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CORRESPONSAL/LOS ÁNGELES
Con rapidez y destreza, Oscar Morales, ejecuta La Mora Limpia, una de las canciones más populares del folclor nicaragüense y su boleto de presentación por varios años en las montañas de Nicaragua y desde 1988 en diferentes sitios de Los Ángeles.
Aunque no aprendió a ejecutar la guitarra en una academia, la toca con tanta soltura que donde quiera que hace sus presentaciones es aplaudido como todo un profesional.
“La Mora Limpia es una canción autóctona que representa a Nicaragua y nadie que no sea hábil para tocar la guitarra puede ejecutarla”, dice con determinación Morales.
MATAGALPINO
Originario de Matagalpa, Nicaragua, comenzó a tocar la guitarra a los 15 años y desde entonces este instrumento lo ha acompañado por dondequiera que ejecuta su música, desde melodías de protesta hasta del folclor nicaragüense.
El guitarrista recuerda que desde niño, cuando construían su casa en Matagalpa, supo diferenciar el sonido de un ladrillo a otro cuando construían la pared, ese talento para escuchar lo llevó a aprender y tocar la guitarra.
“Toco con el alma, nada más” comenta, mientras explica que siempre ha tocado con ese espíritu, a tal grado que le permitió avanzar de tocar simples melodías populares hasta música de compositores internacionales. “Mi alma se va a través de las cuerdas de mi guitarra”, insiste.
MÚSICO Y REVOLUCIONARIO
Mucha gente en Nicaragua lo recuerda por su guitarra, sobre todo en su pueblo natal, pero tuvo que emigrar a Estados Unidos en 1988, después de que el gobierno sandinista le quitara sus tierras, a pesar que luchó junto a ellos para expulsar a los contras apoyados en ese entonces por el Gobierno estadounidense.
Morales no se considera un comunista ni siquiera un sandinista, a pesar que se integró en la lucha revolucionaria en 1979.
“Estaba en la edad y en el momento donde tenía que defender a mi gente”, justifica.
Recuerda que cuando decidió portar un fusil fue cuando francotiradores de la Contrarrevolución mataban sin reparo a todo lo que se movía en su pueblo natal. Sus vecinos fueron asesinados cuando se disponían a intercambiar queso por pan.
Desde entonces la guitarra y el fusil nunca se separaron de él. El fusil le permitió defender a su gente y la guitarra le mostraba que estaba vivo y que a través de ella podía compartir alegría en medio de tanta tristeza.
Hoy esta misma guitarra le permite recordar con sus compatriotas en el extranjero aquellos momentos, comenta.
Nunca se convenció de los objetivos que perseguían los sandinistas, hasta hoy se considera asimismo un revolucionario, sobre todo, patriota, quien no dudaría en ofrecer su vida por sus amigos, su tierra y su Patria.