En nuestra edición de ayer jueves 1 de noviembre de 2007, en la sección de Negocios & Economía informamos sobre el bajón de 16 puestos que ha sufrido Nicaragua este año en el ranking de competitividad mundial. Entre los 131 países de todo el mundo que fueron estudiados este año por el Foro Económico Mundial para conocer su situación de competitividad, es decir, facilidades para captar inversiones y hacer negocios, Nicaragua ocupó el puesto 111, en contraste con el 95 que le correspondió el año pasado entre los 125 países que en esa ocasión fueron estudiados.
Como se explicó en dicha información, los factores que determinan la ubicación de los países en la escala de competitividad son, principalmente, “la infraestructura, los derechos de propiedad, la independencia del Poder Judicial, el control de la corrupción y la transparencia de las políticas públicas”. Y es obvio que esas condiciones han desmejorado mucho en Nicaragua desde que se instaló hace diez meses el nuevo gobierno de Daniel Ortega.
En realidad, como se dice popularmente para ver lo que está a la vista no se necesitan anteojos. La situación del país ha desmejorado drásticamente con el gobierno de Ortega. Numerosas empresas y negocios de toda clase han cerrado operaciones. La crisis golpea despiadadamente a toda la población, pero sobre todo a los sectores más vulnerables, mediante las alzas de precios de los alimentos básicos, del transporte y los servicios públicos, mientras el racionamiento de la electricidad —que es fastidioso para las personas, pero mortal para los negocios— es ahora peor que en los peores momentos de los gobiernos anteriores.
Era de esperarse. Nosotros advertimos de manera incesante, el año pasado, que si Daniel Ortega era elegido Presidente de Nicaragua se perderían todos los avances que con muchas dificultades se habían conseguido con los gobiernos democráticos. Alertamos que si eso ocurría, el país caería en una situación políticamente incierta, legalmente insegura y económicamente desastrosa. Entonces los promotores de la candidatura de Daniel Ortega y los tontos útiles democráticos que nunca faltan alrededor de los proyectos totalitarios y autoritarios, nos acusaron de ser profetas del desastre. Pero teníamos razón, como la realidad lo está demostrando.
Ahora se puede apreciar con toda claridad que en realidad el país venía progresando de manera lenta pero consistente, durante los años de los gobiernos democráticos. La Nicaragua dinámica y luminosa, aunque con problemas, que Daniel Ortega recibió en enero de este año, no tenía comparación con el país oscuro, arruinado, y postrado que el mismo Ortega le entregó a la presidenta democrática Violeta Barrios de Chamorro, el 25 de abril de 1990. Incluso durante el gobierno de Arnoldo Alemán, a pesar de su gran corrupción, el progreso del país no se detuvo. Es más, de no haber sido por la corrupción arnoldista y el sabotaje del orteguismo al régimen democrático —con la irracional política de “gobernar desde abajo” mediante asonadas, huelgas y otras acciones violentas y no violentas—, el progreso y desarrollo de Nicaragua hubiese sido mayor. Las fallas del sistema democrático, como la corrupción gubernamental y la injusta redistribución de la riqueza producida, se hubiesen afrontado en mejores condiciones para avanzar en la búsqueda de soluciones, de no haber sido por aquellas acciones desestabilizadoras.
Aunque ya nada se pueda hacer al respecto, cabe todavía preguntarse: ¿Por qué razón Daniel Ortega y el FSLN iban a ser esta vez mejores gobernantes que en los años ochenta? ¿Acaso el mismo Ortega no decía que iba a gobernar de la misma manera revolucionaria, anti capitalista, sectaria y autoritaria como gobernó en los años ochenta? Pero hay que reiterar que los principales culpables de esta situación y de lo peor que está aún por venir, son quienes le facilitaron al FSLN y Daniel Ortega el triunfo electoral, al pactar con éstos para reducir al 40 y hasta al 35 por ciento de los votos el porcentaje necesario para ganar la elección.
Y como si esa tragedia que causaron no les pareciera suficiente, ahora Arnoldo Alemán y sus adictos están renovando el pacto para asegurarle a Daniel Ortega y el FSLN el poder vitalicio sobre Nicaragua. Pero, ¿se los permitirá el pueblo democrático de Nicaragua, que es sin duda mayoritario y que siempre se ha sacudido el yugo de las dictaduras?