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Maestros: Grieg y Mena

Este año 2007 se conmemora el Centenario de la muerte de Dos Maestros. Edvard Grieg, nacido en Bergen, Noruega, el 15 de junio de 1843 y muerto en su ciudad natal, el 4 de septiembre de 1907 y José de la Cruz Mena, nacido en León, Nicaragua, el 3 de mayo de 1874 y muerto, […]

Este año 2007 se conmemora el Centenario de la muerte de Dos Maestros. Edvard Grieg, nacido en Bergen, Noruega, el 15 de junio de 1843 y muerto en su ciudad natal, el 4 de septiembre de 1907 y José de la Cruz Mena, nacido en León, Nicaragua, el 3 de mayo de 1874 y muerto, también en la ciudad de su nacimiento, León, el 22 de septiembre de 1907.

Como curiosa coincidencia, ambos mueren el mismo mes, septiembre, y el mismo año, 1907, pero lo que los aproxima, desde la propia y diferente identidad musical, no es sólo el tiempo de la muerte, sino la creación durante el tiempo de la vida y más allá de él, pues la obra de cada uno permanece como testimonio de la sensibilidad y la belleza a través de los años discurridos en tres siglos diferentes: parte del XIX, todo el XX y lo que va del XXI.

Edvard Grieg integra en su obra las principales corrientes que provienen de diferentes fuentes musicales: el romanticismo de Robert Schumann, bajo cuyo influjo creo percibir la dramática belleza de las elegías que transcurren en la melodía de Varen (Last Spring), de la Sonata Número 3 in C Minor, en las piezas líricas del Nocturno, y quizás en los dolientes y patéticos acordes de la marcha fúnebre en memoria de Rikard Nordraak, amigo de Grieg y gran músico, autor del Himno Nacional de Noruega, sin dejar de lado en estas consideraciones, su universalmente famoso concierto para piano compuesto en Dinamarca, con la brillante introducción que lo caracteriza.

El folclor nórdico se manifiesta principalmente en las Danzas Noruegas Número 2 Opus 35, en las Kidlings Dance, Killingsdans y en algunos pasajes de Peer Gynt, la bellísima música escrita para la obra de Henry Ibsen.

Para algunos estudiosos, es a partir de 1870 cuando se perciben en la obra de Grieg rasgos del Impresionismo, a esas alturas un movimiento ya claramente consolidado entre los más importantes pintores franceses, pero todavía sin un desarrollo significativo en el plano musical. Será la música de Grieg, precisamente, la que tendrá influencia sobre el principal compositor impresionista, el francés Claude Debussy, autor del Claro de Luna, cuyo nombre, mas no la estructura de la obra, ni la melodía, ni la armonía, evoca aquel otro más conocido Claro de Luna, el más famoso de todos del más grande de todos los compositores, Beethoven, cuyo motivo será recreado por Debussy desde las sugerentes pinceladas del Impresionismo musical.

Se reconoce también que Grieg influenció de manera significativa a Bela Bartok y Maurice Ravel y se destaca que mantuvo amistad, con grandes músicos como Peter Tchaikovsky, Johannes Brahms y Franz Liszt, este último, además, considerado el más grande pianista de todos los tiempos.

Pero creo que la máxima belleza de la obra de Grieg se alcanza en ese pasaje de Peer Gynt, Solveig, del que pienso, por supuesto de acuerdo a mi gusto personal, que es una de las páginas más bellas de la música, aun y cuando, debo decirlo, siento que no mantiene la excelsitud que la melodía alcanza en la primera parte desde los primeros compases.

Grieg eleva la música a sus más altas cimas melódicas en Solveig, desde el momento en que los primeros acordes del arpa, como débil susurro de olas que cantan en la noche bajo la luna, dejan presentir la melodía que va a iniciarse suavemente en los violines y violoncellos, primero, como tenue rayo de luz sobre un paisaje intuido, luego, como llama esplendorosa que asciende e ilumina todo. Después decae hasta el momento que vuelve a repetir el tema inicial.

Si en Grieg, posiblemente, está presente siempre el carácter costumbrista del paisaje, las canciones, la danza y las tradiciones de su tierra, recreadas con la incorporación de las corrientes románticas, impresionistas y neoclásicas de la música y de las artes en general, en Mena, el gran músico nicaragüense, el trasfondo que subyace en sus composiciones, siempre subjetivo e interiorista, expresa el drama de la pena del alma torturada.

La música en Mena es una forma de amar y de sufrir y aunque el valse, de alegre compás, sea la forma preponderante de expresar su sentimiento, destila las gotas de dolor que se alojan en su alma. Por eso, a diferencia de la opinión de respetados musicólogos nicaragüenses, yo no siento en él de manera particular la influencia de los valses de Strauss, alegres, ligeros y despreocupados en su desbordante belleza.

Mena es mucho más grave pues su música es el reflejo de su dolor, es su dolor hecho música, es más que espejo del alma, es su propia alma ofrendada en sacrificio, melodía y melancolía unidas en las notas quejumbrosas de sus valses. La música de Mena, no en lo técnico y formal de la composición sino en el drama que revela, me parece más cerca del Tchaikovsky de la Sexta Sinfonía, La Patética.

Por eso, la música de Mena, aunque en algunas composiciones existan pasajes de buen humor y quizás hasta de alegría, configura una atmósfera sacra de respeto y de solemnidad, pues en ella hay dolor y como dice Oscar Wilde, donde hay dolor hay un suelo sagrado.

Ruinas es su creación emblemática y de ella, como expresa el Dr. Edgardo Buitrago en su libro, José de la Cruz Mena, Su Vida y Su Obra, “puede decirse que es el monumento que se erigió a sí mismo el compositor, pues desde el propio título parece haber querido dejar en cada nota el eco quejumbroso de un sentimiento de dolor que llora lo perdido sobre lo que ya no es más que ruinas; y el acento consolador y dulce, a la vez, de otro sentimiento que señala allí, sobre esa ruina, sobre la carne destruida y el alma despedazada por la cruel enfermedad, la vibración gloriosa de un espíritu que se levanta radiante, triunfador de la miseria humana por la posesión pura y total de la belleza del ritmo, señor de la armonía, ungido y consagrada por la suprema gracia de Dios”.

La música más conocida de Mena son los valses, entre ellos Rosalía, Recuerdos de la Engracia, En Tus Ojos, Bella Margarita, Duerme, Amores de Leonor, Sueños de Merceditas, Lola, Amores de Abraham, una de sus composiciones más conocidas.

Pero, además, como señala el Dr. Edgardo Buitrago en su libro ya citado, el cancionero romántico de Mena es también abundante y de magnífica calidad y el autor, siguiendo a uno de sus biógrafos, el historiador, don Alberto Bendaña, menciona entre otras creaciones, Yo Pienso En Ti, Suspiro de Amores, Un Recuerdo, Sueños de Amor, Yo Te Amo, A Ella, Las Hijas de Eva, Como Un Eco, a la vez que hace referencia a su música sacra, Te Deum y Misas de Réquiem, mucho menos conocida que sus valses.

Pero es Ruinas su obra cumbre, en la que expresa su más lograda estructura armónica y melódica y su más intenso sentimiento trágico, principalmente en la dramática introducción en la que los violoncelos expresan su tristeza y desesperanza, seguida de una bella y dulce melodía de violines a la que responde el oboe y la flauta, seguida de nuevo de las graves notas de los violoncelos, después de las cuales inicia el vals, en el que contrasta la energía de los compases y la tristeza de la melodía.

En la obra alternan fugaces pasajes alegres para volver a la trágica tristeza, como queriendo recordar lo breve de la felicidad y lo permanente del drama de la vida, acentuado por los bellísimos pasajes en escala decreciente de la flauta y del trémolo de los violines, que nos recuerda el alma profunda y sombría del Vals Triste de Sibelius. El cierre, categórico y enérgico, pareciera asumir en la música el destino trágico de su vida.

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