Como asépticos copos de algodón adheridos a los altos edificios, la bruma amanecida sobre la ciudad de San Francisco representa una idílica vista de tarjeta postal para el turista recién llegado. Ya el sol ha soltado su larga melena dorada de andrógino coqueto, sobre edificios, parques y avenidas.
La ciudad de San Francisco, renacida de sus cenizas después de que el arrasador terremoto de inicio de siglo y el posterior incendio la hayan reducido a un montón de escombros, como castigada por un dios inclemente la altanería de ciudad coqueta, seduce siempre como si nunca hubiese caído en desgracia alguna.
De lejos la ciudad es bella, pero si te le acercas y le recorres, podrás poco a poco caer en la cuenta de que esos copos de algodón que le amanecen y que por las tardes de nuevo aparecen, cubren la cicatrices de las cirugías plásticas a que ha sido sometida.
El imponente Golden Gate sabe de esas crueles heridas cuya algodonosa bruma adherida a sus torres, siempre trata de cubrirlas. Quizás el único caso de uno de los sobrevivientes, que haya quedado vivo para contar el cuento, sea el del muchacho que, después de lanzarse desde este puente y hundirse en las gélidas aguas de la bahía, fue llevado a la superficie por una foca juguetona, regresándole de nuevo al sórdido mundo del cual quería escapar.
Los copos de algodonosa bruma también amanecieron una mañana sobre el cadáver del travestí nicaragüense, que fue encontrado abandonado en una avenida principal, desnudo y con señas de crueles torturas que acabaron con su existencia. Su rostro convertido en una espantosa caricatura embadurnada del lipstick de sus labios, exhibía el terror de sus últimos segundos de vida.
Probablemente en esos últimos momentos pensó que sus torturadores, con los que despreocupadamente se había aventurado la noche anterior a vender su maquillado y asiliconado cuerpo, le dejarían aunque desfigurado por lo menos vivo, cuando les ofrecía entre angustiosos gritos y copioso llanto, algo de valor. Amaba tanto su nueva vida, vida que le había dado tantas satisfacciones, que hubiera dado todo para preservarla, a diferencia del sobreviviente del puente del Golden Gate, salvado por una foca, para quien nada en su vida tenía sentido.
Pero la bruma algodonosa intermitente sigue apareciendo y desapareciendo sobre la bahía de San Francisco, cual postal turística atrayendo al mejor postor. Y en sus tiendas de antigüedades o de segunda se venden los daguerrotipos o fotos color sepias, cuyos dueños trajeados muy siglo XIX, de congeladas y serias facciones, tal vez sucumbieron en el cataclismo o en otras tragedias que el destino se encargara de proveerles, no dándoles oportunidad de preservar para sus descendientes tales recuerdos, convirtiéndolos así en simples mercancías. Hoy, en esos exclusivos barrios, otros nuevos habitantes pululan ajenos al drama vivido por sus antiguos moradores, cuyas imágenes de fantasmas serios, hoy son mercadeados en los flee markets o en las tiendas de antigüedades.
Desde el otro lado de la bahía a lo lejos y por la noche, la ciudad de San Francisco exhibe la acostumbrada bruma, mientras yo recorro sus nocturnas calles, levitando entre el vapor del recuerdo que estruja mi alma y los copos de bruma aséptica que cubren mis heridas.
