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¿Tienes fossilis?

Columna del miércoles 20 de febrero de 2002 Quiero agradecer a los lectores que me escriben por sus muestras de apoyo en esta labor que realizo semanalmente, tratando de ayudar en el empleo adecuado de nuestro idioma. Sus dudas serán aclaradas en próximas ediciones, porque para el día de hoy pretendo hablar sobre la palabra […]

  • Columna del miércoles 20 de febrero de 2002

Quiero agradecer a los lectores que me escriben por sus muestras de apoyo en esta labor que realizo semanalmente, tratando de ayudar en el empleo adecuado de nuestro idioma.

Sus dudas serán aclaradas en próximas ediciones, porque para el día de hoy pretendo hablar sobre la palabra fosa y su relación con otros términos.

Si revisamos en Internet la página del idioma español podremos leer como los verbos permiten formar un participio femenino y otro masculino; así los verbos latinos, como fodere (cavar) tienen su participio femenino, “fossa” —que podía significar “excavación”, “fosa”, “tumba” o “canal”, según el contexto—, y que ha evolucionado en castellano hasta “fosa”, mientras que por otra parte el participio masculino “fossus”, probablemente a través del italiano medieval “fosso”, nos ha dejado “foso” refiriéndose a la excavación que rodea a muchos castillos y fortalezas.

Ahora bien para los romanos, “fossilis” era cualquier objeto que encontraran o sacaran excavando la tierra. Durante mucho tiempo, siguieron dando ese mismo nombre de fósil, prácticamente a todos los objetos y materiales que extraían de la tierra en las excavaciones, hasta que el sueco Linneo restringió el carácter de los fósiles a las sustancias orgánicas petrificadas (o fosilizadas), ya sean de origen vegetal o animal.

Podemos decir que para un romano cualquier cosa que encontrara enterrada en el suelo era ya un fósil, sin embargo para nosotros esta palabra se asocia con los objetos que salen a la luz después de permanecer enterrados durante millares o incluso millones de años.

Gracias a los fósiles, por ejemplo, hemos podido saber de la existencia de animales extintos como los dinosaurios y reconstruir la evolución del ser humano.

Tenemos también la palabra cavar, que se decía en latín “fodere”; en realidad, eso es cierto sólo para el latín culto, pues en latín vulgar se decía “fodiare”, que en castellano evolucionó a hozar, para referirse a una forma singular de cavar la tierra, removiendo y levantándola como hacen los cerdos y jabalíes. Y del verbo hocicar, frecuentativo de hozar, procede el nombre de hocico que damos hoy a la boca prominente del cerdo y otros animales.

Derivados directos de este latín vulgar “fodiare” son también “fodium” y su equivalente español hoyo. Éste se utiliza para cualquier agujero excavado en la tierra, y como las mazmorras se han hecho casi siempre en sótanos oscuros, a menudo excavados bajo tierra, nada de extraño tiene que la palabra calabozo esté emparentada con “fodium”; en especial con el latín vulgar “calafodium”, compuesto con una supuesta raíz prerromana cala que transmitía la idea de cueva o lugar protegido.

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