Viaje fatal 35 años sin roberto clemente

Roberto Clemente no hubiera intentado nunca aquel viaje. Pero… de pronto, Nicaragua le envió un SOS, clamando por azúcar y más medicinas. ¡Cómo decir que no! Clemente nunca dijo no en estos casos. Adquirió él mismo la mayor parte de lo que le pedían, y recogió también algunas nuevas donaciones. Consiguió un avión de propela […]

La familia Clemente. Los padres: Melchor Clemente y Luisa Walker, su esposa Vera, sus hijos Luis y Enrique —de pie— y Roberto en sus piernas, el 24 de julio de 1970 en el Three Rivers Stadium, de Pittsburgh, antes de un homenaje al super astro puertorriqueño. (FOTOS LA PRENSA/AP)

Roberto Clemente no hubiera intentado nunca aquel viaje.

Pero… de pronto, Nicaragua le envió un SOS, clamando por azúcar y más medicinas. ¡Cómo decir que no! Clemente nunca dijo no en estos casos.

Adquirió él mismo la mayor parte de lo que le pedían, y recogió también algunas nuevas donaciones. Consiguió un avión de propela DC-7, que haría el vuelo por cuatro mil dólares, precio elevado, de acuerdo con lo que había cobrado el otro aparato. Pero se trataba de un vuelo el 30 de diciembre, primera fecha que fijaron.

Un detalle más que llevó a Clemente a hacer el viaje: se enteró de que la ayuda enviada no llegaba a los damnificados, porque se la cogían los militares somocistas. Su furia por tal injusticia culminó con la decisión de ir personalmente a hacer la nueva entrega e investigar lo denunciado.

Manuel (Manny) Sanguillén, amigo de Roberto, receptor de los Piratas y quien jugaba en el campeonato invernal puertorriqueño, iba a acompañar a Clemente. Pero cuando iba al aeropuerto aquel 30 de diciembre se le dañó el automóvil. Nunca llegó. Entre tanto, Clemente y la tripulación encontraban algunos inconvenientes también con el funcionamiento del avión, y tuvieron que posponer el vuelo para la madrugada siguiente, a las cuatro.

Nuevas dificultades mecánicas obligaron a un nuevo cambio de hora para la partida: cinco de la tarde del 31.

Cuando Sanguillén se enteró de la posposición, le prometió nuevamente a Roberto que le acompañaría. Sin embargo, al disponerse a salir de su apartamento no encontró las llaves del automóvil. Él y su esposa estuvieron buscándolas durante cerca de dos horas. Cuando las encontraron, en cierto sitio donde el mismo Sanguillén las había puesto, él pensó que era muy tarde ya, y se resignó a no ir.

En el aeropuerto, Roberto esperaba que la máquina funcionara del todo bien para emprender el viaje. La tripulación y unos mecánicos trabajaban. Las horas seguían su marcha… Anochecía en la noche de Año Nuevo. Él seguía en su empeño.

Quizá Clemente recordaría durante esa espera las palabras del mayor de sus tres hijos niños, Robertito: “Papá, no vayas a Nicaragua. Ese avión no va a llegar allá”. Se supo después de esta infantil premonición, porque el muchachito también se lo dijo a su abuela, la mamá de Vera, quien lo contó después.

Robertito había agregado: “Llama a mamá para que le diga que no vaya”. El aparato rodó por la pista del aeropuerto de la capital boricua y levantó su vuelo a las 9:20 de la noche.

Abordo iba el presidente de la empresa propietaria del avión, Arturo Rivera, el piloto Jerry Hill, el ingeniero de vuelo Francisco Matías, y un amigo de Roberto, Rafael Lozano. Llevaban ocho toneladas de ayuda.

Un empleado del aeropuerto, llamado José Antonio París, cuenta: “Me pareció ver y oír que uno de los motores vibraba mucho, realmente en exceso, cuando tomaban vuelo. Apenas estaban en el aire se incendió ese motor. El piloto trató de regresar e intentó un viraje a la izquierda. Pero no lo pudo lograr. Hubo una explosión primeramente. Después otras tres seguidas. Y desaparecieron”.

El DC-7 cayó al océano, a más de dos kilómetros de la costa, a las 9:23 p.m. Más nunca se supo de los cinco viajeros. Solamente se encontraron algunos restos del avión y de los equipajes, como los anteojos del piloto y una media de Roberto.

Vera Clemente, quien había ido al aeropuerto a despedir a su esposo, y lo suponía ya en Managua, se enteró de la tragedia al comenzar el nuevo año 1973, a las 00:30 de la madrugada, cuando la llamó un familiar que había oído la noticia por radio.

“Estuve más de una hora diciéndome que no podía ser, que a esas horas ya estarían en Nicaragua”, recuerda ella.

Después supo lo que nunca supo Roberto Clemente: el dueño del avión, Arturo Rivera, había realizado 66 vuelos ilegales, por lo que trataban de suspenderle la licencia definitivamente. El ingeniero Francisco Matías no estaba entrenado para volar este tipo de aparato. El avión tenía cuatro mil libras de sobrecarga mal distribuida y, además, había sufrido varios accidentes, la mayoría tratando de levantar vuelo.

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