[/doap_box]
Es frondoso, y, con voces de chischiles,
gritan chirris, chirris.
El viento les enseña ese canto.
Sus orejas escuchan quietecitas.
Cada vez que sus ramas
gritan chirris, chirris,
puñados de hojitas pálidas caen.
Yo dormí sobre ellas.
El Guanacaste me regalaba
sus chorejas secas,
y, con su espuma, yo lavaba la ropa.
La gente me pagaba y yo comía.
Pero no sé. Ya no está, y ahora
tengo hambre.
Ya no escucho el chirris, chirris.
Cama y sombra me faltan.
