es un mal apodo de cuando era chavalo. Estaba jugando beisbol y pegué un batazo y la bola fue a quebrar la teja de la casa de doña María Lumbí, sale muy brava la señora y me dice: ‘¡Ñaringa! ¡A joder a su casa!’. Mis compañeros oyeron y desde entonces me quedé como Ñaringa”.

“Es más, tengo dos hermanas de padre en San Benito que vinieron a buscarme y no me hallaban. De casualidad llegaron donde la Elvira Juárez, y le preguntaron si conocía a Ramón Betanco. Miren, les dijo, búsquenlo por ‘Ñaringa’ y cualquiera les da la dirección. Así dieron conmigo, teníamos cuarenta años sin vernos y por nada no nos vemos”.

¿Cómo vino a parar a este mineral?

Allá por los cuarenta este fue un emporio minero al que venía mucha gente a buscar riqueza fácil. A la Bernabela Betanco, madre abandonada y con tres hijos, le alegraron el oído, dejó San Juan de Limay donde vivía hambreando y se vino con nosotros a trabajar de sirvienta donde doña Rufa Castellón.

Llegué aquí de 12 años y comencé a trabajar a los 19 como empleado de la Compañía Minera, me integraron a las cuadrillas que hacían la limpieza del pueblo al puro bordón y machete. Me pagaban 24 pesos a la semana.

¿Qué hacía con 24 pesos a la semana?

No mucho, pero ya me sentía gallito de patio. Me enamoré de esa mujer que está allá. Ella vivía en El Papalón y ahí iba a visitarla. La madre le decía: “¿Pero qué vas a hacer con un hombre que gana 24 pesos, con eso te va a mantener? Eso hirió mi orgullo y le pedí a mi jefe, don Julio, que me pasara a los molinos. Aceptó. Ahí ganaba 72 córdobas a la semana.

¿Nunca bajó a las cavernas de la mina?

Yo era pitcher de El Limón y una vez llegó a retarnos un equipo de Ciudad Darío. Mister Long, el capitán de la mina, llegó a traerme a los molinos porque nuestra novena iba perdiendo, pero el capataz se negó a darme permiso. Long entonces se fue donde el superior del capataz, don Guillermo, y este accedió a prestarme. Llegué pues al cuadro, me puse a lanzar y ganamos 3 a 2. Cuando volví el capataz me corrió porque dijo que yo había pasado sobre su autoridad. Fui donde mister Long y este nada dijo, pero me trasladó de los molinos a la mina. Yo tenía miedo porque ahí los hombres trabajan a profundidades de 800 a mil pies.

Hice de tripas corazón, pues sólo de estar en la boca de la mina me temblaban las piernas. Ahí trabajé de burrero, que es el que maneja una máquina de batería que hala cinco carros de material extraído de la mina. Ahí ganaba 180 córdobas semanales, pero pasé más que miedo, terror, cuando me tocaba llegar hasta el nivel 4, a través de un chiflón bajaba en cuatro patas, bañado en sudor helado.

¿Cómo era la vida en ese entonces?

Fueron tiempos mejores, a pesar que uno ganaba poco la vida era regalada y tranquila. En ese tiempo los trabajadores le hacíamos poco caso a los frijoles porque la Empresa tenía una carnicería de primera para el trabajador. Uno llegaba y pedía tantas libras de carne y no había límites porque la carne era buena y barata, una libra de hueso valía un chelín, hoy vale trece córdobas.

¿Cuándo comenzó el auge de estos minerales?

Sé que el descubridor de la primera veta se llamaba don Félix Alduvín. Él pastoreaba sus vaquitas aquí y vaqueando dio con un palo de Limón de esos que aún quedan por aquí, y al lado del arbolito descubrió la veta. Después llegaron unos ingenieros y ya miraron que la veta pagaba, entonces por el palito le pusieron El Limón. Yo calculo que eso ocurrió hace unos doscientos años porque yo tengo 73 años.

¿Cómo era este lugar cuando usted llegó?

Sólo habían casitas de palma y las mejores casas eran el Comisariato y el Comando. Claro que los jefes norteamericanos vivían en casas de lujo, hasta tenían un hotel, eso quedaba en la parte de arriba. Gozaban de energía eléctrica y servicio de agua. Casi no se mezclaban con los mineros y sus fiestas y reuniones eran muy exclusivas. Para ese tiempo los trabajadores de la mina eran más de setecientos, los días de pago había que hacer una gran cola para pagarse, ahora sólo hay 250, unos se fueron otros se han muerto y otros quedamos aquí gracias a Dios todavía.

Pero la empresa hacía algo bueno, le daba trabajo con preferencia a los habitantes del pueblo porque decían que los que llegaban de afuera eran vagos o aventureros. Teníamos un Comisariato bien surtido donde nos daban a precio de costo. Las noches eran alegres, había muchos bares, cantinas, billares y casas de prostitución.

Dicen que los muertos asustaban en las cavernas de la mina.

Una vez estaba adentro con otro compañero en una galería donde había un gran charco de agua. Estábamos descansando sobre el carrito, cuando en eso oigo pasos de alguien que viene chapoteando en el agua, entonces vengo y le pongo la luz y el agua serenita. Quité la luz y los pasos vuelven a oírse. “Levántese jodido que nos están asustando”, le grito. “Lo que pasa es que sos miedoso”, me dice. Volvimos a poner la luz y el agua como que si nada, serenita, serenita.

×

Apoye el periodismo independiente. Lo invitamos a compartir este contenido.

Comparte nuestro enlace: