¡El marxismo vive !

Los hermanos Marx aparecieron juntos en 14 películas, de las cuales seis son indudables obras maestras. Monkey Business (31) se cuenta entre esas seis obras maestras. El guión está pergueñado por S.J. Perelman, el dotado escritor que sentó cátedra de un humorismo refinado, distanciado desde las páginas satinadas de The New Yorker, notable revista snob. […]

Los hermanos Marx. (LA PRENSA /AP)

Los hermanos Marx aparecieron juntos en 14 películas, de las cuales seis son indudables obras maestras. Monkey Business (31) se cuenta entre esas seis obras maestras. El guión está pergueñado por S.J. Perelman, el dotado escritor que sentó cátedra de un humorismo refinado, distanciado desde las páginas satinadas de The New Yorker, notable revista snob.

Dirige Norman Z. Mcleod, artesano que se instaló en Hollywood desde comienzo de los años 20. Todavía en 1947 realizaba el inmejorable cuento de James Thurber, La vida secreta de Walter Mitty, con el capaz Danny Kaye y la nada desdeñable Virginia Mayo en su mejor abril.

El humor marxista está seriamente vinculado con la tradición sicalíptica del vaudeville y la commedie de l’arte.

En los primeros tiempos los Marx fueron de minorías, hasta que eventualmente fueron “descubiertos”, pasando a disfrutar de popularidad democrática. Los surrealistas se apropiaron de ellos. Su influencia se puede rastrear hasta bufos contemporáneos, como el incomprendido Jerry Lewis o el oligofrénico Jim Carrey.

Con los hermanos Marx el slapstick accede a su más pura cristalización, con un pathos de sello particularísimo. Ellos son la negación de la lógica matemática, esa bête noire, y del confiado silogismo: aquí toda traza de pensamiento coherente desaparece, mientras se desintegran las situaciones con una violencia verbal que linda con la onirolalia.

Este humor abrasivo se desliga del humanitarismo, a veces intolerable de Chaplin lacrimoso. Es el placer de la demolición químicamente pura. Hasta que nos dimos gusto, hasta que lo rompimos todo, ya no nos aguantábamos. Los Marx resultan el equivalente cinemático de “dadá”, de La Consagración de la Primavera, del cubismo en varios planos geológicos, casi troglodíticos. Es el retorno a la infancia depravada (¿quién es Harpo sino un ángel extraviado que circula con una bondad, con una inocencia malvada por un mundo poblado de golfas, fulleros, turroneras, millonarios tramposos, badulaques engolados? ¿Este ser luciferino no viene acaso a poner las cosas en su lugar, a los pícaros en su sitio? ¿Qué significa su mutismo? ¿Su renuencia a hablar, su arpa angélica sino una negación a pactar con el reino de lo podrido y lo chapucero?

Como contrapartida nos encontramos con Groucho y su falso mostacho agresivo, el puro ominoso, su caminado festinado y agachadizo, pendularmente amenazante, con sus salidas irreverentes. En el lado femenino Groucho tuvo su equivalente en Mae West, la mujer que miraba a los hombres de arriba abajo, revisándolos impúdicamente, como James Cagney lo haría con las mujeres. Su frase “Come up and see me sometime”, en I’m No Angel, la retrata de cuerpo entero en toda su adorable vulgaridad.

La trama del filme es elemental, casi inexistente: en una travesía por mar los Marx se hacen pasar, por turnos, como Maurice Chevalier. Todo sirve de excusa para que el átomo de la cordura se fusione, en una ordalía de demencia controlada. Existe orden en esta locura. La cinta está sostenida por una serie de diálogos cruzados que vienen directamente del vaudeville, y más cercano en el tiempo, del burlesque, ese arte norteamericano.

Los chistes poseen varios sentidos y las frases de tan equívocas resultan ser notoriamente inequívocas. Cada peripecia es el pretexto de un desmán, el fundamento de una conmemoración. La anarquía no concedía ningún amansamiento y nunca fue disipada por la banalización musical o el desahogo romántico. Los retruécanos, las aliteraciones y los encabalgamientos florecen con una reiteración inquietante. Imposible no pensar en el nutricio James Joyce.

El humor de los hermanos Marx se resiente porque resulta esencialmente verbal. Nunca poseyeron el don del gag esencialmente visual, como Buster Keaton, Chaplin, o Harold Lloyd. Los Marx fueron los amos de la paradoja sorpresiva, dueños indiscutibles de una escurridiza y suntuosa gimnasia verbal.

Ellos tomaron por asalto Hollywood y las plateas de los cines del mundo entero, entrando a saco en las fiestas de postin, montando su happening de deliberada destrucción. Ancianos, jóvenes, niños y adultos con la edad mental de un niño de seis años (como el cronista) contribuyeron con candelas de dinamita al desmarimbamiento colectivo. Los agentes del orden hicieron acto de presencia y acordonaron la zona. Fue muy poco lo que se pudo salvar: escombros de escombros.

Y si acercamos un poco la lupa golosa ¿a quién distinguimos detrás de toda esta trepidante parafernalia, qué vislumbramos sino la calma figura de un blando caballero victoriano, aficionado a enhebrar inocentes puzzles verbales e impresionar instantáneas (¡Luz de magnesio!) de niñas prepubescentes, y quién cierta vez viera cruzar delante de sí un apresurado conejo con un reloj despertador mientras Alice Liddell se marchaba para siempre al otro lado del espejo? ¿Es necesario aclarar, señoras y señores del jurado, que el cronista ha estado refiriéndose al Rev. Charles Lutwidge Dodgson, conocido entre los desaprensivos serafines de nobles alas como Lewis Carrol?

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