Soren Kierkegaard —el eminente teólogo danés, padre del existencialismo cristiano— escribió una narración parabólica sobre un payaso que, con su disfraz puesto y listo para actuar, fue enviado a pedir ayuda a la aldea vecina en vista de que el circo estacionado en las afueras se estaba incendiando. El payaso llegó corriendo a la aldea y, totalmente angustiado, pidió a sus habitantes que ayudaran a apagar el incendio que amenazaba con consumir no sólo el circo sino también los campos sembrados de los alrededores. Los aldeanos pensaron que se trataba de un plan de los dueños del circo para empujarlos a asistir a la presentación. Así que en vez de reaccionar con alarma, aplaudían la “actuación” del payaso y se doblaban de la risa. El payaso los miraba y se afligía porque no le creían y, con gestos exuberantes, insistía en persuadirlos de que el circo en verdad estaba ardiendo y que las llamas pronto alcanzarían la aldea. Pero de nada valió su esfuerzo. Los aldeanos siguieron riendo hasta que las llamas llegaron al pueblo y consumieron las casas. Aunque la narración de Kierkegaard tiene un trasfondo religioso, es posible aplicarla de manera general a toda situación en la que el prejuicio que acompaña a ciertas profesiones se impone ante el discurso.
En nuestro medio, esta parábola refleja a muchos miembros de la clase política los cuales han estado tratando de llamar la atención de la ciudadanía respecto de la sinceridad de sus intenciones de trabajar juntos por el fortalecimiento de la democracia, la justicia y el progreso de Nicaragua sin lograr convencerla. Esto se debe precisamente al desprestigio que han acumulado en los últimos años. ¿Hasta dónde es cierto que los liberales desean la unidad de sus facciones para enfrentar el peligro que representa para la democracia el autoritarismo de Daniel Ortega? ¿Se mantendrá el criterio unificado que prevaleció con respecto a la reforma al artículo once de la Ley 290, conocida como Proyecto de Ley No. 630, que elimina a los Consejos del Poder Ciudadano (CPC) dentro de la estructura gubernamental? ¿Por qué la Asamblea Nacional no ha examinado y respondido al veto presidencial a dicha reforma? ¿Hay en el trasfondo algún tipo de negociaciones? ¿Es realmente el interés nacional lo que está detrás de las reformas constitucionales planteadas por el Frente Sandinista y el PLC? ¿Ya tiene nombre y apellido la figura de Primer Ministro? El problema es que los políticos mienten, engañan, traicionan, pactan según sus intereses y luego anuncian “con rostros serios y parpadeando” —como diría Federico Nietzche— que están trabajando por el futuro del país. Sin embargo, en la práctica sus actuaciones no se corresponden con sus discursos.
Si la clase política nicaragüense realmente quisiera recuperar alguna confianza del pueblo, tendría que dejar de gesticular y hacer promesas y comenzar a hacer cosas que traigan beneficios concretos a los nicaragüenses. Dejaría de ver la gestión pública como un negocio redondo o como un premio mayor de lotería. Combatiría la corrupción en todas sus manifestaciones: prebendarismo, chaqueterismo (actitud de quien se sube al carro del vencedor luego de haber ido en el del vencido y le “da vuelta a su chaqueta” para vestir su reverso con los colores del triunfador), nepotismo, servilismo, etc. Los políticos tendrían, además, que desintoxicar de su influencia los Poderes del Estado para que los magistrados y funcionarios actúen con independencia considerando solamente el interés de los particulares. Verían a los medios de comunicación no como enemigos sino como indispensables fiscalizadores de su gestión. Usarían menos recursos para otorgarse privilegios especiales y más para invertir en los pobres. Aprobarían y reglamentarían expeditamente leyes como la de Carrera Judicial y de Acceso Ciudadano a la Información Pública. Serían transparentes. Lamentablemente, el tipo de gobierno/partido que ha estructurado el presidente Ortega no facilita ni contribuye a la eliminación de los vicios políticos tradicionales sino que en muchos casos más bien los fomenta.
Mientras los dirigentes políticos persistan en actitudes viciosas y egoístas, el pueblo nicaragüense se reirá de sus discursos y de sus gesticulaciones, así como los aldeanos de la historia de Kierkegaard se reían del payaso que disfrazado y listo para actuar, les hablaba de un asunto serio.