- El Salvador continúa la misión en Irak. ¿Cómo le beneficia?
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En una ceremonia en un día soleado, el presidente Elías Antonio Saca, junto al alto mando de la Fuerza Armada salvadoreña, entregó solemnemente la bandera nacional al coronel de artillería José Atilio Benítez Parada, quien recibió lo que quizás sea la misión más importante de su carrera.
Haciendo a un lado las críticas, Saca acaba de enviar a Irak al noveno contingente del Batallón Cuscatlán. El coronel Benítez Parada es el jefe del contingente. La unidad partió el viernes pasado.
El Salvador es el único país latinoamericano que mantiene tropas en el país árabe. Nicaragua, Honduras y República Dominicana también se unieron a la ocupación británico-norteamericana posterior a la invasión que derrocó al dictador Saddam Hussein, pero en el curso de un año retiraron sus contingentes.
¿Por qué sigue El Salvador en Irak y qué ha ganado? ¿es una muestra de lealtad y fidelidad a su principal aliado, es un pago o una manifestación de dependencia y subordinación?
Las tropas estadounidenses, unos 165 mil hombres, soportan el peso principal de las acciones de combate contra la insurgencia nacionalista y los terroristas de Al Qaeda. El Reino Unido mantiene unos 5 mil; a esas cifras deben agregarse varios miles de soldados de una docena de países más. Aunque cuentan con miles de efectivos, las Fuerzas Armadas iraquíes aún son incapaces de asumir toda la responsabilidad del convulsionado país, sumido en una guerra civil y convertido en una formidable escuela para los extremistas del mundo musulmán.
El destacamento salvadoreño se sitúa en Hilla, una región chiíta del centro sur, donde son escasas las acciones rebeldes. Sus tareas son de patrullaje y humanitarias, reza la versión oficial.
“Los proyectos a ejecutar por este (noveno) contingente irán encaminados a mejorar las condiciones de vida del pueblo iraquí, a través de proyectos como reconstrucción de infraestructuras, equipamiento de escuelas y clínicas de salud, habilitación de puentes y plantas purificadoras de agua”, informa el sitio web de la Fuerza Armada de El Salvador. Lo mismo han hecho sus antecesores.
Hasta la fecha, cada contingente contaba con 380 hombres, excepto el primero, que era de 360. Esta vez, se envió solamente 280 efectivos. El gobierno explicó la reducción por la decisión de los aliados de disminuir progresivamente la presencia militar desde este año.
El impacto general del batallón centroamericano en la situación militar es, pues, prácticamente irrelevante.
Antonio Martínez Uribe, experto salvadoreño en seguridad y relaciones cívico-militares, coincide con la noción de que los motivos son meramente políticos y ve una escasa utilidad de esa colaboración.
“El significado es más político que militar (…), tiene más importancia para la política interna salvadoreña aunque al mismo tiempo sirve para la política exterior mundial de EE.UU. y concretamente del señor Bush (el presidente estadounidense George W. Bush). Pero la importancia militar del batallón salvadoreño no tiene mayor impacto”, afirmó Martínez Uribe en un correo electrónico con respuestas a unas preguntas de LA PRENSA.
“Siguen regresando nuestros refugiados desde EE.UU. (Parece) que el único beneficio es y será para los militares salvadoreños”.
El analista alude así a las deportaciones masivas de inmigrantes que lleva a cabo Washington, las cuales alcanzan récords históricos este año. Hasta el lunes 13 de agosto, EE.UU., había deportado a 12,540 salvadoreños (el doble de la cifra del mismo período de 2006), de los cuales 2,727 tienen antecedentes penales, de acuerdo a Migración de El Salvador.
El pequeño país recibió más de 3,300 millones de dólares en remesas el año pasado. Los envíos son la fuente de ingreso más importante de la población. Más de dos millones y medio de salvadoreños viven en EE.UU.
La importancia del mercado estadounidense —principal destino de las exportaciones—, la asociación a través del DR-Cafta, y las inmensas remesas, hacen evidente una alta dependencia. Además, está la estratégica alianza política de la derecha con Washington, una relación clave en el conflicto armado de 1980 a 1992.
En 2003, el presidente Francisco Flores manifestó que el apoyo era un gesto de reciprocidad por los emigrantes. Consideró que el derrocamiento de Hussein era “un mal menor” ante el peligro que representaba. El Ejecutivo de Saca mantiene la línea de que se trata de aportar a la lucha contra el terrorismo y a la mejoría del pueblo iraquí.
El FMLN sostiene que su país está legitimando una ocupación ilegal “imperialista”.
El máximo líder del socialdemócrata Centro Democrático, Héctor Dada, afirmó el año pasado que “en las cancillerías latinoamericanas y del mundo se aprecia a El Salvador como una nación sin política exterior propia. Esto es un fracaso. El gobierno alega que nuestras relaciones con Estados Unidos benefician a nuestros inmigrantes, pero Washington tiene aliados más fuertes que no tienen tropas en Irak”.
Con él coincide Martínez Uribe. “El Salvador no tiene intereses, supuestamente nuestros intereses son los de EE.UU.”, dice.
La Iglesia es ambigua. Se congratula por la ayuda al pueblo iraquí, pero manifiesta preocupación por el peligro que corren los soldados.
La administración republicana ha renovado en varias ocasiones el Estatus de Protección Temporal (TPS) para unos 230 mil salvadoreños que llegaron después del huracán Mitch (1998), pero ese grupo es una minoría entre la diáspora cuscatleca. Sin embargo, la muerte de la reforma migratoria en el Congreso golpea directamente a los salvadoreños.
EE.UU. concedió amplios beneficios a todos los firmantes del DR-Cafta, no solamente a El Salvador.
El FBI ha abierto un centro antipandillas en San Salvador pero el gobierno norteamericano está sordo e insensible ante el clamor contra las deportaciones.
El balance costo-beneficios no es simple y depende de quién la haga.
