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Rubén Darío. (LA PRENSA/CORTESÍA)

El canto de Rubén

La importancia de El Canto Errante se debe a su contenido que anuncia y anticipa a las vanguardias hispánicas Rubén Darío tenía 39 años, era Cónsul de Nicaragua en París y corresponsal de La Nación de Buenos Aires cuando llegó por primera vez a Palma de Mallorca una mañana del 15 de octubre de 1906. […]

  • La importancia de El Canto Errante se debe a su contenido que anuncia y anticipa a las vanguardias hispánicas

Rubén Darío tenía 39 años, era Cónsul de Nicaragua en París y corresponsal de La Nación de Buenos Aires cuando llegó por primera vez a Palma de Mallorca una mañana del 15 de octubre de 1906. Iba en busca de descanso para aliviar su mente de una serie de problemas que habían degenerado en neurosis. La dipsomanía; el desencanto de su primera novia, Rosario Murillo, con quien contrajo matrimonio bajo amenaza después de la muerte de su primera esposa, a quien había idealizado hasta la perfección; las críticas que encontró su estética en la España decimonónica, reacia a aceptar los principios de la modernidad europea; los constantes problemas económicos; un proyectado viaje a su país en busca de un cargo diplomático ante su majestad Alfonso XIII, con el fin de ascender de rango social, premio que Hispanoamérica concedía a sus poetas más destacados; los problemas de convivencia con Francisca Sánchez, a lo que hay que agregar la muerte sucesiva de sus hijos habidos con ella fueron algunas de las causas. Lo único que el poeta encontró en Palma de Mallorca fue la inspiración. Lo único que sabía hacer.

Precisamente, en Palma de Mallorca concibió la idea de publicar El Canto Errante, que apareció en Madrid, en octubre de 1907, bajo el signo de una estética vanguardista que estaba en contradicción con los principios del Modernismo que él mismo había abanderado en sus libros anteriores, como Azul… (1888), Prosas Profanas (1896) y Cantos de Vida y Esperanza (1905). Por supuesto que los cambios estaban dados en Europa a partir de la famosa Exposición Universal de París de 1900 que supuso para el arte y la ciencia poner al descubierto las nuevas propuestas de los artistas jóvenes que deslumbraron por la novedad que representaban, como lo fue el cine con su lenguaje de líneas y movimiento.

El siglo XX iniciaba así su andadura bajo el sello de lo individual que proporcionaba al arte su propia personalidad. El artista desobedece las órdenes de cánones que considera anticuados siendo sustituidos por otros nuevos que el público identifica más próximo al ridículo y lo fácil que al rigor del trabajo. Este problema contribuyó a que los ahora clásicos-modernos como Van Gogh o Modigliani y tantos otros pasasen desapercibidos y hasta menospreciados como artistas.

Eso mismo sucedió con el Modernismo, con Rubén Darío a la cabeza de una lista de sacrílegos del lenguaje, seguido por muchachos jóvenes, como Juan Ramón en la poesía, Valle-Inclán en la novela o Benavente en el teatro, en España y Lugones o Jaimes-Freire, en América. El nuevo arte necesitaba de unos intérpretes capaces de comprender un lenguaje distinto del habitual, más difícil porque rompía el plano lineal de la tradición, y eso, en la práctica, era imposible. Aún hoy ese problema persiste, a pesar de la enorme figura de Picasso que contribuyó a entenderlo mejor.

La importancia de El Canto Errante se debe a su contenido. Anuncia y anticipa las vanguardias hispánicas. Ese fue su gran acierto. De seguir Darío en la línea del Modernismo se habría repetido, caso que no ocurre en sus libros anteriores. Esa fue también su contribución a la poesía castellana. Él sólo fue capaz de ser parnasiano en Azul…, simbolista en Prosas Profanas y modernizar el viejo cuño español con Cantos de Vida y Esperanza. En una palabra, supo importar la modernidad europea que es lo que correspondía a la época. ¿Y el ritmo? Era la moda, el gran cambio que imperó en los salones y llegó a la poesía, como Tschaikovsky o las vanguardias de principios del siglo XX. Pero la Generación del 98 fue tajante y rechazó la modernidad, de la misma manera que lo hizo el franquismo. Razón que justifica el retraso de cuarenta años, que se dice en España, con respecto a la literatura europea y latinoamericana.

En Mallorca, en 1906, Darío encontró un ambiente propicio para sus ideas, gracias a un grupo de artistas de la talla del pintor Santiago Rusiñol; la pintora Pilar Montaner, musa que le inspiró y esposa del poeta Joan Sureda, quien lo invitó a Valdemosa, en 1913. Había otros poetas como Joan Alcover y José Verdaguer; el poeta y político Gabriel Alomar, autor de un librito titulado El Futurismo (1905). Todo este proceso creó un clima propicio para las ideas nuevas de Darío.

El giro que se produce en El Canto Errante es radical. El lenguaje se torna sobrio, tiende a lo coloquial y sus temas versan sobre lo cotidiano, adquiriendo el verso la flexibilidad del prosaísmo. Rompe así la barrera métrica hasta alcanzar el límite del verso libre, experimentado en los clásicos hexámetros, versos polimétricos y metros irregulares.

Esto no fue casual sino producto del carácter ácrata y revolucionario de Rubén Darío.

El Canto Errante entra en el nuevo siglo, el XX, con la industrialización y la baratija. Es, por tanto, un libro donde Rubén Darío se distancia de la estética del Modernismo, observa los cambios que se producen en torno del arte y la sociedad que emerge y encauza su poesía en dirección de lo que luego conoceremos con el nombre de Vanguardia.

Todo este conjunto, donde intervine el cambio social y lingüístico, es la razón por la cual el libro es el menos conocido y menos leído. Al llegar a él nos parece distinto, sobrio y hasta simplón. Ya no hay hadas, ni princesas tristes ni príncipes azules. Entra la realidad cotidiana con el lenguaje coloquial del momento, pero los lectores de su época no pudieron comprender aquel cambio tan brusco de la poesía. El poder de la cultura de Madrid, arremetió contra el gran poeta que al llegar a España, a finales de 1898, pensó que su poesía sería comprendida por los señores de las letras, sin sospechar que, después de su muerte, su nombre ocuparía un lugar privilegiado entre los cinco renovadores de la poesía en lengua castellana de todos los tiempos, según testimonio de Tomás Navarro Tomás, el mayor estudioso de la métrica española.

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