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Los hijosde las remesas

Cerca de un millón de niños nicaragüenses viven sumergidos en la tristeza porque no están con sus padres, quienes han emigrado por falta de trabajo. Ellos se encuentran en una especie de orfandad hasta hoy ignorada y no registrada en las estadísticas del país. Este es el mayor costo que pagan por las remesas [doap_box […]

  • Cerca de un millón de niños nicaragüenses viven sumergidos en la tristeza porque no están con sus padres, quienes han emigrado por falta de trabajo. Ellos se encuentran en una especie de orfandad hasta hoy ignorada y no registrada en las estadísticas del país. Este es el mayor costo que pagan por las remesas
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El impacto más grande en la vida de los niños es la separación o desintegración de su familia. El sólo momento de la separación del ser querido, agravado por la prolongación en el tiempo, se convierte para los menores en un sentimiento de “pérdida”, un duelo, comenta Martha Cranshaw, coordinadora de la Red Nicaragüense de la Sociedad Civil para las Migraciones.

Para la psicóloga Marlene Toruño, el problema que estos niños enfrentan es doble. No sólo es la separación de los padres, sino que también sufren la separación de su medio ambiente. “Ellos son sacados de su hábitat. Son sometidos a doble luto, son sacados de su casa, su barrio y de sus amiguitos”.

Toruño afirma que aunque existan buenas voluntades, los hijos de los migrantes están solos porque el vacío que deja su mamá y su papá no es llenado por las personas que quedan a su cargo.

Para Toruño, el problema de los hijos de migrantes es una “discapacidad social”. Se les niega el hecho de no tener a su mamá y papá, siendo el padre y la madre referentes de autoridad para todo ser humano.

La psicóloga considera que el costo de las remesas va mucho más allá de la comisión que cobran las agencias de envíos, porque el mayor costo lo pagan los niños que crecen sin sus padres y ven cómo sus familias se fracturan.

Para Toruño, los niños ni siquiera se percatan del valor de las remesas. “Las remesas benefician mayormente a quien las recibe, pero no al menor”.

Aracelly Isamar volvió a reír

“No recuerdo porque estaba muy chiquita y tenía la edad de 7 meses, (se fueron) porque no tenían reales para la leche, ya que ellos eran jóvenes y tenían que trabajar para mantenerme. Cuando se fueron las otras veces me dieron ganas de llorar y no quería que se fueran, estaba muy triste”.

“Desde que mi papi y mi mami se fueron mi vida ha cambiado, ya que he tenido que quedarme con mi abuelita y mis tíos me pegan y regañan. Ahora me mandan cosas, ropa y comida, también me mandan para comprar el uniforme para que yo pueda seguir estudiando. ¡Mamá, papá regresen por favor, porque yo quiero estar con ustedes!”

Ese es el testimonio que escribió Aracelly Isamar Vega, originaria de Las Guayabas, El Jicaral, en el municipio de León y con el que ganó el primer lugar del concurso que promovió el año pasado la Red Nicaragüense de la Sociedad Civil para las Migraciones, que recibió relatos personales de niños a partir de la pregunta: ¿Qué ha significado para mí y mi familia la migración?

Este año Aracelly Isamar ya no carga su pena, porque sus padres Napoleón Vega y María Nelly Vanegas regresaron a Las Guayabas en diciembre pasado. Han acondicionado su nuevo hogar y esperan recuperar los ocho años que perdieron al estar separados.

“Nos propusimos recoger dinero y poder regresar a Nicaragua. Hemos comprado una casa, varias manzanas de tierra y unas vacas para vivir”, relató María Nelly Vanegas, quien aún no sabe si estos años separada de su hija han valido la pena. “Esto es triste, pero teníamos que hacerlo. Yo quería darle una casa a mi hija”.

Pero las huellas de la migración aún están frescas y no han sido superadas por Aracelly Isamar, a quien se le quiebra la voz cuando recuerda sus primeros ocho años de vida lejos de sus progenitores.

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“Sufrí mucho cuando tenía a mi mami fuera. Yo no quería que me trajeran nada, sólo quería que vinieran”, expresa la niña.

El sol incandescente cae sobre la comunidad de Las Guayabas, El Jicaral, municipio de León, y está tan caliente que parece que partirá las piedras de los ríos que se han secado. En la escuelita del mismo nombre los niños reciben clases en dos aulas multigrado. Ahí, en cuarto grado está Víctor Isidro Ruedas Velásquez, de 13 años. Su maestra dice que se ha vuelto muy rebelde y que últimamente está muy nervioso.

Desde hace dos años Víctor Isidro Ruedas, de facciones finas, piel blanca y cabello rizado, vive solo con sus dos hermanitas Cindy Suley Vega Velásquez, de 8 años, y Gretel Vega Velásquez, de 7. A ellos los cuida una empleada, porque su madre, Pilar Velásquez, “está en Costa Rica trabajando para poder criarnos”, señala el niño.

“Vivimos solos. Solos con la Cruz, es una mujer que nos cuida. Me siento mal, porque la extraño mucho (a su madre). Aunque no me hace falta nada en mi casa, me hace falta mi mamá. Sobre todo en las mañanas porque ella siempre estaba a esa hora, aunque la Cruz nos plancha, nos lava y nos hace la comida”, dice cabizbajo con la mirada fija en el suelo, como quien desea ocultar sus penas.

Víctor Isidro dice que no quiere seguir hablando. “No me gusta hablar”. Ahora, más que una entrevista parece un monólogo y sólo se escuchan las preguntas que no tienen respuestas.

Repite que no le gusta que le hagan muchas preguntas, mientras gira la cabeza y dice: “Porque me canso”.

La conversación se corta y sus ojos parecen brillar. Ya no me mira a la cara, oculta su rostro, no pronuncia palabra como anticipando que si lo hace le rodarán las lágrimas por las mejillas.

Logra reponerse y dice con voz entrecortada: “Extraño a los dos” (su papá y su mamá).

Los padres de Víctor Isidro emigraron hacia Costa Rica cuando él era pequeño, posteriormente sus padres se separaron y su mamá se volvió a casar y procreó a sus dos hermanas.

Por un tiempo él y sus hermanas vivieron en Costa Rica junto a su madre y el marido de ésta. Pero desde hace dos años los niños fueron traídos a Las Guayabas, donde son atendidos por una empleada y también por la abuelita de sus hermanas, que los vigila.

ENTRE LA COMODIDAD Y LA AUSENCIA DE LOS PADRES

La casa de Víctor Isidro está a la orilla del camino, cerca de la escuela. Un color verde musgo inunda las paredes de la pequeña pero cómoda vivienda, donde dos ventanas de cristal al estilo veneciano forman la fachada de la casa. Adentro, la sala está tapizada de cerámica de color blanco y un juego de sofá transporta al visitante a otro lugar que nada tiene que ver con esta comunidad donde falta el agua y el transporte colectivo.

Doña Francisca Padilla Laguna, con 26 años de experiencia en el magisterio, es la profesora de Víctor. Ella dice que en la casa del niño no hace falta nada, ni tampoco les hacen falta materiales escolares. “Pero a él eso no parece importarle mucho, sólo quiere tener a su madre”, señala la maestra.

Agrega que “Víctor es muy inquieto, yo lo dejo que se desarrolle como él quiera, le doy permiso que salga a tomar aire, o que se meza en los chinos si quiere, porque estoy consciente de que es un niño especial. Su comportamiento no es normal, porque no vive con su madre, está en manos de una empleada a la que contradice”.

Padilla Laguna señala que la mayoría de sus alumnos viven con sus abuelitas o parientes, porque sus padres han emigrado tanto a Costa Rica como a Managua en busca de mejores condiciones de vida para sus hijos, pero esa situación ha hecho que los menores se vuelven retraídos, inquietos, desobedientes y hasta agresivos.

“Yo hablo con ellos porque los niños son buenos y a lo mejor su comportamiento se debe al trato que les dan, porque están en manos de otras personas que no son sus padres. Muchas veces los abuelos ya están cansados y enfermos y no pueden atenderlos como se debe”, comenta la maestra, quien ha solicitado al Ministerio de Educación que envíe una psicóloga, aunque sea una vez al mes para que pueda hablar con los alumnos.

LA DESINTEGRACIÓN

El Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) ha señalado que las migraciones tienen un impacto negativo en la niñez latinoamericana, por la desintegración familiar y la falta de protección a los niños.

“Si uno, o los dos padres emigran, las responsabilidades del hogar y de la familia recaen en adultos mayores, parientes de segundo y tercer grado, inclusive hermanos. En cualquiera de los casos, existe el riesgo real o potencial de que los niños no reciban el mismo cuidado de salud, alimentación y protección contra abusos y explotación que recibirían en presencia de sus padres”, apuntó Nils Kastberg, director regional de la UNICEF para América Latina y el Caribe, en una reciente entrevista.

El representante de UNICEF ha señalado que la ausencia de los padres implica “la pérdida de referentes principales, y por tanto tiene un efecto psicosocial significativo que puede traducirse en sentimientos de abandono, vulnerabilidad y pérdida de autoestima, entre otros”.

UN MILLÓN DE NIÑOS “HUÉRFANOS”

En Nicaragua existen más de 600 mil niños “huérfanos” de padres migrantes permanentes, según las estadísticas de la Red Nicaragüense de la Sociedad Civil para las Migraciones.

A esta cantidad de niños, que viven en una especie de “orfandad” (aunque no aparecen en las estadísticas del país) por tener a sus padres en condición de emigrantes permanentes en países como Costa Rica, Estados Unidos y más recientemente El Salvador y España, se suman unos 400 mil niños más cuyos padres sólo se van en temporadas cortas a recolectar café, caña, banano o melón a los países vecinos.

Martha Cranshaw, coordinadora de la Red Nicaragüense de la Sociedad Civil para las Migraciones, explica que “en la vida de la niñez nicaragüense la migración deja huellas imborrables; una de las señales más visibles de la emigración en los hogares de Nicaragua es la ruptura del grupo familiar original y la fusión a otros hogares donde se quedan los niños”.

SENTIMIENTO DE TRISTEZA Y DUELO

Según estudios de la red y los resultados del concurso testimonial “¿Qué ha significado para mí y mi familia la migración?”, que contó con una muestra de 283 niños, entre 11 y 14 años, de seis municipios del país (El Jicaral, Malpaisillo, El Sauce, Achuapa, Santa Rosa del Peñón y Mina Limón), la mayoría de las madres migrantes dejan a sus hijos en Nicaragua.

Esa separación genera en la madre, el padre y sus hijos sentimientos de tristeza, impotencia, duelo y angustia.

“Los niños y adolescentes expresan sentimientos de soledad, duelo y a la vez tristeza. Ellos conocen las causas de la emigración de su familiares y hasta lo justifican, pero los embarga la tristeza”, asegura Cranshaw.

Esta organización señala que sólo el 12 por ciento de las mujeres migrantes llevan en su viaje a sus hijos. La mayoría de ellas prefiere que su rol sea ocupado por la abuela, tía o la hija mayor.

“Las peticiones de estos niños están orientadas más en dirección al retorno de sus padres en momentos clave de su vida, como su graduación, cumpleaños, fiesta navideña, Semana Santa”, señala la investigación.

“HA SIDO DURO”

La coordinadora de la Red Nicaragüense de la Sociedad Civil para las Migraciones señala que ante la pregunta original del estudio, “¿Qué ha significado para mí y mi familia la emigración?”, los pequeños encuestados respondieron categóricamente: “Ha sido duro”.

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