Sacerdote católico
Su Santidad Benedicto XVI ha dedicado este período, entre el 28 de junio del 2007 hasta el 29 de junio del 2008, como un año jubilar dedicado a San Pablo, con motivo del dos mil aniversario de su nacimiento, pues aunque el año de su natalicio no es conocido fielmente, se presume que fue entre el año seis y diez de nuestra era.
Es una fecha simbólica, que enaltece la figura admirable del apóstol de los gentiles, nacido en Tarso (territorio de la actual Turquía), ciudadano romano, hijo de hebreos, alumno de Gamaliel y aunque no conoció corporalmente a Jesucristo, poseyó una experiencia con Él, que le cambió radicalmente la existencia e influyó contundentemente a la propagación de la Buena Nueva, no únicamente entre los judíos sino en el mundo conocido de su época.
Cuando experimentamos que Jesús es Dios mismo hecho hombre y luchamos por ser insobornables discípulos, es que logramos decir con San Pablo: “… juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo” (Filipenses 3,8).
En los Hechos de los Apóstoles, así como en sus cartas, conseguimos meditar la grandeza de este mensajero, que sufrió hambre, sed, persecución, injusticias, soledad, agotamiento y amó al extremo, que dio su vida por Cristo. Fue decapitado, en Roma, bajo la tiranía de Nerón.
San Pablo relata su conversión: “Caí al suelo y oí una voz que me decía: Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues?”. Yo respondí. ¿Quién eres, Señor? Y él a mí: Yo soy Jesús, a quien tú persigues… Yo dije: ¿Qué he de hacer Señor? (Hechos 22, 7-9).
Interesante, profundizar ese encuentro con Cristo Vivo que tiene Pablo y el diálogo que sostienen. La Sagrada Escritura nos da una contestación profunda, que todo aquello que hagamos con los demás, al mismo Cristo lo hacemos.
En nuestra sociedad, muchos que nos llamamos cristianos podemos estar muy lejos de lo que realmente quiere el Maestro, cuando nuestras acciones contradicen totalmente sus enseñanzas, de amor, de justicia, de negación a todo aquello que corrompe el corazón de hombres y mujeres y trae como consecuencia una desigualdad tal, entre nosotros, que debería avergonzarnos creernos creyentes del Dios vivo.
¿Seremos capaces de quitarnos esa impermeabilidad a la Palabra de Dios? ¿Seremos capaces de despojarnos de la avaricia que nos pervierte al extremo de olvidar que el prójimo es también Hijo de Dios? ¿Seremos capaces de recapacitar con seriedad, que migajas de “mal llamadas caridades” hechas, para acallar la voz de la conciencia, no son más que insultos al mismo Cristo, en la persona de los más débiles?
Urgidos estamos Jesús de que nos derribes de nuestras propias seguridades. Que con tu resplandor podamos reconocernos ciegos, para ver las realidades desde la óptica de Dios y de esa forma meditar las palabras de tu apóstol: “Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que os ofrezcáis a vosotros mismos como un sacrificio vivo, santo, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual. Y no os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto”. (Romanos 12, 1-2).
