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Dos centenarios armónicos

Un esbozo de los dos músicos, su quehacer, composicionesy datos de su vida que reflejan su amor por la música expresada en sus melodías En ocasión de las celebraciones del centenario de una figura nacional como lo es José de la Cruz Mena, fallecido a los 33 años, (1874-1907), es oportuno preguntarse en qué consistiría […]

  • Un esbozo de los dos músicos, su quehacer, composicionesy datos de su vida que reflejan su amor por la música expresada en sus melodías

En ocasión de las celebraciones del centenario de una figura nacional como lo es José de la Cruz Mena, fallecido a los 33 años, (1874-1907), es oportuno preguntarse en qué consistiría el homenaje más adecuado a elevar en su memoria: ¿una estatua magnificante, una nueva e inagotable biografía, claras monografías sobre su obra musical, artículos periodísticos en cadena; llamar con su nombre a una plaza rescatada al más clásico anonimato, arrebatarle el nombre a una mediana biblioteca y ponerle el suyo? Todas esas cosas cabrían, quizás, de un modo o de otro, tratando de limar las ofensas y de acomodar las diferencias o de unir entusiasmos con Alcaldías y empresas privadas y entidades cívicas…

La Asamblea Nacional superó su ausencia cultural declarando fundada una Orden Cultural José de las Cruz Mena. Ahora hace falta hacerla llegar a quienes la merecen en su nombre, como agraciados por él y su obra.

“Ese muchacho no era tan conocido como quisieran sus biógrafos más devotos,” me comentaba hace algunos días el maestro Edgardo Buitrago, entre la profundidad de los corredores de su casa y la serenidad de sus libros, en León; “es hasta ahora que muchos se están interesando en él.” Con Gratus Halftermeyer y Gilberto Vega Miranda, el maestro Buitrago es uno de los primeros biógrafos de nuestro querido músico.

Yo respondería a las preguntas antes señaladas, que lo que habría que erigir en su memoria, de un modo otro, es lo que fue, con gran valor, durante su vida, como hombre que se erige a sí mismo, hecho de tiempo y de olvido, como ha propuesto Borges. De modo que lo que tendríamos entre las manos sería su humanidad, su obra ya perdida en buena parte y su ejemplar legado cívico.

Cuenta el maestro Hilario Isaías Ulloa, en unos apuntes sobre Mena escritos en 1919, que nuestro músico era tan discreto que no traspasaba el umbral de las casas que visitaba sino que permanecía en la calle, de pie, frente a la acera y desde allí conversaba, por no herir susceptibilidades ni exponer a los demás a la contaminación de la lepra que padecía. Cuando el 15 de septiembre de 1904, obtuvo en los Juegos Florales el primer lugar en el área de música, con el vals Ruinas, mientras el público aplaudía calurosamente, él se negaba a entrar al Teatro Municipal, por consideración al público allí reunido. Ese era el hombre que fue: amable hasta en el mayor dolor, consciente del derecho a la integridad de parte de los demás.

Recordado su obra, habría que añadir a los valses, mazurcas, canciones, polkas y marchas que todos conocemos, la música religiosa que compuso con la colaboración del Maestro Ulloa y que se ha perdido quizás irremediablemente. Parece que los documentos en poder del maestro Ulloa (que eran más de 20), se borraron en manos de sus deudos, cuando, una vez fallecido, partieron de León hacia Honduras, pasando, quizás, por Ranchería “un tradicional asentamiento de mestizos y mulatos camino a Somotillo”, al decir de Armando Zamora Fonseca, donde habría nacido el abuelo de parte materna de José de la Cruz y desde donde había llegado para asentarse en León, siendo músico él también.

Años después, cuando el joven filarmónico volvía de El Salvador (1892) buscándole refugio y alivio a su enfermedad y a su desencanto, estableciéndose en las orillas del Río Chiquito, apartado de familiares y amigos por la terrible enfermedad, habría de recuperar la herencia familiar, por las vertiente paterna y materna, de un caudal de musicalidad traída por su gente desde otras aventuras y otras partes de Nicaragua.

Durante los 10 u 11 años que padeció la lepra, además de un doloroso espectáculo, produjo también la gran mayoría de sus obras, dedicándola abundantemente a quienes lo estimaban y apoyaban, como haciéndolos afortunados partícipes de su herencia; como nos toca considerarnos a nosotros hoy día, gracias a esa misma generosidad infatigable.

Su legado no puede ser otro que el más alto ejemplo de constancia y valor en medio del dolor y la vergüenza que le causaban su mal, sobrepujando sobre ellos el crecimiento de su labor realizada con humildad y honor. Digo esto porque hay que recordar que realmente la educación musical de Mena era la de un miembro de bandas municipales, y que sólo una vez regresado a León, ayudado por profesores amigos, acrecentó y supo llevar a buen puerto, produciendo, no sin un especial esfuerzo, una obra que habría de hacerlo famoso en su ciudad natal y en la nación.

El maestro Buitrago tiene razón al extrañarse un poco de que en una cierta medida se deforme la memoria real de un hombre que en vida no fue un portento de fama entre sus coterráneos, como tratan de aparentar golosamente sus biógrafos oficiales, sino un ciudadano de dolores sometido a la ingente prueba de crear su música en medio de grandes tormentos y no gracias a ellos, como se pretende también. Fue el hacedor humano desterrado a su quehacer, más como esforzado artesano que como un artista reconocido por todos antes de su fallecimiento.

Pero ¿cómo rescatar lo que el tiempo se ha llevado, los íntimos valores y convicciones vitales, que produjeron en ese doloroso ser humano un movimiento de pujanza y riqueza creativa como para representarnos a los nicaragüenses, no sólo ante el tiempo que fluye, como si su rostro fuera el nuestro en la corriente, sino también ante las naciones ocupadas en encontrar la fuente de su propia creatividad para forjar un mundo nuevo, para salvar al planeta de la tragedia que le hemos urdido con la más gigantesca demostración de falta de humanidad y de piedad hacia las generaciones mundiales de un futuro inmediato?

Nuestros escritores e historiadores y artistas tendrán que esculpir en claridad meridiana, como en una nueva materia civilizatoria, la profunda cotidianidad humana que nos acomuna a todos y que él representó diariamente, como un hombre expuesto constantemente al sufrimiento, debiendo rescatarse sin descanso para merecer un poco de felicidad siquiera, entre la velocidad con la que cesan de ser los otros, cambiantes, lejanos, y sin embargo inevitables hermanos en un destino extraño.

Ese esfuerzo victorioso será siempre su momento más precioso y su monumento más alto.

De que modo relacionamos la conmemoración de los primeros centenarios de José de la Cruz Mena y el de Edvard Grieg, dos compositores que, si bien tienen una obra muy diversa, fallecieron el mismo mes de septiembre del mismo año de 1907.

Los movió el mismo calor humano en diversas dimensiones y en países lejanos. No quiero señalar que ambos tiene en común la distancia que separa a Nicaragua de Noruega sino que pese a esta respetable distancia, ambos fueron personas que participaron del destino creador con una notable actitud de responsabilidad hacia la sociedad en la que desarrollaron su obra. Grieg dejo más de 20 mil cartas en las que se ocupó de las vicisitudes de Noruega y del resto de Europa con un interés elocuente y efectivo. Como cuando le respondió a un director orquestal francés al invitarle este a dirigir sus obras en Francia. “Como todos los extranjeros yo estoy muy indignado al contemplar cómo su país trata la ley y la justicia, por lo que no me siento capaz de presentarme ante la audiencia francesa”. Se refería al caso Dreyfus en Francia en que del judío Alfred Dreyfus fue injustamente convicto.

Como dije en una nota a un programa de concierto, Grieg es el más noruego de los compositores noruegos y el más importante de ellos por su decisiva determinación de darle a su patria una música inconfundiblemente propia a su identidad cultural nacional.

Fue un compositor que debió en parte su grandeza a la magnitud misma de su compromiso social, que buscó en la música del pueblo la fuente más auténtica de una liberación de la armonía y del ritmo de la influencia romántica alemana, nación en la que había estudiado en el conservatorio de Leipizg, y donde contrajo problemas respiratorios que abrían de cobrarle un pulmón, sin el que vivió la mayor parte de su vida. Impulsó el movimiento nacionalista de la cultura musical noruega a la que logró independizar del peso tradicional volviendo a las fuentes vivas del antiguo folclore escandinavo. Es cierto que José de la Cruz Mena no fue un estudioso del folclor ni usó este para la renovación de la música nicaragüense en su época. Su participación fue menos vistosa: usó el folclor que bajo las formas del vals, la polka, la mazurca llegaban de Europa derivadas de los distintos folclores nacionales. Hoy son patrimonio de la región central de nuestro país. Grieg y Mena tuvieron en vida una actitud humana basada en los derechos y el respeto a la integridad de los miembros sociales de sus respectivos hábitat. En el caso de Grieg, la actitud abarcó un ámbito internacional que lo llevó a relacionarse con los mayores compositores de su época. En Nicaragua, el folclor fue fuente de la primera sinfonía creada en el país por el maestro Fernando Luna Jiménez, que elaboró en ella el tema del Toro Huaco. La actitud de recurrir a las fuentes populares campesinas caracterizó desde entonces a todos los compositores académicos nacionales, hasta Luis Abraham Delgadillo Rivas que, como Bartok, Dvorak y Grieg liberaron la música nacional del los límites heredados de las tradiciones formales europeas. Si no Mena, al modo antes indicado, la música nicaragüense en sus formas académicas sí tiene eso en común con Grieg. Su ejemplo, su legado vive también entre nosotros, como una fuerza que se trasvasa continuamente de las tradiciones campestres regionales a la música popular de nuestros cantautores.

Grieg fue un gran ser humano por quien con razón las naciones festejan su nacimiento y por quien con fraternal respeto conmemoran su defunción.

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