- Edelma Gómez ha logrado que muchos hombres cambien fusiles por machetes
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CORRESPONSAL/ COLOMBIA
Cuando la llamaron para irse a Colombia a trabajar con los desmovilizados del paramilitarismo, Edelma Gómez no titubeó. No había estado más que de pasada en este país del sur, no conocía la Sierra Nevada de Santa Marta, el pico más alto del caribe colombiano, tampoco Medellín y sus inmensas comunas (asentamientos), pero sí sabía cómo era trabajar con hombres dispuestos a dejar las armas pero con traumas y sin herramientas para incorporarse a la vida civil.
Gómez se curtió en la tarea de lograr que hombres acostumbrados a jalar el gatillo de un fusil, volvieran a empuñar un machete o iniciaran un nuevo proyecto de vida.
Lo aprendió en las montañas del norte de Nicaragua, especialmente en Jinotega, cuando fue parte del equipo de la CIAV-OEA (Organización de Estados Americanos) entre 1993 y 1997.
En esos años, Edelma Gómez hizo distintas labores a favor de la reinserción. Más que todo su énfasis fue la promoción y el respeto de los derechos humanos entre estos grupos desalzados. Hizo este trabajo en zonas espinosas como Ayapal, Plan de Grama, Bocay, Wamblán, Santa Teresa de Kilambé y en los alrededores de Jinotega, por donde quedó operando la banda del rearmado “El Charro”.
Ella recuerda que al comienzo del Gobierno de Arnoldo Alemán le tocó ser mediadora en las conversaciones que sostuvo el Gobierno de turno con los últimos grupos de rearmados.
Por eso, para ella no fue difícil responder al llamado que le hiciera el jefe de la OEA en Colombia, su antiguo jefe en Nicaragua, el argentino Sergio Caramagna.
Desprenderse de su familia, sobre todo de su abuela que vive en Corinto, era tal vez lo único que la hacía pensar un poco en la partida. Para no extrañar tanto el terruño, se trajo desde Managua a su gata Mambri, su compañera desde hace cinco años, que se ha adaptado bastante bien al frío del páramo de los Andes.
PROCESO DE PAZ
De su experiencia en Colombia, Edelma rescata varias cosas. Una de ellas es el trabajo de campo que la ha llevado a sitios alejados como Apartadó, Turbo, en el Urabá antioqueño y Valledupar, donde se originó el vallenato, así como a comunidades de la Sierra Nevada, a las que llega tras un viaje en mula de seis horas por una pendiente de más de mil metros, según cuenta.
Otra de las cosas que la conmueven es la actitud de la gente. “La voluntad y valentía de los campesinos de solucionar sus problemas y sus conflictos con sabiduría natural, con garras y deseos de vivir en paz para sembrar y poner a producir sus parcelitas de tierras y sobrevivir”, dice.
Edelma Gómez, quien ha estado en Venezuela y Bolivia como observadora electoral, confiesa que es la primera vez que sale del país para aplicar lo que aplicó en los años difíciles del desarme y la reinserción nicaragüense.
LA GENTE TIENE LA SOLUCIÓN
Ella reconoce que el conflicto colombiano es más complejo que el nicaragüense, en parte porque lleva más tiempo (cuatro décadas), porque hay más actores armados y la particularidad del narcotráfico que traslapa todo. Sin embargo, Edelma dice que en Colombia como en Nicaragua, la clave del trabajo es escuchar a la gente y no llegar a los lugares con teorías ni soluciones mesiánicas.
“La misma gente tiene en sus manos la solución al problema que enfrentan”, afirma. Su trabajo en la MAPP-OEA es acompañar las iniciativas y proyectos, que emprenden desmovilizados y comunidades víctimas del conflicto.
En esa tarea de escuchar, se ha visto frente a Salvatore Mancuso y a Rodrigo Tovar, alias Jorge 40, dos de los cabecillas desmovilizados más importantes de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), quienes la sorprendieron por su inteligencia y claridad.
A pesar de la mala fama de Colombia en materia de seguridad, Edelma cuenta que se ha movido sin dificultad por lugares alejados y nunca ha sido amenazada, ni ha sido boicoteado su trabajo; aunque, como es natural, a veces ha sentido miedo.
SIMILITUD CON NICARAGUA
En algunos lugares se ha familiarizado tanto con la gente que le ha parecido estar en Nicaragua. Eso le ha pasado con Tierralta, un pueblo situado en Córdoba, donde operó uno de los bloques paramilitares más temibles del país, el que lideraba Salvatore Mancuso. En Tierralta desarrolla un programa de justicia y entre la gente ha encontrado las mismas inquietudes y reacciones que encontró en Nicaragua.
Además de la calidez de la gente, Edelma regresa a su país cuando saborea la “bandeja paisa”, un plato típico colombiano que contiene en grandes cantidades: frijoles, tajadas de maduro frito, chicharrón, aguacate, huevo y arroz.
Aunque se la pasa viajando por el país, supervisando los proyectos, Edelma, saca tiempo para estudiar. Cuando está en Bogotá, en lugar de recogerse en su apartamento por el frío, prefiere acudir a clases de Administración de Empresas. Como va a estar en este país por tres años más, quiere aprovechar el tiempo lo más que pueda, dice.
Probablemente, eso le ayude a extrañar menos a la abuela, a los amigos y al mar de Corinto, que nunca olvida.