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El retorno de los valores

“Una sociedad en la que Dios está ausente no encuentra el consenso necesario sobre los valores morales y la fuerza para visitar según la pauta de estos valores, aun contra los propios intereses”. (Benedicto XVI) Parece ser unánime la queja de abuelos y padres de familia, de todo tipo de gente de la segunda y […]

“Una sociedad en la que Dios está ausente no encuentra el consenso necesario sobre los valores morales y la fuerza para visitar según la pauta de estos valores, aun contra los propios intereses”.

(Benedicto XVI)

Parece ser unánime la queja de abuelos y padres de familia, de todo tipo de gente de la segunda y tercera edad, por la pérdida vertiginosa y galopante, de los valores humanos y cristianos que antes regían la vida individual y, hasta un punto considerable, los sistemas sociales, educativos y políticos en nuestra Patria. ¿Pero la pérdida de los valores dentro de nuestros contextos no es acaso efecto lógico y natural de la pérdida o ausencia de Dios en la vida del hombre?

Llamamos “valor” a todo aquello que de por sí es valioso, que “vale” objetivamente. Pero este valor no se puede imponer como tal en la familia y en la sociedad mientras no sea tenido y asumido individual y colectivamente como un valor. La verdad, la justicia, la libertad, la sinceridad, la solidaridad y la paz, por ejemplo, son valores humanos dignos de tomarse en cuenta si en verdad deseamos una sociedad en permanente construcción. El mundo será mejor si logramos que sus hombres y mujeres sean mejores moral y espiritualmente, no sólo en el orden material o económico. Incluso no se puede dar un verdadero progreso económico en una nación si éste no proviene de un progreso moral sobre todo en la conciencia de sus funcionarios públicos.

Dios es el primer valor y el fundamento de todos los valores. Lo que más vale, lo más importante, “la mejor parte”, lo único absolutamente necesario. Cuando para el hombre Dios no vale nada, nada vale nada. El respeto a Dios nos induce y conduce a respetar al prójimo. Cuando Dios tiene importancia para mí también la tienen consecuentemente mis semejantes.

Al decir “que Dios está ausente” de ninguna manera se está admitiendo “la muerte de Dios”, como neciamente soñaba el filósofo; se hace observar, se señala más bien que Dios ha sido “ausentado” o rechazado de la vida personal y social, lo cual se nota fácilmente por el derrumbe de gran parte de los valores morales tan apreciados en otros tiempos.

No pocos cristianos sucumben con gran facilidad frente a esa mentalidad sin freno y distorsionada que no presenta frontera limítrofe entre el bien y el mal, la verdad y el error, la justicia y la injusticia, donde “el fin justifica los medios” y es “bueno” lo que nos conviene egoístamente a nivel personal, empresarial o comercial, político o gubernamental, sin importar el mal real que se ocasiona a personas individuales o al bien común.

Los antivalores nos están invadiendo. Es entre nosotros los cristianos que la sociedad actual debe encontrar el “consenso necesario sobre los valores morales y la fuerza para vivir según la pauta de estos valores, aun contra los propios intereses”…

Cuando Dios sea para nosotros el primer valor, se recuperarán los demás valores.

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