- Destinar tierras agrícolas a la producción de biocombustibles preocupa a muchos. Pero las opciones son ingeniosas
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Buenos Aires
¿Preocupado porque los precios de las tortillas de maíz, la feijoada o el yogurt achican su bolsillo? No culpe al gobierno de turno. Al menos, no toda la responsabilidad es suya. En los últimos 18 meses el costo de los alimentos subió un 23 por ciento en todo el planeta, según el FMI.
Es un alza sin precedentes en tiempos de paz. Para la OCDE la responsabilidad la tienen el aumento de la demanda en China, India, como también la originada en los mismos países latinoamericanos, y el creciente uso de agroalimentos para fabricar combustibles.
En efecto, el boom anunciado del uso de caña de azúcar, maíz y soja, destinado a producir etanol o biodiésel no es sólo un factor que presiona al alza estos productos y sus derivados (el jarabe de maíz, JMAF, que va en casi todas las gaseosas, por ejemplo), sino que una gran gama de otros cultivos se ven en peligro.
¿Cómo? Simplemente porque los agricultores creen que a largo plazo el maíz y la soja serán más rentables.
No hay que ser brillante para descubrir que la única manera de escapar al dilema de elegir entre alimentar a una población o a los vehículos que usa esa población es innovar obteniendo biocombustibles de cultivos no tradicionales, que ocupen tierras no agrícolas. O que no ocupen tierra alguna.
Esto último es el objetivo del presidente de la argentina Oil Fox, Jorge Kaloustian. “La solución son las algas”, dice. Desde 2005, asociado a la Universidad Nacional de la Patagonia y a la empresa Biocombustibles de Chubut, busca las especies que posean el mayor potencial de producción de aceite, para transformarlas en combustible. “De cien mil especies hemos elegido cuatro: no sabe lo que hemos sufrido para encontrarlas”.
PISCINAS DE MAR
Tal esfuerzo vale la pena. “Una hectárea sembrada con soja puede producir 446 litros de aceite —explica Alberto Luis D'Andrea, experto en el tema y director de la carrera de Biotecnología de la UADE, en Buenos Aires—; una de palma llega a lo máximo a 5,950 litros”. ¿Las algas? “Desde un mínimo de 58,700 a un máximo de 137,000 litros”. En este último caso la diferencia proviene de las condiciones de estrés a que estén sometidas. Más estrés, más aceite.
La distancia que le sacan las algas a la soja sorprende: casi 150 veces más en condiciones mínimas. Kaloustian hierve de entusiasmo. “Ya empezamos la due diligence con un grupo de inversionistas suizos”, relata. “Su aporte será de unos US$60 millones”.
Su plan es usar agua de mar en un campo de piscinas frente al Atlántico Sur. Asegura que las ventajas son muchas: “Una planta que produzca 240 mil toneladas, completa y nueva, cuesta acá US$10 millones. Seis veces menos que la misma en Europa”.
Y esto no sólo tiene que ver con los precios en la Argentina postdevaluación. También está relacionado con el mejoramiento de procesos de extracción y refinación.
Y la búsqueda de aplicaciones rentables. “Estamos trabajando con seis universidades en distintas áreas”, dice. Una es la “extracción supercrítica”, en la cual se busca optimizar la obtención del aceite a altas presiones. Con la Universidad Nacional de Córdoba, el interés se centra en aditivos para evitar la congelación del biodiésel a bajas temperaturas.
Precisamente, uno de los desarrollos más incitantes en biocombustibles en la región es la asociación entre el Departamento de Innovación Tecnológica de la Fuerza Aérea Argentina y cuatro universidades, que busca obtener un “biojet”, un combustible que pueda mezclarse con el JP-1, el combustible de mayor uso en los aviones de turborreactores. El proyecto incluye evaluar otros aceites como los provenientes del algodón.
El tártago es otro de los cultivos atípicos que levantan esperanzas. Produce tres veces más aceite que la soja y no es alimento. Su defecto es que la inversión inicial es más alta que la de un campo de soya. También sale más cara la inversión y el cuidado de una hectárea de jatropha, un arbusto que crece feliz en zonas áridas, aunque tarda tres años en entrar en producción.
“La jatropha y el tártago no son alimenticias, no buscan suelos óptimos y se adaptan a espacios semidesérticos”, explica Miguel Díaz Parodi, gerente comercial Latinoamérica de NewFuel, empresa que fabrica plantas de biocombustibles. La jathropa en particular demora en producir, remarca, “pero dura 40 años y es perenne”.
