- Columna del viernes 12 de octubre de 2002
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Este martes iba oyendo un programa radial donde dos jóvenes locutores trataban de argumentar sus posiciones con respecto a la figura de Ernesto Che Guevara, cuyo rostro, gracias al talento del fotógrafo cubano Korda, ha recorrido el mundo. No es de extrañar que el Che sea un ícono muy interesante de este siglo que terminó, y que su prédica y accionar generen criterios tan disímiles que van desde guerrillero, mártir a terrorista, e incluso santo. Sí, como lo oyen. Allá en la Higuera en Bolivia, los lugareños han construido una capilla donde ponen flores y piden con fervor sus milagros a San Ernesto, y según afirman ya ha concedido unos cuantos a quienes se lo han solicitado.
Por eso no nos extraña ver la imagen del Che en carteles, camisetas, gorros y hasta en el pecho de Myke Tyson.
Pero de lo que iba a hablarles es sobre el gran disparate que dijeron estos muchachos. Ellos hablaban del 9 de octubre como una fecha luctuosa por la muerte del Che, y señalaron que estaban “celebrando el aniversario de su muerte”. En realidad pienso que ellos estaban muy alegres porque celebrar como ustedes saben da la idea de festejo, independientemente que en el diccionario aparezca con varios significados, incluido el de celebrar la misa. Lo que quiero decir es que cuando se habla de un fallecimiento, un hecho luctuoso o catastrófico la palabra idónea es conmemorar, o recordar, para evitar expresiones cuyo sentido pueden ser contraproducente.
Hay vocablos que por el uso llegan a establecer un significado muy concreto, como es el caso de evento que alude a un acontecimiento imprevisto o de realización incierta, pero a este sentido se le ha añadido el de exhibición, concurso, suceso. Lo que nos indica que un certamen de belleza, un desfile de modas u otro hecho similar es también un evento porque se ha generalizado y extendido el sentido de esta palabra
Hablar con precisión y claridad es hablar bien. Intentémoslo.