El insigne periodista nicaragüense de mediados del siglo pasado, Alejandro Cuadra (1908-1958), escribió en una de sus célebres crónicas políticas que “desde que proclamamos la independencia hemos vivido en una perenne inquietud revolucionaria en tal forma que se ha venido haciendo una costumbre. Revolucionamos por cualquier cosa, por cualquier motivo, sin tomar en cuenta el cortejo de ruinas, atraso, miseria, dolor y lágrimas que dejan las revoluciones”.
Cuadra escribió y publicó esa reflexión en julio de 1947, hace 60 años, cuando ni siquiera se podía imaginar que habría en Nicaragua una revolución como la sandinista de 1979, que sin duda ha sido la que más “ruinas, atraso, miseria, dolor y lágrimas” ha dejado en Nicaragua durante toda su tormentosa historia política. Y mucho menos que se pudiera imaginar que hasta en el siglo XXI podría haber una revolución de caudillos autoritarios y corruptos.
En realidad, el cambio del sistema de gobierno, de presidencialista a parlamentarista que quieren imponer Daniel Ortega y Arnoldo Alemán con su pretendida reforma constitucional, cuyo texto completo se puede leer en el sitio electrónico de LA PRENSA, sería una revolución política. Además, de hecho se trata de una propuesta de reforma total de la Constitución. Por lo tanto, si hubiera de por medio una sana intención de mejorar la gobernabilidad del país, esta reforma debería ser discutida por una asamblea constituyente, previa consulta nacional mediante un plebiscito. Y en caso de que fuera aprobada legislativamente, debería ser sometida a un referendo para su ratificación o rechazo popular.
En principio, el sistema de gobierno parlamentario es tan democrático como el presidencialista. Sin embargo, para funcionar requiere que la ciudadanía tenga una firme educación y conducta cívica, que haya en el país una sólida institucionalidad democrática y que el poder sea ejercido por personas respetuosas de la ley, de las libertades individuales y los derechos humanos.
Pero este no es el caso de Nicaragua ni del cambio de gobierno que pretenden imponer Daniel Ortega y Arnoldo Alemán. Lo cierto es que si Daniel Ortega tuviera el respaldo mayoritario de la población —como Chávez en Venezuela, Morales en Bolivia y Correa en Ecuador—, no estaría tratando de abolir el sistema presidencialista. Y si Arnoldo Alemán no fuese un rehén gozoso de Ortega, si su popularidad política no estuviera por el suelo y si su interés no fuera sólo el de compartir el poder y el presupuesto del Estado con el caudillo sandinista, tampoco estaría haciéndole el juego a este ni apoyando su propuesta de cambiar el sistema de gobierno del país.
En la misma crónica de Alejandro Cuadra que mencionamos al inicio —la cual fue incluida por el historiador Jorge Eduardo Arellano en la compilación Tipos, lugares y costumbres (Crónicas escogidas), publicada por la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua en agosto de 2004—, el gran periodista nicaragüense desaparecido también escribió lo siguiente: “No voy a discutir en este artículo la justicia de una revolución contra una dictadura, pero sólo observo que se establece un perfecto círculo vicioso, pues de las revoluciones nacen las dictaduras y después hay que hacer revoluciones para terminar con las dictaduras”.
Muy cierto lo escrito por Alejandro Cuadra. Sin embargo, en el caso de la revolución política que pretenden hacer Ortega y Alemán ni siquiera está de por medio la motivación justa de la lucha contra una dictadura, Por el contrario, se trata de una confabulación contra una joven y precaria institucionalidad democrática, con el descarado propósito de imponer una nueva dictadura. La revolución que están impulsando Daniel Ortega y Arnoldo Alemán es reaccionaria, deshonesta y antipopular. Es una revolución antidemocrática que tiene el claro propósito de establecer una nueva dictadura, cuya única diferencia con respecto a todas las dictaduras anteriores es que tendría un aspecto bipartidista y bicéfalo, o sea de dos cabezas, una de ellas como Primer Ministro y la otra como Presidente.
Pero el pueblo de Nicaragua es mayoritariamente democrático. Así lo demostró en las elecciones de 1990, 1996, 2001 y 2006. Así lo ha venido expresando también en las encuestas. Y este pueblo mayoritariamente democrático no puede ni debe permitir que los caudillos lleven a cabo su revolución impunemente, ni que le impongan el yugo de una oprobiosa dictadura bicéfala libero-sandinista.